Mientras el palacio municipal se esmera en maquillar el centro con terminaciones de lujo, los vecinos de la zona oeste padecen una jungla de abandono. En barrio Don Miguel, el “progreso” de Santiago Passaglia nunca llegó, dejando a cientos de familias atrapadas entre baches profundos y una infraestructura que parece pertenecer a otro siglo.
La periferia como zona de descarte
La gestión local parece haber perfeccionado el arte de la estética superficial, pero al alejarse apenas unas cuadras del microcentro, el relato oficial se desmorona. En barrio Don Miguel, en las inmediaciones de calle Olleros y Avambaé, la transitabilidad es una utopía. Las imágenes captadas recientemente muestran cráteres que se convierten en lagunas con cada lluvia y una ausencia total de mantenimiento.
Este escenario es la continuación de una política de “obras berretas” que ya tuvo su capítulo en Barrio California, donde se entregó ripio y brea sin cordones cuneta. En Don Miguel, la situación es primaria; ni siquiera el polvillo del mejorado barato ha llegado para tapar la tierra que aísla a los vecinos de los servicios esenciales.
El hartazgo nicoleño: “A nadie le importan los barrios”
El sentimiento de los residentes es de una resignación que duele. “Soy nicoleña y vivo acá hace 15 años; las calles están iguales y los servicios también”, sentenció una vecina del sector, dejando en claro que para esta administración el tiempo se detuvo hace más de una década. La percepción de una ciudad dividida es unánime: “A nadie le importan los barrios fuera de los cuatro bulevares, nunca se van a hacer cargo”, denunció otro habitante de la zona.
La desconfianza en la clase dirigente ha calado hondo ante la repetición de promesas incumplidas. “Seguir pensando que los políticos nos van a resolver los problemas es el error, nadie nos va a salvar la vida”, reflexionó un ciudadano, resumiendo el descreimiento generalizado hacia una gestión que utiliza las tasas municipales para “pintar al óleo” una realidad que, en el noroeste, es puro barro.
Tasas de primera, servicios de cuarta
El malestar radica en el destino de los fondos. Los vecinos acusan financiamiento de millonarios proyectos con mano de obra barata y terminaciones precarias en el centro, mientras, por ejemplo, las paradas de colectivo en calles Brasil y Olleros resultan inaccesibles. La desconexión entre el despacho del Intendente y los frentes de las casas de los barrios es total; en la ciudad que se pretende vender como moderna, Don Miguel sigue siendo una “jungla” donde el asfalto es solo un espejismo electoral que se desvanece con la primera inclemencia climática.



