
Para los padres, el primer sentimiento suele ser una mezcla intensa. Por un lado, la satisfacción de ver a sus hijos avanzar hacia sus metas. Por el otro, el temor inevitable por lo que implica enfrentarse solos a una nueva etapa.
Una mamá que hoy tiene a su hija estudiando fuera de su ciudad expresó que lo que más les preocupa es “la seguridad, la salud física y mental”. El bienestar emocional se vuelve central cuando los chicos comienzan a vivir solos. Entre los miedos más frecuentes aparecen la alimentación, la soledad y la adaptación a un entorno completamente distinto.
La distancia también impacta en lo económico. Sostener un hijo que estudia lejos requiere planificación, organización y, muchas veces, un esfuerzo extra. “Es difícil económicamente, se necesita una planificación y apoyo constante a la distancia”, explicó. No se trata solo del alquiler y los materiales de estudio, sino también de estar disponibles cuando surge un imprevisto.
Sin embargo, a pesar de las dificultades, el sentimiento que predomina es el orgullo. “Es un orgullo inmenso, una profunda nostalgia y también alivio de verlos capaces de superarse cada día y lograr su objetivo”, resumió.
En este proceso, la comunicación se convierte en el pilar fundamental. Mantener el diálogo abierto, acompañar las decisiones y confiar en la educación que se les brindó son herramientas clave para atravesar la etapa con mayor tranquilidad. “Se trata de apoyarlos constantemente y confiar”, señaló la madre.
Tener un hijo foráneo no es solo una experiencia académica para el estudiante, también es un aprendizaje para los padres. Es aprender a soltar sin dejar de estar, a acompañar sin invadir y a transformar la preocupación en confianza.



