
El movimiento Scout nació a comienzos del siglo XX, impulsado por Robert Baden-Powell, y llegó a la Argentina en 1912, donde rápidamente se expandió como una propuesta educativa basada en el servicio, la vida en la naturaleza y la formación en valores. Más de un siglo después, el escultismo continúa vigente, formando ciudadanos comprometidos y fortaleciendo el tejido social en comunidades de todo el país, incluida San Nicolás.
En la ciudad, este espíritu se vive desde hace décadas a través de distintas experiencias educativas y comunitarias. Gonzalo Sunino, dirigente scout y uno de los impulsores del movimiento Malvinas Argentinas, recuerda que la iniciativa de ese grupo comenzó a gestarse alrededor de 2010 y fue formalmente fundada en 2011. Durante diez años desarrolló su labor en la Iglesia de Lourdes, ubicada en Balcarce 618.
Sunino, quien actualmente se desempeña como jefe de grupo en la ciudad de San Pedro, continúa vinculado al escultismo nicoleño como asistente zonal de programa, colaborando con los adultos responsables para fortalecer las actividades y asegurar experiencias formativas significativas.
El grupo local trabaja con alrededor de 30 chicos provenientes de barrios muy humildes, brindándoles un ámbito de pertenencia y oportunidades de desarrollo personal.
“El escultismo les enseña a trabajar en equipo, liderazgo, superación personal, cumplir objetivos y asumir desafíos, siempre con una sonrisa y buena onda”, explica el dirigente.
El movimiento propone una educación integral basada en valores. Desde la promesa scout, los miembros se comprometen a ser leales y honestos, practicar el servicio a los demás y asumir la responsabilidad de cuidar la naturaleza. A estos principios se suman el compromiso, la fraternidad y el sentido de hermandad que los caracteriza.
Más allá de los campamentos, las actividades se desarrollan durante todo el año: caminatas, bicicleteadas, talleres, proyectos, servicios comunitarios y propuestas vinculadas al cuidado del cuerpo, la naturaleza y la espiritualidad, respetando las creencias de cada integrante.
Cuando se convoca a ayudar, la respuesta suele ser positiva. Según Sunino, puede costar un poco más en la adolescencia, pero el objetivo es construir un grupo de amigos que viva el escultismo como una experiencia compartida. “Cuando se sienten parte, se suman a ayudar, trabajar y compartir ceremonias, servicios y proyectos”, señala.
El impacto del escultismo se refleja en el crecimiento personal de los jóvenes. Sunino, quien recorre el país por su labor scout, afirma que muchas veces reconoce a personas con formación scout por sus actitudes.
Se observa liderazgo, carácter, solidaridad y apertura para compartir. Incluso en contextos de pobreza, los chicos aprenden hábitos de cuidado personal, respeto hacia los demás y el deseo de superarse y transformar su realidad familiar. Asimismo, jóvenes de distintos niveles socioeconómicos aprenden a adaptarse, compartir y convivir.
“Sin importar la clase social, se forman personas de bien que quieren hacer el bien sin esperar nada a cambio”, resume.
A décadas de presencia en la ciudad, el escultismo continúa dejando huellas, formando líderes, fortaleciendo valores y brindando servicio en cada rincón de la comunidad. Fieles a su lema, los scouts siguen estando “siempre listos”.

