Historias

El escritor que tuvo una vida más increíble que la de sus personajes: vendió 300 millones de libros, pero no pudo evitar la cárcel

El 5 de octubre murió Jeffrey Archer. Lo nombraron lord, fue parlamentario durante tres décadas, llegó a best seller y estuvo preso por engañar a la justicia.

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Sus novelas vendieron más de 300 millones de ejemplares en todo el mundo, pero fue mucho más que un escritor de best sellers. Parecía un personaje escrito por un autor mucho más imaginativo y complejo que él.

Jeffrey Archer fue miembro del parlamento inglés durante tres décadas, sospechoso de quedarse con más de 50 millones de libras de una campaña benéfica, financista de golpes de Estado en países que no eran los suyos, plagiario, actor, acosador laboral, lord inglés, extraordinario personaje mediático, convicto.

2001. Jeffrey Archer acaba de ingresar a una sala de la prisión. Dos guardiacárceles lo vigilan, también unas cámaras colgadas en los rincones superiores de la habitación. Con parsimonia deja su Rolex de oro sobre la mesa, una lapicera de más de mil dólares, su dinero y todo lo que lleva en los bolsillos. Pregunta dónde puede colgar su traje a medida. Con un gruñido le responden que lo deje sobre la mesa. A nadie le preocupa que se arrugue: el dueño no iba a poder usarlo durante unos cuantos años. La camisa Yves Saint Laurent termina hecha un bollo. Antes deja a un costado los gemelos de oro blanco con sus iniciales. Un médico lo revisa, constata que no tiene lesiones, que no lleva nada escondido en su orificio anal. Luego, con un leve movimiento de cabeza, le indican que se ponga el mameluco naranja que está sobre una silla. Es su nuevo uniforme, el uniforme de presidiario. A Jeffrey Archer no le valieron de nada las decenas de millones de dólares, su fama ni su poder e influencias. La justicia lo condenó a cuatro años de prisión efectiva por mentir y por fraude procesal. Estos no son sus primeros días privado de libertad. Apenas se confirmó la sentencia y fue detenido, fue llevado a una cárcel de alta seguridad y puesto en reclusión solitaria con supervisión permanente para evitar un suicidio. Es una práctica frecuente para presos de buen pasar económico que, tras la condena, ven que su situación cambió radicalmente, que todos sus beneficios se disuelven casi de inmediato.

Una luz prendida sobre su cara todo el día y la revisión cada 60 minutos para comprobar que no intentó dañarse. De nada sirvieron los ruegos de Archer, ni siquiera sus juramentos de que no iba a intentar nada contra sí mismo. Pedía que le apagaran la luz o que no fueran tan ruidosos cada vez que pasaban por su celda. Lo que a él le parecía más extraño es que pensaran que podía suicidarse. Esto para él era solo un pequeño traspié, del que estaba convencido de que saldría muy pronto.

No se equivocaba.

Pero antes debió pasar dos años en prisión. Ese primer día allí, en la que sería su morada por los próximos meses, luego de calzarse su mameluco naranja, lo dejaron en su celda. Era muy pequeña y asfixiante, solo una ventana cuadrada muy angosta, en la parte alta de la pared. Hacía frío. La cama era de cemento. Solo tenía un colchón muy fino, como si fuera una feta de fiambre delgada y traslúcida, y una almohada que parecía una roca. Al girar la cabeza a la derecha, descubrió que también tenía un compañero de celda. Un chico joven que había sido condenado por apuñalar a otro en una pelea callejera. En la celda había un olor agrio, insoportable. Todo estaba sucio, con capas de una suciedad pegajosa —mucho más que polvo— que parecían acumularse desde hacía décadas. Cuando se dirigió al pequeño lavatorio incrustado en la pared para lavarse las manos, lo invadieron las náuseas. Había materia fecal solidificada, casi fosilizada, en sus bordes. Jeffrey Archer se sentó en su cama helada y pensó qué haría cuando saliera de allí. Imaginó sus siguientes pasos, las notas de prensa, sus libros nuevamente en las mesas de novedades, su presentación en la televisión inglesa con un nuevo traje confeccionado por el sastre de toda la vida.

Tenía razón. Cuando quedó en libertad dos años después —le redujeron a la mitad la pena—, regresó a la política, volvió a vender millones de ejemplares de sus libros, siguió generando polémica y sumando acusaciones de delitos, fraudes y plagio y, fundamentalmente, siguió siendo un inextricable pero apasionante personaje público.

De ser compañero de colegio de Ringo Starr a obtener una banca en la Cámara de los Comunes

Jeffrey Archer se hizo notar desde muy joven. Compartió colegios con alguien que llegaría a ser una celebridad mucho más grande que él, con Ringo Starr, un Beatle. Ringo dijo que en la adolescencia ya se veía que Jeffrey era “de esos tipos que logran embotellar tu propio pis y te lo venden. Pero no solo eso, sino que hacen que vos pagues con gusto”.

Muy pronto mostró su ambición tanto política como económica. Ascendió dentro del Partido Conservador hasta llegar a ser elegido parlamentario en la Cámara de los Comunes. También a través de varios negocios financieros y otros emprendimientos algo dudosos logró juntar varios cientos de miles de libras esterlinas. Hasta que a mediados de la década del setenta fue estafado y perdió todo su capital. Debía empezar de nuevo. Renunció a su banca y desarrolló un plan demencial para volver a ser millonario: se dedicaría a escribir.

Sus amigos y familiares trataron de disuadirlo con dos argumentos más que razonables. Ser escritor era el camino menos seguro, menos verosímil, para convertirse en millonario. El otro argumento irrebatible era que Archer no sabía escribir. “Apenas sabes deletrear y quieres escribir un libro…”, le dijo un amigo. “No importa eso, tengo las ideas y las tramas, con eso alcanza”, respondió.

Trabajó en el manuscrito con obsesión. Cada noche su esposa corregía los errores gramaticales. La novela sedujo rápidamente a un editor. Fue un éxito de ventas. La gran explosión vino con la segunda: Kane y Abel. Un bestseller mundial. A partir de ese momento ya nunca paró. Además, cada uno de sus libros era adaptado a varias lenguas diferentes. Cine, teatro, televisión. Sus editores corregían sus errores, pero insisten en que él trabajaba los manuscritos con obsesión y que incorporaba golpes de efecto hasta el final.

Regresó a la política y fue nombrado en la Cámara de los Lores. Su presencia en los medios era constante. Ultraconservador, defensor de Margaret Thatcher, era un hábil declarante y un polemista que sabía hacerse notar. No temía la confrontación; parecía disfrutar de ella. En 1987, su imperio pujante pareció derrumbarse. Un diario sensacionalista lo acusó de haber contratado una prostituta a cambio de 2000 libras. Presentó una demanda por difamación. El juicio imantó a la prensa. Su esposa lo acompañó a las audiencias y declaró en su favor. Su abogado centró el alegato en la figura de la mujer: una mujer inteligente, química recibida en Harvard, amorosa e inteligente, atractiva y elocuente, que no sería engañada por nadie en sus cabales, según el razonamiento del profesional. Archer ganó el juicio. El diario debió retractarse y pagar al escritor 500.000 libras. Obtuvo otra satisfacción: fue tapa de todos los diarios y revistas.

Luego fue nombrado lord y continuó publicando sus novelas, que siempre llegaban hasta lo más alto del ránking de los más vendidos.

En 1999, en el apogeo de su celebridad, decidió presentarse como candidato para ser el alcalde de Londres. Se encontraba bien posicionado en las encuestas. Había superado, en esos años, una decena de escándalos menores y acusaciones. No rendir cuentas de colectas benéficas millonarias, plagio, maltrato a sus empleados, fraudes varios. Parecía de amianto, invencible. El reciente obituario publicado por el diario británico The Guardian afirmó: “Los seres humanos comunes y corrientes habrían acabado hundidos por las acusaciones de mentiras, robos, fraudes, currículums inflados, chanchullos con los gastos, estafas a organizaciones benéficas, plagios, uso de información privilegiada, financiación de golpes de Estado ilícitos y —quizás lo más imperdonable de todo— el trato desagradable hacia sus subordinados que persiguieron la vida de Archer”.

Su impunidad duró hasta que renació aquel caso judicial por difamación que él había ganado. Un exempleado aseguró que Archer había mentido en el juicio. Se fueron sumando otras declaraciones y pruebas diversas. La justicia lo enjuició por perjurio y por fraguar pruebas. En las audiencias se demostró que preparó testigos para que mintieran, que él mismo mintió y que presentó diarios personales apócrifos, escritos a posteriori, para justificar su coartada. La condena fue de cuatro años de prisión. El escándalo mediático, enorme. Muchos disfrutaban ver su caída, ese desmoronamiento público que parecía un castigo a su pedantería perpetua.

Iba a ir a prisión unos días después de la lectura de la sentencia, cuando se cumplieran unos formalismos y pasos procesales. El día que fue condenado, Archer salió de la audiencia y se dirigió al teatro. Esa noche hacía una función en la que representaba al acusado en un juicio oral. Cada noche, al final de la función, el público decidía si el personaje principal, el que era interpretado por Archer, era culpable o inocente. Ese día, en esa última función, el público votó culpable por unanimidad.

Los dos años de cárcel no lesionaron su carrera literaria. Su reputación personal estaba magullada desde hacía tiempo, pero Archer era de esos personajes que logran sobrevivir cualquier caída, de esas personas que portan un aura única de impunidad y descaro.

Apenas quedó en libertad, publicó una trilogía memorialística: Los Diarios de Prisión, tres tomos en los que narraba día por día cómo había sido su vida de recluso.

Después siguieron más novelas de intriga política, las declaraciones altisonantes, las componendas políticas, las sospechas sobre varias de sus actividades.

Murió el lunes 5 de octubre. Tenía 86. Su editorial, en el comunicado oficial, dijo que había escrito por la mañana y que luego se había tirado a dormir una siesta, antes de empezar la segunda sesión de escritura del día. Y que ya no despertó.

Al día siguiente salió su nueva novela, la que él había anunciado como su última novela. Pero ya vemos que, fiel a su modo de ser, mintió hasta el final. La muerte lo encontró escribiendo, preparando un nuevo libro.

Fuente: Con informacion de TN

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