ActualidadOpinión

Agostina: cuando asesinan a una niña, fracasa toda la sociedad

banner-noticia
banner-noticia

Hay palabras que, aunque sean correctas desde el punto de vista jurídico, resultan insuficientes para describir ciertas tragedias. Una de ellas es “menor”. Es un término habitual en expedientes, resoluciones y coberturas periodísticas. Sin embargo, cuando se habla de Agostina Vega, conviene detenerse un instante y nombrar las cosas por lo que son: era una niña. Tenía 14 años. Estaba empezando a vivir.

La diferencia no es menor ni responde a una cuestión semántica. Las palabras construyen sentido y también determinan la forma en que comprendemos la realidad. Decir que una “menor” fue asesinada puede sonar a una categoría administrativa. Decir que una niña fue asesinada nos obliga a mirar de frente la dimensión humana del horror.

Porque Agostina no era una figura jurídica ni un número dentro de una estadística criminal. Era una historia en desarrollo, una vida llena de posibilidades, una persona que todavía estaba descubriendo quién quería ser. Tenía sueños, vínculos, proyectos y una existencia que recién comenzaba a desplegarse. Todo eso fue interrumpido de manera brutal.

Cada vez que una niña es asesinada, el hecho excede el marco de un delito. Por supuesto que la Justicia debe investigar, establecer responsabilidades y aplicar las penas correspondientes. Es indispensable determinar agravantes, analizar contextos y definir las figuras penales que correspondan. Pero hay una dimensión de estos hechos que ninguna sentencia puede abarcar por completo.

Porque detrás de cada crimen de estas características existe una trama social que también debe ser observada. Existe una cadena de vulnerabilidades, desigualdades y ausencias que permite que una adolescente quede expuesta al daño. Ningún caso ocurre en el vacío. Ninguna tragedia de esta magnitud puede entenderse únicamente desde la conducta individual del agresor.

El cuerpo de una niña asesinada se convierte en la evidencia más extrema de un fracaso colectivo. Habla de relaciones de poder desiguales. Habla de violencia. Habla de adultos que no llegaron a tiempo o que directamente no estuvieron. Habla de instituciones que no lograron proteger. Habla de mecanismos de prevención que fallaron cuando más se los necesitaba.

Y es precisamente allí donde aparece la responsabilidad social. Porque la pregunta no debería limitarse a quién cometió el crimen. También deberíamos preguntarnos cómo fue posible llegar hasta ese punto. Qué señales fueron ignoradas. Qué situaciones de riesgo quedaron invisibilizadas. Qué herramientas faltaron para evitar un desenlace que hoy conmueve a toda una comunidad.

Existe, además, otro peligro, más silencioso pero igualmente grave: la naturalización. La velocidad con la que circula la información genera el riesgo de que incluso los hechos más dolorosos terminen consumiéndose como una noticia más. Durante algunos días ocupan titulares, generan indignación y movilizan emociones. Después, lentamente, son desplazados por nuevos acontecimientos.

No obstante, cuando una sociedad se acostumbra a estas tragedias, algo esencial comienza a deteriorarse. La capacidad de conmoverse, de reflexionar y de exigir cambios reales. El horror deja de ser excepcional y pasa a integrarse al paisaje cotidiano. Y cuando eso ocurre, la derrota es colectiva.

El caso de Agostina interpela mucho más que al sistema judicial. Interpela a las familias, a las instituciones educativas, a los organismos de protección, a los dirigentes políticos y a cada ciudadano. Obliga a revisar qué estamos haciendo para cuidar a nuestras niñas y adolescentes, y también qué estamos dejando de hacer.

Nombrarla como lo que era no devolverá la vida que le arrebataron. Pero sí puede ayudarnos a comprender la magnitud de lo sucedido. Agostina era una niña. Y cuando una niña es asesinada, no se rompe únicamente una familia. Se quiebra una promesa básica de toda sociedad: la de proteger a quienes más necesitan cuidado.

Por eso, la verdadera discusión no termina en un expediente ni concluye con una condena. La verdadera discusión empieza cuando nos preguntamos qué debemos cambiar para que ninguna otra niña tenga el mismo destino. Porque llegar tarde, cuando se trata de la vida de una niña, nunca es una opción. Es, siempre, una tragedia que pudo y debió evitarse.

 

banner-noticia

Artículos Relacionados

Volver al botón superior
×