Opinión

La ciudad donde el diálogo no dobla ni estaciona

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San Nicolás asiste, una vez más, a un fenómeno que ya se ha vuelto marca registrada de las ininterrumpidas gestiones del clan Passaglia: la política del hecho consumado.

La reciente decisión de transformar la calle Colón en una avenida de doble mano, en el tramo que va desde Pellegrini hasta Avenida Falcón, no es un hecho aislado ni una simple modificación de tránsito. Es, en esencia, una declaración de principios sobre cómo se entiende el ejercicio del poder en nuestra ciudad.

La mañana del martes no trajo soluciones, trajo estupor. Comerciantes que levantaron sus persianas y vecinos que salieron de sus casas se encontraron con una realidad transformada por decreto, sin anestesia y, fundamentalmente, sin consulta. La creación de la denominada “Avenida del Río” surge, según el relato oficial, como un proyecto estratégico para integrar la Costanera Alta con el resto de la ciudad. Sin embargo, detrás del marketing del “embellecimiento” y la “puesta en valor”, asoma una improvisación peligrosa que ignora la dinámica viva de la comunidad.

Cualquier manual básico de urbanismo sugiere que las transformaciones estructurales deben ser consensuadas con los actores directos.

En calle Colón, el Municipio parece haber diseñado el plano sobre una mesa de cristal -o quizás en alguna de una peña de amigos adolescentes después de un alto nivel de hidratación-

olvidando que en esas cuadras funcionan escuelas, se encuentra la sede del Ministerio Público Fiscal y existe una actividad comercial que depende, en gran medida, de la posibilidad de estacionar y circular con previsibilidad.

“No tiene lógica”, dicen a coro los vecinos. Y tienen razón. Convertir una calle de dimensiones estándar en una vía de doble mano, eliminando el estacionamiento en toda su extensión, es una invitación directa al caos.

¿Cómo se resolverá el ascenso y descenso de alumnos en horario escolar? ¿Dónde estacionarán quienes deben realizar trámites judiciales o comerciales? La respuesta municipal es el silencio o la promesa de una fluidez vehicular que, en la práctica, suena a utopía.

Nadie en su sano juicio se opondría a que San Nicolás sea más linda o a que aproveche su privilegiada vista al río. El problema no es el “qué”, sino el “cómo”.

La gestión passaglista confundió sistemáticamente la eficacia con el autoritarismo. Bajo la premisa de que “las obras quedan”, se atropella el proceso democrático de debate. Se gobierna para la foto de la inauguración, pero se desatiende el día después de quienes deben convivir con esas decisiones.

La eliminación del estacionamiento no es un detalle menor. Es un golpe al corazón de los comercios de cercanía. Es, además, un riesgo latente para la seguridad vial.

Como bien señalaba un trabajador del volante en una recorrida que realizó COSA CIERTA, el ancho de la calzada no garantiza una convivencia segura entre dos sentidos de circulación en una zona de altísima densidad peatonal y vehicular.

Esta “decisión unilateral”, como la definen los propios frentistas, deja al descubierto una forma de gobernar basada en el desdén por el diálogo. La ausencia de planificación integral es evidente: se cambia el sentido de una calle para favorecer un flujo turístico, pero se asfixia la vida social y económica de un sector clave.

Parece que, para el Municipio, el consenso es un obstáculo para la gestión y no una herramienta de construcción ciudadana. Se prefiere el “avanzar y que protesten” antes que el “sentar y escuchar”. Pero el malestar social no es infinito. La acumulación de decisiones tomadas entre cuatro paredes, de espaldas a la gente, genera un caldo de cultivo de desconfianza y hartazgo que ninguna costanera nueva puede tapar.

La transformación de calle Colón es el espejo de una gestión que se autopercibe infalible. Una administración familiar que confunde transformación con capricho y que, en su afán por dejar una marca estética en la ciudad, termina dejando cicatrices en el tejido social.

San Nicolás necesita obras, sí, pero sobre todo necesita gobernantes que entiendan que la ciudad es de quienes la habitan, no de quienes la dibujan desde un despacho sin ventanas a la realidad. Y de espaldas a la gente.

 

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