
El caso de Noelia Castillo, la joven cuadripléjica española de 25 años que recibió la eutanasia este 26 de marzo, volvió a despertar el debate social: en Argentina, aunque no está legalmente permitida la eutanasia, sí lo es la “muerte asistida”, una forma de acompañamiento no invasivo.
Esta medida implica la ausencia de tratamientos médicos que prolonguen la vida de un paciente, de forma artificial, ante una enfermedad irreversible, terminal o incurable, lo que está avalado por la ordenanza de nombre homónimo, 26.742/2012.
Respecto a la eutanasia, la principal diferencia es que la muerte digna permite el fallecimiento y la otra forma, la genera en un paciente que “padece una condición de salud irreversible que le provoca un sufrimiento físico o psicológico profundo” y que lo solicita de manera clara, tal como indicó la Red de cuidados, derechos y decisiones en el final de la vida.
La Ley de Muerte Digna, promulgada en 2012, brinda el derecho a rechazar “procedimientos quirúrgicos, de reanimación artificial o al retiro de medidas de soporte vital cuando sean extraordinarias, desproporcionadas o produzcan un sufrimiento desmesurado” en pacientes que hayan sufrido una enfermedad irreversible, incurable o estén estadío terminal.
Por su parte, la muerte asistida permite la administración directa, por parte de un profesional de la salud, de una sustancia que provoque el fallecimiento, así como la prescripción o el suministro de las mismas para que el paciente lo ingiera, proceso que se denomina “médicamente asistido”.
Murió Noelia Castillo tras recibir la eutanasia en España
La joven catalana llevaba dos años batallando judicialmente para que se le pudiera aplicar la muerte asistida, a la que se oponía su padre pero a la que los tribunales le han reconocido que tenía derecho, recordó el diario catalán La Vanguardia.
Una paraplejia la tenía postrada en una silla de ruedas tras arrojarse al vacío desde un quinto piso el 4 de octubre de 2022, luego de haber sido víctima de una agresión sexual múltiple.
El impacto resultó en una lesión medular completa que la mantuvo postrada, sin movilidad de la cintura hacia abajo y con dolores neuropáticos crónicos que ella misma calificó como insoportables.
A solo 24 horas de la muerte anunciada, Noelia decía sentirse aliviada: “Por fin lo he conseguido, por fin podré descansar”, afirmaba ayer la joven en su única entrevista en el programa ‘Y ahora Sonsoles’, donde también aseguraba que no tenía “ganas de nada; ni de comer, ni de salir. Duermo mal, me duelen la espalda y las piernas (…) y quiero dejar de sufrir, irme en paz”.
En esta entrevista en Antena 3, la joven hablaba públicamente por primera vez y relataba que su vida no había sido para nada fácil. Confesaba que había intentado suicidarse varias veces y que de hecho empezó a autolesionarse desde muy niña.
Al separarse de sus padres y tras pasar por centros de acogida, la situación se agravó: “Me junté con malas compañías, consumí drogas y uno de mis primeros novios abusó de mí cuando estaba dormida”, explicaba a la periodista Bea Osa. Esas agresiones sexuales se repitieron con otros hombres, hasta que un día fue víctima de una violación grupal. “Fueron tres chicos, pero nunca denuncié porque al cabo de tres o cuatro días me tiré por la ventana”.
La batalla para poder aplicar la eutanasia se dilató por la frontal oposición del padre de Noelia, asesorado por la asociación Abogados Cristianos. El hombre sostenía que su hija no estaba capacitada mentalmente para decidir sobre su futuro.
Los intentos para frenar la muerte digna de Noelia fueron tumbados, primero, por un juzgado de Instrucción de Barcelona; después llegaron los fallos a favor de ella del Tribunal Superior de Justícia de Cataluña, del Tribunal Supremo, el Constitucional y, el último revés, el definitivo, fue con el dictamen del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH).
Sin estos intentos, la joven barcelonesa hubiera muerto el 2 de agosto del 2024, el día para el que se había programado inicialmente la eutanasia.



