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Las dos caras del festival rico: luces en el empedrado, oscuridad y miedo en el barrio

¿Disfrute y vigilancia? El crudo manual de la vecina que se volvió viral: cómo salir a ver el show y no ‘’regalarse’’ en el intento

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San Nicolás está terminando de vivir una nueva edición del festival gastronómico que colma la ribera nicoleña. Sin embargo, detrás de la propaganda y los fuegos artificiales, subyacen dos realidades que no salen en las fotos oficiales: el operativo de “supervivencia” para volver a casa sin ser asaltado y una economía “gasolera” que mira los precios de los food trucks con distancia.

El festival “Rico” se presenta como la joya de la corona de la gestión local. Luces, escenarios imponentes y un desfile constante de vecinos y turistas en la zona del empedrado. Pero para el nicoleño de a pie, el que vive fuera del radio céntrico o de las zonas custodiadas, el festival termina cuando se apagan los parlantes y empieza el verdadero desafío: llegar a casa sano y salvo.

El manual de supervivencia: “Que no te hayan entrado”

El testimonio de una joven vecina se volvió viral por su crudeza, al describir lo que significa retornar a los barrios periféricos tras una jornada de recreación. Para muchos, volver no es disfrutar del camino, es un acto de vigilancia extrema. “Mirar para todos lados, fijarte que no hayan entrado a tu casa mientras no estabas, cruzar la cuadra con cuidado para que no te esperen en la esquina”, relata con una naturalidad que asusta.

La crítica apunta al contraste de prioridades. Mientras el municipio invierte millones en montajes y luces, en las barriadas la seguridad sigue siendo una materia pendiente. “Si entrás y no te robaron nada, genial, fue un éxito total”, sentencia la joven. En San Nicolás, la tranquilidad parece ser un privilegio de pocos y la prevención una costumbre obligatoria para el resto. Es la realidad que no sube al escenario ni aparece en los flyers de invitación.

Un festival “gasolero”: El golpe al bolsillo

La otra arista de esta edición es la económica. COSA CIERTA dialogó con varios comerciantes que apostaron por un stand en el evento, y la percepción es agridulce. Si bien el flujo de gente es masivo, el consumo no sigue el mismo ritmo. “La gente copa el empedrado, pero muchos vienen solo a escuchar la música. Miran los precios de los food trucks y siguen de largo”, comentó un puestero que prefirió reservar su nombre.

La realidad económica del nicoleño obliga a salidas estratégicas. Muchos asisten con la heladerita o simplemente consumen lo mínimo indispensable, evitando los platos más elaborados cuyos costos resultan prohibitivos para una familia tipo. “Se volvió un paseo para caminar, no tanto para comer. Hay mucha gente, pero el gasto es gasolero”, coinciden los gastronómicos.

Hay música, hay fuegos artificiales, pero lo que falta es la respuesta estructural a los problemas de fondo. El festival funciona como una burbuja de bienestar de pocas horas que explota en cuanto el vecino se aleja de la zona costanera. La “puesta en valor” de la ribera choca de frente con la falta de patrullaje en las zonas calientes y con una realidad económica que hace que el festival “Rico” sea, para muchos, solo para mirar.

Mientras algunos festejan para la foto, otros cuentan los pasos hasta llegar vivos y con la casa en pie. Esa también es San Nicolás. La que camina con miedo bajo las luces de un festival que brilla, pero que no logra iluminar la realidad de sus barrios.

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