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Muerte, impunidad y limosna: ‘’intendente, no queremos su plata, queremos al asesino preso’’, el clamor de la abuela de Ferreyra

No es piedad, es encubrimiento: la abuela de Juan Pablo Ferreyra desenmascara el operativo municipal para silenciar la muerte de su nieto. Del camión ‘’manchado’’ escondido al entierro pago con fondos públicos.

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Juan Pablo Ferreyra tenía 21 años, una vida dedicada a la música y al fútbol, y un futuro que fue aplastado bajo las ruedas de un camión municipal en Barrio Colombo. Mientras el parte oficial habla de un “siniestro vial”, su abuela rompe el silencio en COSA CIERTA y denuncia un oscuro operativo de encubrimiento que involucra alcohol, desidia estatal y un intento de “comprar” el silencio de una familia destrozada.

El descargo de una abuela destrozada: ‘’A mi nieto lo reventaron y el asesino sigue suelto’’.
El descargo de una abuela destrozada: ‘’A mi nieto lo reventaron y el asesino sigue suelto’’.

El pasado 9 de enero, el reloj marcó las 14 horas y el tiempo se detuvo para siempre en la intersección de Juan de Garay y Derqui. Allí, Juan Pablo Ferreyra, el “Juampi” que hacía vibrar las cuerdas en “Los Porteñitos” y defendía los colores de Fútbol San Nicolás, perdió la vida. El hecho, caratulado inicialmente como un accidente, es para su familia un asesinato vial. En una carta cargada de dolor y bronca, su abuela apunta directamente contra el conductor, Sebastián Casimiro, y contra la gestión municipal que, según denuncia, intentó tapar el sol con un dedo.

“Usó el camión como arma letal”

El testimonio es crudo y no ahorra detalles sobre el estado del vehículo y del chofer. “Casimiro mató a mi nieto porque usó el camión como un arma. Manejaba un vehículo en estado deplorable, que no pasaba la VTV, trabajando para el municipio y, lo que es peor, manejaba bajo los efectos del alcohol”, dispara la mujer, cuya voz representa el calvario de toda una familia.

Según el relato de la abuela, la mecánica del hecho no fue un imprevisto del tránsito: el pesado rodado habría doblado en contramano, encerrando y aplastando al joven motociclista que circulaba con su casco reglamentario. “Lo reventó por dentro, murió por una hemorragia interna. Lo mató gratis y hoy el asesino está suelto”, sentencia con un dolor que traspasa el papel.

El modus operandi de la impunidad

Lo que más indigna a la familia Ferreyra no es solo la muerte, sino lo que sucedió después. La denuncia pública de la abuela pone el foco en un supuesto operativo de ocultamiento que involucraría al poder político local. “El camión fue escondido en una empresa, nunca estuvo en la Comisaría 4ta como correspondía. Pero el poder todo lo puede, ¿no? Plata y poder para tapar la verdad”, cuestiona.

Uno de los puntos más escalofriantes de la denuncia es el intento del municipio por hacerse cargo de los gastos fúnebres sin consulta previa. Según relata la mujer, cuando el padre de Juan Pablo fue a pagar la parcela en el cementerio, se encontró con que la Municipalidad ya había liquidado el sepelio y el entierro. “¿Quién les pidió algo? ¿Será que se sintió culpable, Intendente?”, interpela directamente al jefe comunal. “Dejen de ser cómplices. El silencio y la plata no devuelven una vida”.

Justicia humana vs. Justicia divina

Para la abuela de “Juampi”, la justicia en San Nicolás parece tener los ojos vendados por conveniencia. “Están viviendo como si nada pasó mientras a mí me arrancaron el alma. Si no hay justicia humana, habrá justicia divina”, reflexiona aferrada a su fe, pero sin claudicar en el reclamo terrenal.

La nota cierra con una advertencia que resuena en los pasillos del Palacio Municipal: la familia no va a parar. No aceptan “donaciones” post-mortem ni explicaciones a medias. Exigen que Sebastián Casimiro pague por su responsabilidad y que el municipio responda por poner a un hombre presuntamente alcoholizado al volante de un camión sin frenos.

En Barrio Colombo, las paredes todavía susurran el nombre de Juan Pablo Ferreyra. Su abuela, de pie entre los escombros de su corazón, solo pide una cosa: que la impunidad deje de ser la moneda corriente en una ciudad donde, a veces, la vida de un pibe parece valer menos que el blindaje de un funcionario.

 

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