Historias

“498 días bajo tierra”: la historia de Iair Horn, el argentino que sobrevivió al cautiverio de Hamas tras el 7 de octubre

Un documental de Aura reconstruye el secuestro del argentino-israelí durante el ataque a Nir Oz y sus días como rehén en Gaza. El encierro junto a su hermano Eitan, la vida en los túneles, el fútbol como refugio y el regreso a sus raíces en Buenos Aires.

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“La gente tiene que saber lo que pasó”. iair Horn lo dice al comienzo de “7 de octubre: 499 bajo tierra”, el documental de TN y Aura que reconstruye su historia desde aquella mañana en la que Hamas atacó el kibutz Nir Oz, entre otros puntos del sur de Israel y lo secuestró junto a su hermano Eitan.

Antes del 7 de octubre de 2023, Horn llevaba lo que describe como una “vida normal de kibutz”. Trabajaba en el comedor, en la cocina y reparando casas. Vivía a pocos kilómetros de la Franja de Gaza, en un lugar donde las alarmas y los cohetes formaban parte de una rutina que obligaba a estar siempre preparado.

Cuando sonaba una sirena, tenían siete segundos para buscar refugio.

“¿Viste como las embarazadas que tienen un bolso armado, que no saben cuándo van a tener que arrancar al hospital? Lo tenés por las dudas”, cuenta.

Pero esa mañana algo era distinto. Esta vez, no era el temor de apenas unos segundos o minutos. Esa mañana, todo cambiaría para siempre.

Eitan, su hermano menor, estaba de visita. Era la primera vez que escuchaba una alarma en el kibutz. Iair lo hizo entrar al cuarto de seguridad y poco después recibió un mensaje: había atacantes dentro de Nir Oz. Primero escuchó gritos en árabe. Después, disparos.

Los hombres entraron a su casa e intentaron abrir la puerta del refugio. El cuarto estaba construido para protegerlos de misiles y cohetes, pero no estaba preparado para resistir un ataque con disparos desde adentro de la vivienda.

Iair sostuvo la puerta y comenzó a forcejear. Del otro lado dispararon. Las primeras balas le pasaron entre las piernas. Otras quedaron a apenas cinco o diez centímetros de la cabeza de Eitan, que estaba sentado en el piso. Entonces, Iair decidió abrir.

Salió con las manos en alto, intentando tapar con su cuerpo la parte de la habitación donde estaba su hermano. Quería que lo vieran a él y se lo llevaran solo. Pero eso era casi una deseo imposible: rápidamente, vieron y encontraron a Eitan. Los secuestraron a los dos y los separaron.

A Iair lo subieron a una moto y lo llevaron hacia Gaza. En el camino, según relata, sus captores se detuvieron varias veces. “Gritan: ‘Yahud, Yahud’. ¡Tengo un judío!. Se acerca un montón de gente. Me pegan, me pegan, me pegan”, recuerda y cuenta que esa secuencia se repetía permanentemente en el camino al infierno.

Después llegó el descenso. Los túneles.

Allí empezaría una vida suspendida. Sin días ni noches, atravesada por el miedo, los bombardeos y la incertidumbre.

Pasaron aproximadamente cinco días hasta que iair volvió a ver a su hermano. Estaba con otro grupo de secuestrados. Se encontraron de casualidad, cuando él pidió permiso para ir al baño.

Se miraron y entendieron que debían ocultar que eran hermanos. Temían que el vínculo pudiera convertirse en otra herramienta en manos de sus captores.

Sobrevivir hora por hora

Desde los túneles escuchaban los bombardeos israelíes en la superficie. Hubo días en que tuvieron que correr de un lugar a otro buscando sectores que sus captores consideraban más seguros. También recibieron una amenaza: si el Ejército israelí intentaba rescatarlos, harían volar el lugar con todos adentro.

En una oportunidad, los llevaron hasta una escalera ubicada a pocos metros de la superficie mientras caían bombas alrededor. Iair imaginó que podían vestirlo como a un integrante de Hamas y hacerlo salir para que los propios soldados israelíes le dispararan. La cabeza no se detenía. “Maquinás y maquinás”, cuenta.

Horn pasó 498 días en cautiverio. Cuando se le pregunta si hubo un momento en el que sintió que ya no podía seguir, responde que no. Había construido su propio mecanismo para sobrevivir. “Mi técnica fue pensar ‘yo ya estoy muerto’”.

Pensarse de esa manera, explica, le permitió crear una especie de burbuja de protección. Ya no se trataba de sobrevivir un mes, una semana o siquiera un día.“Es hora por hora”, asegura.

Pero incluso debajo de Gaza había pequeñas ventanas hacia la vida que había quedado afuera. Una de ellas era la Argentina. Iair nació y creció entre dos identidades. “En Argentina me ven como israelí y en Israel me ven como argentino”, resume.

Vivió buena parte de su vida en Buenos Aires. Creció alrededor de Corrientes y Concepción Arenal, fue a la escuela en el barrio y heredó de su abuelo una pasión que lo acompañaría incluso durante el secuestro: Atlanta. “Venir los sábados, lluvia torrencial y perder cuatro a cero con Comunicaciones. Siempre, siempre acá”, recuerda mientras vuelve a caminar por su barrio.

En los túneles, ser argentino también terminó convirtiéndose en una inesperada herramienta de supervivencia.

Messi. Maradona. El fútbol.

Con sus captores hablaba de partidos para intentar generar empatía, conseguir un trato un poco mejor o algo más de comida. Uno de ellos incluso se acercaba para contarle cómo habían salido los partidos de la Champions League. “Es una locura”, dice. Debajo de Gaza también veía camisetas de Messi, Cristiano Ronaldo y Francesco Totti. El fútbol era el único idioma compartido en uno de los lugares donde resultaba imposible compartir nada.

Salir y dejar a su hermano

Después de meses de cautiverio, a Iair y a otras cuatro personas les comunicaron que dos de ellos serían liberados. Durante varios días, vivieron con la idea de que incluso podían tener que decidir quiénes saldrían. Las conversaciones eran tensas, pero cada uno proponía que fuera otro el elegido.

Finalmente, llegó el momento. Iair estaba entre los que recuperarían la libertad. Eitan, no. Antes de la separación, Hamas los filmó para uno de sus videos de la propaganda sádica. Iair habló frente a cámara y pidió que no separaran a las familias. Después salió.

Habían pasado 498 días desde su secuestro. Pero la libertad no fue completa.“Fue lo peor que me podría haber pasado”, dice, sobre haber salido dejando a Eitan atrás, y lo explica con una imagen: “Sale el cuerpo, la mente, el alma quedó ahí adentro”.

La culpa y la sensación de responsabilidad por quienes seguían secuestrados se trasladaron con él fuera de Gaza. Eitan permaneció cautivo mucho más tiempo. Fueron 738 días para el menor de los Horn.

Cuando finalmente recuperó la libertad, los hermanos volvieron a encontrarse. iair había esperado ese momento durante meses. Sin embargo, cuando lo tuvo enfrente eligió tratar de convertir lo extraordinario en cotidiano.

“Ah, ¿qué hacés, gordo? ¿Cómo estás?”, le dijo.

Fue nuevamente un mecanismo de defensa. “Para no caerme demolido a pedazos”, dice.

Volver al lugar donde empezó todo

En “7 de octubre: 499 bajo tierra”, el regreso de Iair no termina cuando sale de Gaza. También hay otro regreso. A Buenos Aires. A las calles en las que creció, a la escuela, al movimiento juvenil en el que se formó y a la cancha de Atlanta. Lugares que durante años fueron cotidianos y que, después del cautiverio, adquieren otro significado.

Horn recuerda también a quienes no pudieron volver. Habla de amigos asesinados durante el ataque a Nir Oz y de la familia Bibas, con la que compartía la vida cotidiana en el kibutz. Cuenta que Yarden y Shiri habían estado en el bar que él manejaba apenas la noche anterior al ataque. “Era gente alegre y feliz”, dice. Y así resume lo que ocurrió en apenas unas horas: “En un segundo robaron todo”.

Hay, sin embargo, algo que Hamas tampoco consiguió quitarle. Iair había elegido vivir en una región donde muchos de sus habitantes sostenían la esperanza de una convivencia futura entre israelíes y palestinos.

Después del 7 de octubre, después del secuestro, después de los túneles y de 498 días privado de su libertad, le preguntan si todavía cree en esa posibilidad.

“Sigo creyendo en la convivencia”, responde.

Sabe que no es algo inmediato. Habla de educación y de procesos que pueden demandar décadas. Incluso hasta cien años. La alternativa sería asumir que el conflicto nunca podrá resolverse y Iair no quiere hacerlo.

“Prefiero elegir la paz, prefiero elegir la convivencia. No lo veo de otra manera después de lo que viví”, sostiene.

“7 de octubre: 499 bajo tierra” es la historia de un hombre que sobrevivió al ataque, al secuestro y a casi 500 días de cautiverio. Pero también es el retrato del vínculo entre dos hermanos, de una identidad repartida entre Israel y la Argentina y de las pequeñas cosas —un barrio, un club, un asado, Messi, Maradona— a las que iair se aferró para abrazar la esperanza de volver a casa.

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