
“Ninguna muerte se festeja. No todas las muertes se lloran. Con la muerte del que se convirtió sin permiso en su dueño absoluto, el básquet argentino tiene la chance de reorganizarse, luego de más de una década nefasta, para retomar el único objetivo de un crecimiento general, sin responder a intereses personales ni sectoriales”, escribió en X el prestigioso colega Alejandro Pérez, relator de ESPN y redactor de Sólo Básquet.
“Murió Fabián Borro. No compartimos ninguna visión sobre la gestión y la filosofía del básquet nacional. Entre sus pares me llamaba ‘el sicario’, nunca nadie le objetó nada. A barajar y dar de nuevo. Por la memoria de León Najnudel, seguimos aquí para arreglar lo que se rompió”, sentenció Marcelo Nogueira, también de ESPN.
”Un dirigente que no dejó herederos”, opinó Marcelo Guerrero en la editorial de Sólo Básquet Online.

Y así podríamos seguir esbozando las definiciones de los periodistas más prestigiosos e independientes del básquet argentino. Con el fallecimiento de Fabián Borro se fue el hombre más poderoso dentro del deporte durante los últimos 12 años. El que en 2023 saltó las fronteras y se convirtió en el capo de FIBA Américas. Desde las categorías formativas de FEBAMBA hasta las sedes de los torneos internacionales, elecciones de entrenadores y de sponsors. Todo pasaba por sus manos en las oficinas de Núñez, Puerto Madero, Microcentro porteño o Miami.
Técnico Mecánico recibido en la ENET N° 32 de Villa Ortúzar, Borro ingresó a la actual empresa AYSA (por entonces Obras Sanitarias de la Nación) y escaló hasta ser Director de Logística. Peronista, hijo del sindicalista, admirador de Julio Grondona, en el básquet dio sus primeros pasos fuertes como presidente del club Obras hasta no parar y dominar todo el básquet argentino (y a sus serviles dirigentes). Gracias a sus aceitados contactos políticos, la Liga fue la primera competencia en volver a jugarse en plena pandemia.
Su gestión sólo dejó retrocesos para un deporte que supo llegar a lo más alto a nivel mundial. Hoy tenemos como producto tres ligas profesionales sin marketing y en franco declive, una Selección mayor sin jugar Mundiales ni Juegos Olímpicos (algo que había ocurrido hasta con la CAB quebrada) y múltiples sospechas de conducciones sin transparencia en sus finanzas.
Con Belgrano terminó en buena sintonía con sus dirigentes de básquet. Pero a mediados de la década del 2000, fue el que impidió que el público del Rojo pudiera ingresar masivamente a la cancha de Obras un domingo por la Liga Nacional y les triplicó el precio de las entradas. Tuvo una actitud típica de alguien que se sentía patrón de estancia.
A Regatas lo sentenció a una sanción tan excesiva como absurda de 11 meses por cuestiones personales (adujo que en pleno conflicto le llegaron mensajes amenazantes a su celular). Castigó a todas las categorías masculinas y femeninas del club por igual sin ningún tipo de piedad por nadie.
Se fue un personaje que hizo retroceder muchísimo al básquet argentino.



