
Durante años, el passaglismo construyó una identidad política basada en una idea central: San Nicolás como modelo de gestión. No fue solamente un discurso municipal. Fue una estrategia de posicionamiento. Repetida en actos, entrevistas, redes sociales y campañas.
Declaraciones y frases elocuentes tales como “la mejor ciudad de la Provincia”, o “uno de los municipios más eficientes del país”, bajo el objetivo de “llevar el modelo San Nicolás a toda la Argentina” se convirtieron en una lógica repetitiva que intenta instalar “menos ideología y más gestión”.
Sobre esa narrativa se edificó el crecimiento político del espacio HECHOS, que hoy busca expandirse más allá de San Nicolás con un mensaje centrado en resultados, eficiencia y transformación urbana.
La ciudad cambió, eso es innegable: Costanera, espacios públicos, eventos, modernización. Pero el passaglismo entendió antes que muchos gobiernos locales algo clave en política moderna: la percepción también gestiona. Casi como una metáfora con el mundo digital y de redes sociales, lo estético toma el control dejando de lado cuestiones algo más humanas.
Los filtros dominan el relato, la cosmética de una ciudad embellecida se vuelve encantadora, a la vez que deja detrás de las luces un sinfín de urgencias y cuestiones estructurales por atender, las cuales comienzan a hacer presión.
Dato, mata relato
El nuevo Índice de Ciudades Argentinas introdujo otro elemento en la discusión: la comparación objetiva. El estudio, elaborado por la consultora Enclave, analizó 43 ciudades argentinas a través de 17 indicadores vinculados a economía, cohesión social y hábitat urbano. San Nicolás ni siquiera figura entre las ciudades destacadas.
Las ciudades mejor posicionadas fueron Bahía Blanca, Córdoba, Mendoza, Río Cuarto, CABA y Rosario. Incluso ciudades intermedias como Rafaela lograron mejores indicadores en equilibrio económico, acceso habitacional y cohesión urbana, dejando una conclusión implícita: una ciudad puede construir una fuerte percepción de transformación sin necesariamente liderar indicadores profundos de desarrollo. El punto vuelve a ser el mismo, así como el interrogante: ¿Cuáles son las prioridades?
Del Marketing a la validación
La fortaleza política que pregona el Ejecutivo nicoleño es convertir gestión municipal en identidad. Pero cuando aparece una medición externa, técnica y comparativa, el escenario cambia. Ya no alcanza con la obra visible, ni con el relato de eficiencia, o la centralidad comunicacional.
En San Nicolás pesan cada vez más fuerte otros factores dejados de lado por la gestión y el reclamo vecinal es evidente: seguridad, pobreza, empleo, conectividad, cohesión social, hábitat, competitividad, infraestructura estructural. En ese mapa, San Nicolás no logró consolidarse como caso excepcional, ni siquiera entre las 40 ciudades del país, incluso estando en el centro del país y en pleno cordón industrial, factores claves en el análisis del estudio.
Cuando lo cosmético deja de llenar los ojos, cuando comienza a importar el contenido por sobre los “likes”, allí se destapan los problemas estructurales nunca atendidos y sin recursos. El ranking nacional dejó una señal difícil de ignorar; la ciudad que el oficialismo presenta como ejemplo de transformación no aparece entre las principales referencias urbanas del país y surge el interrogante: ¿El modelo San Nicolás es realmente un caso de excelencia estructural o una construcción exitosa de percepción pública?



