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Fútbol, gloria y memoria: el homenaje de la Liga Nicoleña al hombre que enfrentó el horror con la pelota al pie

Ni Videla ni el silencio pudieron con él. Hoy arranca el Torneo Apertura “Jorge Eduardo Piaggio” y GOLAZO te cuenta por qué este homenaje es un acto de justicia histórica

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El fútbol de nuestra región se prepara para lucir sus mejores galas. No es un inicio más, no es solo el rodar de la “Kagiva” tras el receso de verano. Este Torneo Apertura 2026 de la Liga Nicoleña de Fútbol lleva grabada en su identidad una huella imborrable: la de un hombre que es patrimonio vivo de nuestra historia, Jorge Eduardo Piaggio (65). El destino, siempre caprichoso y poético, ha dictaminado que el puntapié inicial de este certamen homónimo se produzca esta tarde en el estadio “Idilio Higinio Izarra”. Allí, en su Conesa natal, el club de sus amores recibirá a Belgrano en una jornada donde el resultado será apenas una anécdota frente a la magnitud del homenajeado.

Hablar de Jorge Piaggio es hablar de una epopeya que parece guionada por un destino de luces y sombras. Para las nuevas generaciones, aquellas que quizás solo ven en los archivos de YouTube a esos pibes de rulos y pantalones cortos, es necesario explicarles qué significó este hombre para nuestro fútbol. Piaggio fue el “Canario” que voló más alto que nadie. Surgido del potrero genuino de la Liga Nicoleña, su prestancia como marcador central izquierdo lo llevó a Atlanta, donde, sin haber debutado siquiera en la Primera División, encandiló al “Flaco” César Luis Menotti. El seleccionador, con ese ojo clínico para la estética y la disciplina, lo sumó a esa orquesta filarmónica que fue la Selección Juvenil de 1979.

Aquel equipo, que deslumbró al planeta en tierras japonesas, fue quizás la expresión más pura del fútbol argentino. Jorge compartía vestuario, mates y arengas con un tal Diego Armando Maradona. Sobre el “Diez”, el defensor conesero siempre guardó recuerdos que pintan la humildad de los grandes: “Cuando nos bajamos del avión, Diego se paró y dijo: ‘Vinimos para llevarnos la Copa’. Diego ya era una gran figura, pero con nosotros era uno más. Nos divertíamos mucho, no tenía nada de vedettismo, era muy simple”. Con la honestidad de los grandes, Jorge no duda en reconocer su lugar en aquel equipo: “A mí me relevó Juan Simón, que era un fenómeno y jugaba mucho mejor que yo. Así daba gusto ser suplente”, admite hoy con una sonrisa. Pero mientras ellos hacían historia en el Extremo Oriente ganando el Mundial, la realidad argentina era un campo minado de horror.

Ese es el punto donde la figura de Jorge Piaggio se agiganta y se convierte en un símbolo de lucha que trasciende lo deportivo. Mientras él alzaba la copa en Tokio, en su propia familia se vivía el desgarro de la dictadura. Su primo, Osvaldo Mezaglia, había sido desaparecido por el Proceso de Reorganización Nacional. Su tía, Élida del Pozo, caminaba la Plaza de Mayo con el pañuelo blanco, buscando entre fusiles y silencios el paradero de su hijo. “Cuando viajé a Japón, ya sabía que mi primo estaba desaparecido, pero no conocía los motivos. Se había ido a hacer el servicio militar y no había regresado”, confesaría Jorge, desnudando la crudeza de una época donde la información era un lujo prohibido.

La dictadura cívico-militar encabezada por Jorge Rafael Videla, en un acto de manipulación abyecta, utilizó el triunfo de esos chicos para intentar lavar la cara de un régimen sangriento frente a la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Jorge nunca se calló esa verdad: “Nosotros fuimos usados. Nos usaron como lo hacían con cualquiera. Sin embargo, el éxito deportivo no lo empaña nadie”. El regreso fue un operativo de distracción: “Vino un ‘tubazo’: ‘Hay que volver’. Regresamos con urgencia; ya estaban aquí los inspectores de la CIDH, pero nosotros no lo sabíamos. Ni siquiera pudimos recoger las valijas. Dos helicópteros del Ejército nos llevaron a la cancha de Atlanta y de ahí a la Casa Rosada para saludar a Videla”.

Ese hombre, que hoy le da nombre a nuestro torneo, es el mismo que años más tarde, con la democracia recuperada, se sentó con sus hijos a explicarles que la libertad es el trofeo más valioso. Es el que le retruca a los nostálgicos del orden autoritario con una lucidez aplastante: “Ahora hay gente que dice: ‘Por lo menos había seguridad’. Yo les contesto: ‘Lo que pasa es que los milicos no se llevaban boludos como vos, se llevaban tipos con cabeza’”.

Por eso, que el torneo se llame Jorge Eduardo Piaggio es un acto de justicia histórica. Es reconocer al futbolista que fue elogiado por el “Toto” Lorenzo, el mismo que trabajó años en una disquería y caminó nuestras calles con la frente en alto, sin pedirle nada a nadie, y que hoy, con 65 años, sigue siendo ese vecino que enfrenta la realidad lejos de los flashes, pero cerca de la verdad.

El fútbol nicoleño no solo inaugura un campeonato; inaugura una lección de memoria. Hoy, en el estadio de Conesa, el aplauso será unánime. Porque Piaggio no solo fue campeón mundial; brindó el ejemplo de que se puede ser un campeón de la vida sin perder nunca la sensibilidad ni el compromiso con el pueblo. Que ruede la pelota, que empiece el Apertura, y que el nombre de Jorge flamee bien alto en cada cancha de la Liga Nicoleña.

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