
Un enemigo invisible habita en la rutina diaria de la cocina, pero las armas para combatirlo están al alcance de una canilla y un fuego bien regulado. En el marco del Día Nacional de Lucha contra el Síndrome Urémico Hemolítico, la prevención se consolida como la única barrera efectiva contra una patología endémica en Argentina que carece de un tratamiento o cura específica.
Escherichia coli, cómo se previene
Los registros del Ministerio de Salud de la Nación reflejan un descenso sostenido de casos en la última década, tanto en la población general como en niños menores de cinco años, las autoridades sanitarias enfatizan que no hay margen para relajar los hábitos. La bacteria Escherichia coli, productora de la toxina Shiga, se transmite a través de agua o alimentos contaminados, la falta de higiene en la manipulación y el contacto con animales portadores.
Sus consecuencias en el organismo pueden ser severas, provocando desde diarrea con sangre y vómitos hasta convulsiones, anemia e insuficiencia renal grave. Si bien los más pequeños son los más vulnerables, el riesgo se extiende a embarazadas, adultos mayores y personas con defensas bajas.
Que advierte el colegio de nutricionistas
Frente a la ausencia de un fármaco sanador, la nutricionista Agustina Basso, matriculada en el Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Buenos Aires, remarca que pequeños cuidados en el hogar son decisivos para salvar vidas. La erradicación del riesgo exige un lavado de manos constante con agua y jabón, fundamental antes de cocinar y tras ir al baño o cambiar pañales.
En el plano gastronómico, la bacteria se destruye recién a los 70 °C, por lo que resulta indispensable cocinar las carnes por completo hasta que no desprendan jugos ni conserven tonos rosados, evitando además ofrecer carne picada a menores de cinco años.
La protección en la mesa se completa con el control estricto de la contaminación cruzada, utilizando utensilios diferentes para productos crudos y cocidos. Asimismo, la desinfección de frutas y verduras con tres gotas de lavandina apta por litro de agua potable, el consumo exclusivo de lácteos y jugos pasteurizados, y la conservación firme de la cadena de frío —descongelando siempre dentro de la heladera— transforman la prevención cotidiana en el mejor escudo de salud pública.



