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La culpa siempre es del otro: el manual passaglista para no hacerse cargo de la inseguridad

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En San Nicolás, la inseguridad dejó de ser una discusión técnica para transformarse en un síntoma político. No por falta de diagnósticos ni de hechos concretos, sino por la decisión deliberada del oficialismo municipal de esquivar cualquier responsabilidad propia.

Cada robo, cada entradera, cada vecino que se encierra más temprano en su casa vuelve a chocar contra el mismo muro: el de un poder local que prefiere señalar culpables ajenos antes que asumir su rol.

El passaglismo construyó, con el correr de los años, una coartada discursiva tan cómoda como repetida. Según esa lógica, la seguridad es un problema exclusivamente provincial, una materia ajena a la gestión municipal, un fenómeno frente al cual el Ejecutivo local apenas puede colaborar de manera marginal. Esa mirada no solo es incompleta: es funcional a la inacción. Gobernar no es comentar la realidad desde afuera. Es intervenir, planificar y hacerse cargo.

Nuestra ciudad no cuenta con un plan integral de seguridad conocido, discutido y evaluable. No hay datos públicos claros, no hay información accesible sobre mapas del delito, no hay indicadores que permitan saber qué funciona y qué no.

Tampoco se observa una estrategia sostenida de prevención ni una articulación territorial activa con las fuerzas que operan en la ciudad. Lo que sí hay es una sucesión de anuncios faraónicos aislados en redes sociales, medidas sueltas para la tribuna y relatos repetidos que buscan mostrar gestión donde en realidad hay improvisación y subestimación.

La seguridad no se resuelve con cámaras como fetiche ni con iluminación como única respuesta. Esas herramientas son necesarias, pero insuficientes si no forman parte de una política integral. Planificar implica definir prioridades, asignar recursos municipales con criterio, coordinar acciones con la Provincia sin diluir responsabilidades y, sobre todo, estar presente en el territorio. Nada de eso aparece con claridad en la gestión local.

El problema se profundiza cuando este discurso es replicado por legisladores a nivel municipal y provincial alineados al passaglismo. Representantes electos que, lejos de asumir un rol comprometido con la realidad de los vecinos, actúan como defensores automáticos del poder de turno.

Están más preocupados por cuidar a sus patrones políticos que por honrar su rol y terminan convirtiéndose en empleados del relato antes que en dirigentes con responsabilidad institucional.

La paradoja es evidente: se reclama autonomía para gobernar áreas clave, pero al mismo tiempo se asegura que nada de lo que ocurre en materia de seguridad es responsabilidad municipal. Se pide más poder, pero se esquiva la rendición de cuentas. Se habla de gestión, pero se esquiva al control y a la transparencia. Esa contradicción desnuda un problema más profundo: la falta de voluntad política para enfrentar el tema con seriedad.

Mientras tanto, los nicoleños son quienes pagan el costo de manera exclusiva. Vecinos organizados en rondas nocturnas, barrios que dependen de grupos de WhatsApp para alertarse, familias que invierten lo que no tienen en rejas y alarmas.

La inseguridad ya no es solo un problema policial: es una herida en la calidad de vida y en la confianza social. Y frente a ese escenario, el silencio o la excusa oficial resultan aún más ofensivos.

El passaglismo está más ocupado en sostener una dinastía de poder en decadencia que en dar respuestas concretas. La creación de un partido propio no fue una muestra de fortaleza, sino la consecuencia de un aislamiento político creciente y de la pérdida de crédito a nivel seccional y provincial. Encerrados en su propio relato, miran la ciudad como un escenario a administrar, como un kiosco a mantener y no como una comunidad a cuidar.

La inseguridad no se combate con discursos en medios con pautas siderales ni con culpables externos. Se enfrenta con gestión real, con planificación verdadera, con información clara y con responsabilidad política. Todo lo demás es ruido. Y en San Nicolás, ese ruido ya no tapa el problema: lo expone de una manera abismal que hace rato excede los límites de la ciudad.

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