
La medianoche del domingo 3 de mayo de 1987 envolvía a San Nicolás en una expectativa sin precedentes. Miles de jóvenes de toda la región convergían en la intersección de las calles Nación y Don Bosco, atraídos por el magnetismo de Soda Stereo, la banda que en ese momento redefinía el rock en español. Sin embargo, lo que se perfilaba como la mayor celebración de la cultura joven en la historia local se transformó, en cuestión de segundos, en una de las crónicas de horror más impactantes del país. A las 02:05, el silencio fue quebrado por el crujido de la estructura de Highland Road, que cedió bajo el peso de la negligencia administrativa y el exceso de público, dejando un saldo trágico de cinco muertos y más de 110 heridos.
La banda ya había interpretado “Signos” bajo una ovación ensordecedora. Gustavo Cerati introducía los acordes lentos de “Persiana Americana” cuando la tragedia comenzó a manifestarse de forma mecánica: una torre de iluminación lateral se desplomó con un estruendo metálico. Casi de inmediato, un balcón interno de cuatro metros de largo, que actuaba como un mirador privilegiado sobre la pista, se desprendió por completo. Unas 200 personas cayeron al vacío y fueron succionadas por el colapso de la mampostería, aplastando a quienes se encontraban en la planta baja.

El contraste entre la multitud y el control
Los datos técnicos de la causa exponen una contradicción letal. Mientras que los registros de la Municipalidad de San Nicolás (MSN) indicaban que el establecimiento —un antiguo hotel remodelado— estaba habilitado para 1.500 personas, las estimaciones periciales confirmaron la presencia de al menos 2.500 asistentes. A pesar de que el local superaba su capacidad, no existieron registros de inspecciones de último momento ni operativos de la MSN que interrumpieran el ingreso masivo de público de toda la región.
Norberto Nassif, dueño del local, intentaría más tarde sostener ante la Justicia una versión que chocaba con los testimonios de los sobrevivientes, afirmando que ‘’solo había 650 personas de más en el boliche’’. Sin embargo, el relato de los músicos describió una escena dantesca: “Veíamos a muchos chicos tirados en el suelo… había mucha sangre por todos lados”, declararía Cerati días después de observar cómo su camarín se convertía en una enfermería improvisada ante la falta de infraestructura de emergencia en el recinto.
Una herida histórica sin responsables
El impacto nacional de la tragedia obligó a la banda a suspender su gira y a dedicar su siguiente placa, “Ruido Blanco”, a las víctimas nicoleñas: Miriam Coronel, Walter Marum, Daniel de Cristófalo, Gabriel Gentilli y Daniel Verdera. No obstante, el eco de los gritos en la oscuridad no se tradujo en condenas para los responsables del área de obras privadas o inspección general de la época.
La causa, caratulada por el juez Abel Di Lorenzo como “Muertes y lesiones por accidente”, dejó al descubierto una gestión del espacio público donde el cumplimiento de las normas de seguridad estructural fue secundario ante la demanda comercial. A 39 años del colapso, la memoria de los vecinos sostiene la pregunta que la justicia nunca respondió plenamente: ¿por qué se permitió que el motor de la noche nicoleña funcionara como una trampa mortal?




