
En el complejo entramado del sistema educativo argentino, las estadísticas han dejado de ser simples planillas para convertirse en una “tecnología de poder” fundamental para la gobernanza. El reporte de la organización no gubernamental “Argentinos por la educación” confirma el dato alarmante que más de la mitad de los alumnos falta al menos 15 días al año y es el primer obstáculo en el aprendizaje.
Según el informe que presentó la ONG, el ausentismo estudiantil creció 7 puntos porcentuales en dos años a nivel país y se observan incrementos en las 24 provincias. Directivos escolares y docentes asignan que esta problemática es el principal obstáculo para aprender.
Son los mismos estudiantes quiénes confirman que el 21 por ciento falta entre 15 y 19 días al año; el 20 por ciento entre 20 y 29; y el 10 por ciento, 30 días o más.
Argentina aún no cuenta con un sistema de información que permita hacer un seguimiento preciso y oportuno del problema a nivel nacional. Sin embargo, los últimos reportes particulares encienden alarmas sobre el ausentismo crónico como cuello de botella.
Ausentismo: La provincia de Buenos Aires lidera el ranking nacional
Los datos surgen del informe “Ausentismo: ¿qué sabemos acerca de cuánto faltan los estudiantes de secundaria?”, elaborado por Argentinos por la Educación, con autoría de Bruno Videla (docente de nivel secundario), Martín Nistal y Eugenia Orlicki (Argentinos por la Educación) con los últimos datos disponibles de las pruebas Aprender (2024) y PISA (2022), que relevaron la percepción de estudiantes y directores sobre el problema.
La provincia de Buenos Aires es el segmento nacional con mayores niveles de ausentismo, un 66 por ciento de estudiantes afirman acumular al menos 15 faltas, seguidas por la Ciudad de Buenos Aires (59 por ciento), Tierra del Fuego (55 por ciento) y La Pampa (54 por ciento). En el otro extremo de las estadísticas Santiago del Estero, San Juan y Jujuy son las provincias que presentan los niveles más bajos de ausentismo.
En el informe indagan sobre las razones que motivan a la inasistencia, el más mencionado son los problemas de salud, sin embargo, un 39 por ciento afirma “no tener ganas de ir a la escuela”. El vínculo entre los jóvenes y la institución escolar se pone en el centro de la escena pero también el contexto social y familiar. Otras dificultades que aparecen son el acceso, problemas de puntualidad y razones familiares o laborales.
Las barreras socioeconómicas aumenta la brecha entre quiénes pueden acceder a las aulas y quiénes viven en situaciones críticas. Mientras que las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) muestran un leve respiro en los índices generales de pobreza, una realidad más cruda y silenciosa se cocina en los barrios del Conurbano y el Gran La Plata. La indigencia, ese umbral donde el ingreso no alcanza siquiera para cubrir el plato de comida diario, ha mostrado una resistencia alarmante entre los más chicos, transformándose en la principal barrera en la permanencia en las aulas.
La brecha del plato vacío
La falta de calzado o útiles escolares, el cuidado de hermanos menores y la falta de alimentos entre los más chicos es una gran preocupación de docentes y directivos que además de educar, trabajan sobre problemáticas sociales muy complejas.
Según los datos procesados de la última Encuesta Permanente de Hogares (EPH), la indigencia infantil en los partidos del Gran Buenos Aires se mantiene en niveles críticos. Para una familia tipo en la región, la Canasta Básica Alimentaria ya perforó el techo de los $535.000. Cuando el presupuesto familiar no llega a ese número, la prioridad deja de ser la educación y pasa a ser la supervivencia.
El ausentismo escolar en algunos segmentos de la provincia de Buenos Aires tiene una raíz económica multidimensional. Las investigaciones más recientes del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) advierten que la inseguridad alimentaria severa afecta a más del 11 porciento de los chicos. En las escuelas de barrios como Los Hornos o Villa Elvira, el comedor escolar ha dejado de ser un complemento para convertirse en la única garantía nutricional del día.
Esta realidad preocupa porque el ausentismo intermitente es el paso previo al abandono. Los chicos que faltan dos o tres veces por semana por razones económicas, de interés o de salud pierden el hilo pedagógico, lo que aumenta la frustración y la deserción.
El desafío no es solo pedagógico. Si la tendencia al ausentismo no cede el aula seguirá siendo un privilegio de pocos, con la cicatriz visible de una infancia que, antes de aprender a leer, ya aprendió a conocer el hambre.
Fuente: Con información de Infocielo



