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Impuestos de primera, luces de segunda: El mapa de las sombras en los barrios que el LED todavía no alumbró

Mientras el centro encandila con tecnología de punta, en las delegaciones y la periferia de San Nicolás denuncian que las luminarias quemadas son "tierra de nadie". ¿Falta de presupuesto o falta de gestión? El drama de vivir a oscuras pagando tasas de primer mundo.

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En San Nicolás la luz no llega para todos por igual. Mientras las avenidas principales y el sector costanero lucen un recambio LED que invita a la foto de Instagram, basta alejarse unas cuadras hacia la zona norte o poner un pie en delegaciones como General Rojo o Campos Salles para encontrarse con una realidad mucho más opaca. Allí, el “misterio” de las luminarias no es si son modernas, sino por qué cuando se apagan, nadie aparece para arreglarlas.

La gestión del “mientras tanto“. El reclamo es recurrente y ya suena a disco rayado en los grupos de WhatsApp vecinales: una lámpara se quema y el trámite para el recambio se vuelve una odisea burocrática. “Hacés el reclamo al 147, te dan el número de ticket, pero la cuadrilla no aparece nunca“, relata un vecino de zona norte que ya lleva tres semanas con la cuadra a oscuras. La pregunta que surge es obligatoria: si la ciudad hizo una inversión millonaria en tecnología LED -que se supone es más duradera y eficiente-, ¿por qué el mantenimiento no va al mismo ritmo que la inauguración?

Seguridad en juego. Vivir a oscuras no es solo un problema de estética; en el San Nicolás de hoy, es una invitación a la inseguridad. Una calle en penumbras es el escenario ideal para el arrebato o el robo de cables, otro flagelo que no da tregua. Los vecinos sienten que hay ciudadanos de primera y de segunda: los que disfrutan del “maquillaje” urbano y los que tienen que prender la linterna del celular para llegar a la parada del colectivo porque el foco de la esquina decidió jubilarse hace un mes.

¿Dónde está la inversión? Desde una mirada de eficiencia pública, el misterio también es contable. El vecino cumple con sus tasas municipales mes a mes, pero la devolución en servicios básicos parece quedar atrapada en el embudo del centro. En las delegaciones, el olvido se siente más fuerte: allí donde el asfalto es un lujo, la luz debería ser el mínimo indispensable. Es hora de que el mantenimiento deje de ser un “favor” municipal para convertirse en la respuesta obligatoria a un impuesto que no perdona vencimientos.

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