En San Nicolás, la moral parece tener código postal. Mientras los portales oficiales y las redes del intendente Santiago Passaglia estallan en una cruzada punitivista contra un grupo de adolescentes por los daños en el Anfiteatro, en General Rojo el sentimiento es de una amarga lucidez. El pueblo chacarero todavía tiene grabada en la retina la imagen de las amoladoras municipales intentando arrancarles la Plaza Natta, una violación histórica que la mayoría de los nicoleños prefirió no ver.
El malestar actual de los vecinos de la localidad nace de una indignación selectiva. La sociedad nicoleña, hoy movilizada por el marketing de la “mano dura” y el escrache a menores, fue dolorosamente indiferente cuando la agresión la ejerció el propio Estado contra una comunidad entera. Como bien expresa una vecina del pueblo en un descargo que desarma el relato oficial: “Desmantelar un espacio público también es daño. La diferencia es quién rompe y dónde se rompe”. Estas palabras dejan al desnudo que, para la gestión municipal, la identidad de los pueblos vale mucho menos que una foto de Instagram en el centro.
El poder contra el pueblo: La batalla de la madrugada
La crónica de la resistencia en Rojo es una lección de dignidad. No hubo “vandalismo”, hubo resistencia vecinal frente a un operativo que pareció diseñado para la clandestinidad: camiones sin patente, cuadrillas sin identificación y una desmesurada presencia policial con chalecos antibalas que desembarcó a las 4 de la mañana. El objetivo era claro: desmantelar 92 años de historia para cumplir un capricho de “modernización” que nadie en el pueblo había pedido.
“Parece que cuando te tocan la costanera, ahí sí actuás”, dispara la vecina, exponiendo la hipocresía de un Ejecutivo que califica de “pendejos” a quienes rompen madera, pero llama “gestión” al hecho de enviar patrulleros para custodiar la destrucción de una plaza donada por los propios habitantes. Rojo no perdió su plaza porque se plantó. Mujeres y hombres del pueblo soldaron lo que el municipio cortó y montaron guardia para defender el corazón de su localidad, mientras desde el Palacio Municipal se les soltaba la mano y se les negaba el diálogo.

Una victoria en soledad
Lo que más cala hondo en el pueblo chacarero es el silencio cómplice del casco urbano. La movida mediática del clan Passaglia logró que miles de nicoleños pidieran cárcel por un daño material reciente, pero esos mismos gritos estuvieron ausentes cuando a Rojo le quisieron arrebatar su centro de identidad. Es la cruda realidad de una gestión que divide a los ciudadanos entre los que sirven para la vidriera y los que sobran en los barrios.
Hoy, la Plaza Natta sigue en pie como un monumento a la rebeldía frente al atropello oficial. Sin embargo, la memoria de ese intento de despojo sigue viva. Como bien concluye el escrito de la vecina: “La diferencia es quién rompe. Cuando lo hace el poder, se mira para otro lado. Cuando lo hacen pibes, se los expone”. La plaza no se olvidará de quienes la defendieron, pero tampoco de aquellos que, con su indiferencia, permitieron que un pueblo tuviera que pelear solo contra su propio gobierno.



