El reloj marcaba los primeros minutos del domingo 3 de mayo de 1987 cuando una marea humana desbordaba la esquina de Nación y Don Bosco. La ciudad de San Nicolás palpitaba ante la llegada de Soda Stereo, el fenómeno que movilizaba a miles de adolescentes de toda la zona hacia lo que prometía ser una jornada histórica para la cultura local. No obstante, la euforia se desvaneció en un instante, dando paso a una de las tragedias más oscuras que se recuerden en el interior del país. A las 02:05, el estruendo del hormigón al ceder interrumpió la música en Highland Road; la estructura, sobrepasada por una concurrencia que duplicaba lo permitido, colapsó ante la falta de fiscalización y dejó un saldo de cinco víctimas fatales junto a más de un centenar de heridos.
Entre la multitud que colmaba el lugar se encontraba Virginia Mariezcurrena, una joven de 17 años que había ahorrado durante meses para pagar una entrada que costaba lo mismo que un CD. Su testimonio, brindado a COSA CIERTA, reconstruye minuto a minuto la delgada línea entre la vida y la fatalidad en una noche donde el boliche estaba, según sus palabras, “abarrotado de gente”.
El pedido que cambió el destino
“Estábamos tan apretados que me picaba la nariz y no podía mover los brazos para rascármela”, recuerda Mariezcurrena sobre la situación en la pista. Ante la falta de espacio, la joven decidió subir al parlante ubicado del lado derecho del escenario para intentar ver mejor el show. En ese mismo lugar se encontraban los cinco chicos que, minutos después, perderían la vida.
Fue un gesto de un amigo lo que alteró el curso de su historia personal: “Vicente Javier Giorgio me dijo: ‘Vicky, bajate, total de ahí no ves nada tampoco y estás molestando a los chicos’. Me salvó la vida”, relata la mujer. Virginia regresó a la pista justo antes de que el grupo liderado por Gustavo Cerati irrumpiera en escena.
Del delirio al polvo y el silencio
El show comenzó con “Signos” -un tema que Virginia confiesa no poder escuchar sin dolor hasta el día de hoy- y continuó con el primer acorde de “Persiana Americana”. En ese instante, lo que parecía parte del cotillón del espectáculo resultó ser el colapso de la estructura. “Veo que cae algo del techo. Inmediatamente siento que una marea de gente me tira al piso. Aparezco del otro lado, en el pasillo opuesto al que quedó sepultado. Me refugié frente a la consola de sonido, donde veo en letra escrita a mano la lista de temas que tenían planeado tocar. Pensaba que los escucharia luego”, describe.
Ya con la luz cortada y el aire viciado por el polvillo, la sobreviviente recuerda la imagen final tras asentarse los escombros: “Vi que arriba del parlante donde estábamos los chicos y yo, había una loza. Simplemente el parlante y la loza, como si no hubiera absolutamente nada en el medio”. Mientras un joven desesperado intentaba romper el cemento con una maza para rescatar a los atrapados, Virginia comprendió allí la gravedad de lo ocurrido.
La herida que no cierra
El testimonio de esta vecina refuerza los datos que constan en la causa judicial: un recinto habilitado para 1.500 personas que albergaba a más de 2.500. La desidia estatal se tradujo en la muerte de Miriam Coronel, Walter Marum, Daniel de Cristófalo, Gabriel Gentilli y Daniel Verdera, cuyas vidas se apagaron bajo una estructura que nunca debió ceder.
Para Virginia, el aniversario no es solo una efeméride histórica, sino el recuerdo de un abrazo en el patio del boliche con su hermana y sus amigos que sobrevivieron, y la certeza de que su presencia hoy es fruto de un azar que otros no tuvieron.



