Opinión

2026, la oportunidad de consolidar el rumbo

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El cierre de 2025 dejó algo más que un calendario que se agotó. Dejó señales. Algunas todavía frágiles, otras incipientes, pero todas apuntando en la misma dirección: la posibilidad real de que 2026 sea el año en el que la Argentina empiece a transformar la estabilización en crecimiento.

No es una promesa grandilocuente ni un relato voluntarista. Es la lectura de una serie de datos que, por primera vez en mucho tiempo, no se contradicen entre sí.

Los dos meses posteriores a las elecciones legislativas estuvieron en línea -e incluso por encima- de las expectativas oficiales. El respaldo en las urnas, más amplio de lo previsto, actuó como catalizador de confianza.

Los mercados reaccionaron rápido, el riesgo país se comprimió y el clima financiero se volvió más previsible. El desafío, como siempre, es cuánto de esa mejora logra filtrarse hacia la economía cotidiana.

En ese punto aparecen los primeros brotes verdes. Las ventas navideñas crecieron 1,3 por ciento interanual, según la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME), marcando un quiebre tras casi nueve meses consecutivos de caídas. No es un salto espectacular, pero sí un cambio de tendencia. Más aún si se lo observa en perspectiva: el Día de la Madre y el Día del Niño habían mostrado retrocesos, con una fuerte contracción del consumo en términos reales. Que un 32 por ciento de los comerciantes haya vendido más de lo esperado revela un dato clave: el pesimismo empezó a ceder.

Parte de esta mejora está directamente vinculada a un cambio de comportamiento. La abrupta caída en la compra de dólares por parte del público -de 4.600 millones de dólares en septiembre a poco más de 1.000 millones en los últimos datos- indica que los pesos ya no se canalizan mayoritariamente hacia la dolarización defensiva. Vuelven, lentamente, al consumo, al gasto y a la inversión. Esa menor presión cambiaria le dio oxígeno al Banco Central y al Tesoro, que lograron llevar las reservas brutas al nivel más alto de la gestión, con la mira puesta en cumplir compromisos y fortalecer la posición externa de cara a este nuevo año.

La inflación también aporta una señal alentadora. Diciembre cerró con la primera baja en seis meses, apenas por encima del 2 por ciento, en un mes que históricamente suele ser complejo.

La estabilidad cambiaria y una menor presión de algunos precios clave colaboraron para consolidar una desaceleración que, de sostenerse, puede convertirse en uno de los pilares del 2026.

En paralelo, el riesgo país volvió a niveles que no se veían desde enero, alrededor de los 550 puntos básicos, con margen concreto para perforar los 500 en el arranque de 2026. El contexto internacional ayuda: tasas en baja en Estados Unidos y mayor apetito por activos de riesgo. Argentina quedó al margen del rally de bonos emergentes durante 2025 por la incertidumbre electoral. Esa etapa quedó atrás. Todo indica que la compresión del riesgo podría acelerarse.

A esto se suma un dato político nada menor: el Congreso sancionó leyes clave y, por primera vez en años, el Gobierno cuenta con un Presupuesto acompañado por sectores de la oposición. Es una señal de gobernabilidad que los mercados leen con atención y que acerca al objetivo de volver a emitir deuda en los mercados internacionales tras ocho años de ausencia.

El dólar seguirá siendo una incógnita, pero incluso allí aparecen definiciones más previsibles. Ajustar las bandas según inflación pasada apunta a evitar atrasos cambiarios y a sostener competitividad, un factor central para que la recuperación no sea efímera.

Nada de esto garantiza un camino sin sobresaltos. Pero sí permite algo que parecía vedado: proyectar. Si 2025 fue el año del ajuste y la estabilización, 2026 asoma como la oportunidad de consolidar el rumbo.

Con menos ruido, más previsibilidad y una economía que, de a poco, empieza a volver a moverse. El optimismo, esta vez, tiene fundamentos.

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