
Pero no es solo por la ropa o ese pelo blanco que parece esculpido; es por la dignidad con la que lleva sus 95 años, caminando San Nicolás como si cada baldosa fuera parte del living de su casa.
Quienes la conocen desde siempre, los que peinan canas y tienen memoria de puerto y río, saben que “Baba” es mucho más que una cara bonita de las revistas de antes. Fue la cara de El Cardón, sí, y desfiló cuando la moda era un arte, pero también fue la mujer que volvía de la isla en lancha con el “Moro” Santillán, con el pelo al viento y esa elegancia natural que no se compra en ningún shopping. En los ´70, junto a Consuelo Dueñas, se animó a traer diseño cuando acá todavía todo era color gris, rompiendo moldes sin perder nunca la compostura.

Pero lo que realmente la hace una institución en nuestras esquinas es lo que dejó en las aulas. Laburar en la Escuela Normal y en el Nacional hasta los 80 años no es para cualquiera. Por eso, el saludo que recibe hoy en sus caminatas no es un cumplido vacío; es el respeto de exalumnos que hoy son padres y abuelos, pero que en ella siguen viendo a la misma docente impecable que les marcó el camino.
Hoy, la mística de Araceli se encuentra en los cafecitos del centro. Verla ahí, entre cartas y complicidades con sus amigas, es entender que la vejez puede ser un territorio lleno de luz. Baba no necesita que nadie la aplauda, pero la ciudad lo hace en silencio cada vez que ella sale a la calle. Porque, al final del día, la elegancia de Araceli Wittmer no está en su placard, sino en esa forma tan generosa de recordarnos que se puede vivir con alegría, pase lo que pase.



