
Lo ocurrido ayer en el Congreso de la Nación volvió a poner este tema en el centro de la discusión. Durante la sesión, diputadas del bloque kirchnerista protagonizaron un fuerte cruce que incluyó acusaciones, interrupciones y un clima de tensión que dejó en segundo plano el contenido del debate. Más allá de las posiciones políticas, lo que quedó expuesto fue una escena de confrontación que no aporta claridad ni soluciones a los problemas que preocupan a la sociedad.
El Congreso no es un estudio de televisión ni una tribuna partidaria: Es el ámbito donde se sancionan leyes que impactan en la vida cotidiana de millones de personas. Cuando el intercambio se convierte en espectáculo, se diluye la discusión de fondo y se erosiona la confianza en las instituciones.

Algo similar ocurrió en la Legislatura bonaerense, donde el intendente de San Nicolás, Santiago Passaglia, fue protagonista de una situación que también generó polémica. Su intervención en el Congreso provincial estuvo marcada por un tono confrontativo que desató críticas tanto de oficialistas como de opositores. Nuevamente, el foco pasó del contenido político a las formas.
No se trata de exigir unanimidad ni tibieza. La política es, por naturaleza, discusión intensa. Pero hay una diferencia clara entre firmeza y desborde. Cuando se pierden las formas, se pierde también autoridad moral y se alimenta la idea de que la dirigencia está más preocupada por la disputa que por la gestión.
La ciudadanía observa y toma nota. En un contexto social y económico complejo, lo que se espera de los representantes es responsabilidad, respeto institucional y capacidad de diálogo. Cada escena de descontrol no solo deteriora la imagen de un espacio político en particular, sino la credibilidad del sistema en su conjunto.
La pregunta que queda flotando es simple: ¿Hasta cuándo el espectáculo reemplazará al debate? Recuperar las formas no es una cuestión estética; es una condición básica para fortalecer la democracia.




