San Nicolás vivió un viernes de terror con dos focos ígneos simultáneos que desnudaron, una vez más, la vulnerabilidad de nuestro suelo. Del incendio en Barrio Los Pinos a la extrema tensión en las inmediaciones de la Central Térmica AES: ¿Hasta cuándo seguiremos viviendo entre el humo?
La noche del viernes no dio tregua. Mientras las dotaciones de bomberos intentaban contener las llamas en calle Cangallo, un segundo escenario, mucho más complejo y potencialmente peligroso, se abría a pocos kilómetros de allí. San Nicolás no solo arde por desidia, sino que ahora el fuego empieza a lamer los talones de la infraestructura crítica de la región.

Peligro extremo en la Central Térmica
Alrededor de las 22:00 horas, las sirenas se desplazaron hacia Dr. Román Subiza al 1900. En las inmediaciones de la Central Térmica AES, un incendio de gran magnitud se desató en un descampado lindero. Lo que comenzó como una quema de pastizales se convirtió en una trampa de alta tensión: el viento, actuando como un aliado del desastre, empujó las llamas hacia el interior del predio estratégico.
El operativo de los Bomberos de San Nicolás fue, literalmente, un trabajo artesanal contra el infierno. La presencia de cables de alta tensión en el epicentro del fuego impidió el uso de autobombas, ya que arrojar agua en esa zona representaba un riesgo mortal de electrocución para el personal. Ante este panorama, los efectivos debieron combatir el avance cuerpo a cuerpo, utilizando “chicotes” —herramientas manuales de caucho— para sofocar las llamas golpe a golpe. Una imagen que resume la precariedad a la que nos empuja la recurrencia de estos hechos.

Cangallo: El fuego en la puerta de casa
En simultáneo, el sector ubicado entre los barrios Los Pinos y 9 de Julio se convertía en una caldera. Sobre calle Cangallo, la vegetación seca fue el combustible perfecto para que el fuego avanzara sobre gran parte del terreno, obligando a la policía a cortar el tránsito ante la nula visibilidad. Los vecinos, atrapados entre el humo tóxico y el resplandor de las llamas, volvieron a ser testigos de una película que se repite en continuado.
La reflexión necesaria: ¿Hasta cuándo esta locura?
Lo ocurrido este viernes ya no puede ser analizado como una suma de accidentes. Es una locura sin sentido que se devora los recursos públicos y la salud de la población. No tiene lógica que, todos los días, los bomberos deban arriesgar sus vidas —como ocurrió en AES con los cables de alta tensión— para apagar incendios que no deberían existir.
¿Es negligencia? ¿Es intencionalidad? ¿Es falta de mantenimiento de los predios? Sea cual sea la respuesta, el resultado es el mismo: una ciudad que respira cenizas. La recurrencia de estos focos es una bofetada a la conciencia ambiental y una señal de alerta que ya pasó de naranja a rojo oscuro. San Nicolás no puede seguir siendo noticia por la cantidad de hectáreas quemadas cada 24 horas. Es hora de que la prevención deje de ser un eslogan y se transforme en patrullaje, multas y control real sobre los terrenos baldíos.
Cerca de la medianoche, los focos fueron controlados. No hubo heridos, pero el daño está hecho. El humo se disipa, pero la pregunta queda flotando en el aire: ¿Dónde va a prenderse fuego mañana?



