Para el oficialismo, SantIA es la herramienta definitiva de transparencia, aunque esa misma tecnología parece no tener señal cuando los problemas están lejos del centro. Pero apenas la noticia ganó la calle, el teléfono de Cosa Cierta empezó a sonar con una melodía muy distinta: la de los vecinos que sienten que, detrás de la “limpieza”, se esconde el eterno juego de seguir apropiándose de terrenos cotizados y estratégicos.
Varios vecinos se comunicaron con este medio para advertir lo que consideran una “selectividad sospechosa”. Mientras el municipio corre a poner fajas de intimación en terrenos amplios, bien ubicados y “con potencial”, en los barrios que no figuran en los folletos turísticos los pastizales ya parecen selvas de película. “Parece que los inspectores solo tienen señal en las cuadras donde el metro cuadrado cotiza en bolsa”, ironizó un vecino que ve cómo su cuadra sigue siendo un nido bichos mientras el centro brilla.
La perlita del reclamo popular apunta a la supuesta inteligencia del sistema: “Mandás fotos, hacés todo el caminito que te pide el bot y el sistema te deja en visto. Ah, pero si el terreno está en una zona estratégica, ahí sí aparecen con los carteles al toque y la geolocalización funciona mejor que la de la NASA”, señalaron desde un barrio de zona sur donde una estructura con peligro de derrumbe sigue siendo parte del paisaje ante la mirada esquiva de las autoridades. Para muchos, este “modus operandi” de marcar la cancha ya es un clásico: se crea el problema por falta de mantenimiento, se intima al dueño y, por arte de magia, el predio termina siendo el cimiento de un nuevo proyecto millonario de esos que “hacen moderna a la ciudad” (y más ricos a los mismos de siempre).

Mientras tanto, en puntos como el barrio La Loma, la realidad no sale en las redes del municipio. “En el campo de Payán y Obligado tiran mugre de todos lados, es tierra de nadie, pero ahí no vemos a ningún inspector’’ aportó otra vecina cansada de la doble vara. En definitiva, la sensación en la calle es que San Nicolás se está transformando en un tablero de ajedrez donde el vecino pone el lomo y el oficialismo mueve las piezas. Al final del juego, lo que al nicoleño le hace ruido ya no es que corten o no el pasto, sino que le vendan como “convivencia urbana” lo que parece ser el primer paso de una inmobiliaria con oficina en el Palacio.



