La indignación en el Barrio Colombo ha pasado de la bronca a la acción discursiva tras un nuevo y bizarro episodio de inseguridad. En las últimas noches, Jonatan Ceballos fue capturado por efectivos policiales tras ingresar a una vivienda en calle Nación, entre Pedro de Mendoza y Juan de Garay, y protagonizar una huida que terminó con el sospechoso oculto en la copa de un pino. Sin embargo, la noticia que terminó de enardecer a la comunidad llegó poco después: al día siguiente, el sujeto ya caminaba libremente por las mismas veredas donde había delinquido.
Este caso no es un hecho aislado, sino la confirmación de una metodología que los vecinos describen como “inexplicable y viciosa”. Ceballos arrastra, según los residentes, “millones de denuncias” por robos en el Colombo viejo, el nuevo y zonas aledañas. Pese a los antecedentes y la flagrancia del último hecho, el sistema judicial local parece haber aceitado una salida de emergencia que ignora el esfuerzo policial y el riesgo de las víctimas.

El juicio social: nombres y complicidades
El hartazgo nicoleño ya no se conforma con señalar al “rastrero”, sino que apunta a la oficina de quienes firman las excarcelaciones. “La culpa es de los jueces que lo largan. Estaría bueno saber el nombre del juez que hace la vista gorda”, sentenció un vecino reflejando el sentimiento generalizado de que la Justicia les ha soltado la mano.
La recurrencia de estos fallos está empujando a la sociedad hacia un límite peligroso: la justicia por mano propia. “Es lo que se viene en San Nicolás si seguimos así, más efectiva y sin tanta burocracia viciosa”, advierten otros, ante la sensación de que las denuncias terminan en un cajón mientras los delincuentes “roban por deporte”.
El círculo vicioso del delito
Para los habitantes del barrio, la responsabilidad es compartida. Por un lado, una Justicia que consideran “podrida” y, por el otro, el mercado negro que sostiene esta actividad: “También es culpa de los clientes de los chorros, los que hacen su negocio comprando lo robado”. Mientras tanto, el vecino trabajador sigue perdiendo bienes que le cuestan años de sacrificio, viviendo tras las rejas de su propia casa, mientras los protagonistas de los robos reiterados disfrutan de una impunidad que San Nicolás ya no está dispuesta a tolerar.



