Un fallo judicial dispuso el cierre inmediato del sector de barranca frente a la planta tras detectar agroquímicos en el suelo. Mientras la jueza fija multas de 100 mil pesos, los nicoleños estallan: “Hace 20 años que tiran veneno de todos los colores al río, un cartel no cura el cáncer ambiental”.
Lo que era un secreto a voces en la costa nicoleña ahora tiene el sello de una resolución judicial. El Juzgado de Ejecución Penal de San Nicolás, a cargo de la Dra. Luciana Díaz Bancalari, ordenó el vallado y la señalización de la barranca baja frente a Atanor SAIC. La medida surge tras comprobarse la presencia de Trifluralina y otros contaminantes en un sector donde habitualmente familias enteras pescan y pasan la tarde.
Tierra naranja y veneno a la vista
El fallo no es caprichoso. Se apoya en pericias de la Universidad de La Plata y la Policía Federal, que detectaron tierra de un color anaranjado antinatural que decanta directamente hacia el cauce del Paraná. Estudios del Ministerio de Ambiente revelaron que, en 11 de los 15 sondeos realizados durante 2025, los niveles de químicos superaron ampliamente los límites permitidos.
La orden es tajante: tres días para cerrar el paso y carteles que adviertan el peligro. De lo contrario, la empresa deberá pagar 100.000 pesos por día de demora. Una cifra que, para el gigante químico, suena a poco.
El grito del vecino: “Asesinos” e impunidad
Sin embargo, lo que los expedientes llaman “medida preventiva”, el nicoleño lo traduce como una burla. La indignación en las redes y en los barrios costeros es total. “Hace 20 años que siguen contaminando, es una vergüenza. Son asesinos”, disparó un vecino al conocerse la noticia, reflejando un sentir colectivo que la justicia parece haber ignorado por décadas.
La duda que circula en cada esquina es la misma: ¿Solo ese sector está contaminado? Los pescadores y navegantes frecuentes aseguran que el daño es mucho más profundo y visible desde el agua. “Si vas por el río ves cómo tiran veneno por los desagües; caían líquidos de todos los colores al Paraná desde que la empresa está ahí”, relató un conocedor de la zona, exponiendo que el problema no es una mancha de tierra naranja, sino un sistema de vertido constante.
A este malestar se suma la crítica directa a la gestión local y su eslogan turístico. “Se viene ‘la ciudad de cara a la contaminación’ en el ‘’Paseo Atanor’’, vergüenza les tiene que dar”, ironizó otro vecino, poniendo el foco en la contradicción de embellecer la costanera mientras el suelo supura químicos.
¿Quién remedia el desastre?
La jueza intimó a la empresa a presentar un plan de remediación definitivo, pero la desconfianza reina. Algunos advierten que, con la planta en proceso de cierre o retiro, las sanciones económicas podrían quedar en la nada. “Tarde. Atanor ya cerró las puertas, suerte con las sanciones. Pero el río quedó contaminado”, lamentó un frentista.
La efectividad del vallado también está bajo la lupa de los ciudadanos. “Con vallar no solucionamos nada… El veneno ya está en todas partes. Eso tienen que solucionar, manga de inútiles y corruptos”, reclamaron con dureza. Además, advierten sobre el riesgo social en la zona baja: “Los chicos que viven ahí van a terminar sacando el vallado; encima se comen los pescados que están todos contaminados. Se tiene que clausurar ese desagüe de una vez”.
Mientras los abogados discuten plazos y coordenadas, los nicoleños se preguntan quién pagará por la salud afectada y por un ecosistema que, según denuncian, fue sacrificado en el altar de la producción industrial.



