
Nicolás Grancitelli, perfeccionista, detallista, meticuloso como todo virginiano y fanático absoluto de Thalía, comenzó su historia con la cocina a los cuatro años, cuando su tía abuela le enseñó a preparar buñuelitos, sin que él comprendiera todavía los riesgos que implicaba desenvolverse en ese ámbito a tan temprana edad. Al principio, la gastronomía fue un hobby, una manera de pasar el tiempo y adquirir conocimientos, aunque todavía sin la técnica ni la formación necesarias para convertirla en una profesión. Una vez finalizada la secundaria, decidió estudiar Arquitectura en Rosario, pero pronto descubrió que aquella carrera no era lo que realmente buscaba. Fue entonces cuando la comida y los sabores volvieron a aparecer en su vida para señalarle el camino hacia el mundo gastronómico. Su familia cuestionó inicialmente esa decisión, aunque con el tiempo terminó por aceptarla y acompañarlo en todo lo necesario.
Durante su formación, su chispa, perfeccionismo y talento, acompañados por una marcada disciplina, no solo le permitieron destacarse, sino también descubrir una faceta que hasta entonces no había considerado: la docencia. La posibilidad de transmitir conocimientos de manera planificada, sin perder de vista la personalidad de cada alumno, le ofreció una nueva perspectiva sobre la cocina y abrió otros espacios donde desarrollar su arte.
Parte de su impronta se debe a las enseñanzas de su tía abuela, Ofelia de Donadio, una de las referentes gastronómicas de la zona, especialmente reconocida en el ámbito de la pastelería. Sin embargo, en el plano personal, su vida se vio interrumpida por una enfermedad que afectó profundamente su motricidad y lo obligó prácticamente a comenzar de cero.
Hoy, convertido en un ejemplo de resiliencia, continúa alimentando su espíritu gastronómico a través de elaboraciones de pastelería de vanguardia y calidad excepcional. Además, brinda talleres infantiles en los que combina aprendizaje, diversión y seguridad, sintiéndose un niño más al momento de enseñar. Una vida marcada por las ganas de seguir adelante y la comprensión de que, a veces, es necesario dejar que el tiempo acomode las cosas.
El momento de comerse al mundo: “Amo mi trabajo y siempre fue así. En el momento que decidí que quería estar en el mundo gastronómico, me puse estudiar la historia de las comidas y, a su vez, elegía mis recetas favoritas. Luego, con la docencia, aprendí a tener otra mirada sobre la cocina y adquirir más conocimientos: chocolatería, panadería, pastelería; todo aprendía y todo enseñaba. Cuando no estaba en clases, trabajaba en hoteles y en caterings. Cuando no trabajaba en Rosario, me venía a San Nicolás a dar un curso a señoras que querían aprender a cocinar. Cuando no estaba en San Nicolás, me iba a enseñar a ciudades y pueblos cercanos a Rosario. En ese momento no paraba; suponía que era algo de la edad, pero luego me di cuenta que era una parte de mi personalidad”.
El cambio obligado: “Tuve una enfermedad neuronal que afectó toda mi vida. Sentí que volví a nacer. En el momento que más disfrutaba mi vida, tuve que poner un freno, volver a la casa de mis viejos y empezar a caminar, a leer, a vivir nuevamente. Soy un agradecido al ver como mi familia me sostuvo en aquel momento. El proceso de rehabilitación fue muy duro y lento y, por momentos, internamente pensé que era una carga, pero la paciencia, el ver resultados favorables de a poco, el apoyo y mis ganas hicieron que nuevamente vuelva al ruedo con las mismas locuras de siempre, el perfeccionismo característico y el deseo de lograr la mejor identidad en mis productos”.
El método para la identidad: “Ofrezco un servicio que finaliza en una experiencia, lejos del trabajo industrial y muy vinculado con lo artesanal. Ahí pongo mi esencia y conocimiento para lograr en cada producto sentir ese estar como en casa, con un tinte familiar y nostálgico. A través de lo dulce busco que quienes consuman mis productos sepan que es un producto mío con tan solo mirarlo, pero que no quede solo con la imagen, sino también que el sabor tenga la misma identificación. Estar a la altura en todos los aspectos del producto: presentación, sabor y familia”.
El aprendizaje resiliente: “Volví a ser el mismo loco de siempre, pero con algunos cuidados. Sigo con mi versión perfeccionista por todo lo que hago, aunque ahora también le doy más lugar a divertirme. Volver a nacer me llevó a disfrutar más y a entender que si querés, podés. Más allá de lo trillada de la frase, es una realidad que quien la pasó mal probablemente te diga varias veces. Todavía me la repito cada tanto, ya sea por el objetivo a cumplir o para recordar la fuerza que tuve para salir adelante”.
Nicolás hizo de sus productos una expresión de su personalidad. Los colores, la locura y el cuidado por los detalles forman parte de una identidad que se reconoce en cada elaboración. Más allá de la subjetividad del gusto, su propósito es que quienes prueben sus creaciones encuentren algo familiar, cercano y reconfortante. Porque, sin importar dónde estén, busca transmitir a través de la pastelería esa sensación tan particular de sentirse como en casa.

