
La cifra impacta y, a primera vista, asusta: en apenas cuatro años habrá un 27 por ciento menos de alumnos en las escuelas primarias del país.
En 2030, 1,2 millones de chicos menos estarán sentados en un pupitre que en 2023. La causa es clara y conocida: nacen cada vez menos niños. El dato parece alarmante, incluso desolador. Sin embargo, leído con inteligencia, puede convertirse en una oportunidad histórica para encarar una de las deudas más profundas y persistentes de la Argentina: la calidad educativa.
El último informe de Argentinos por la Educación pone números concretos a una tendencia que ya se percibe en las aulas y advierte sobre el enorme potencial que se abre. La caída de la natalidad, explican, permite reasignar recursos y destinar más inversión por estudiante sin aumentar el gasto total. Dicho de otro modo: el sistema tiene la chance inédita de mejorar resultados sin pedir más fondos, sino usando mejor los que ya existen. Claro que, como casi todo en este país, la oportunidad convive con un riesgo gigantesco: que la inercia, el cortoplacismo y la falta de decisiones estratégicas la dejen pasar.
Argentina acumula una larga lista de trenes perdidos. Y la educación no es la excepción. Los indicadores actuales son alarmantes. Apenas el 10 por ciento de los alumnos que inician primer grado termina la secundaria en tiempo y forma, con niveles aceptables de aprendizaje. Uno de cada cinco chicos de sectores vulnerables es analfabeto. La base desde la cual se parte es, sin rodeos, paupérrima. Por eso, menos alumnos por docente no puede ser un dato estadístico más: debe transformarse en una política de Estado orientada a recuperar calidad, equidad y sentido.
El escenario proyectado para 2030 habla de 50 mil cursos menos y la necesidad de reasignar más de 70 mil cargos docentes. El promedio nacional sería de apenas 12 alumnos por maestro. En términos presupuestarios, implicaría reorganizar cerca de mil millones de pesos anuales. La pregunta es inevitable: ¿se aprovechará este margen para fortalecer la enseñanza, personalizar el aprendizaje, extender la jornada escolar y reforzar el acompañamiento de los estudiantes que más lo necesitan? ¿O se diluirá en disputas burocráticas, parches administrativos y conflictos gremiales?
El fenómeno ya es visible en la Ciudad de Buenos Aires (CABA), donde en apenas cinco años los ingresantes a primer grado cayeron un 25 por ciento, reflejo de una abrupta baja en los nacimientos. Y lo será aún más en provincias como Catamarca, La Pampa y la propia CABA, donde podría haber apenas siete u ocho alumnos por docente. Un lujo pedagógico, si se lo sabe capitalizar. Un problema serio, si no se lo planifica, sobre todo en el sistema privado, donde la matrícula sostiene salarios y estructuras.
A este escenario se suma otro factor disruptivo: la irrupción de la Inteligencia Artificial en el aula.
Bien utilizada, la IA puede revolucionar la enseñanza, permitir aprendizajes personalizados, asistir a los docentes y mejorar el seguimiento de trayectorias escolares. Mal aplicada, puede degradar la experiencia educativa y convertirse en una simple fábrica de tareas resueltas sin pensar. Como con la baja natalidad, la tecnología ofrece una ventana única: salto de calidad o retroceso profundo. No hay término medio.
El debate debe empezar ya. No dentro de cinco años, cuando la caída de la matrícula sea irreversible y las urgencias obliguen a improvisar. Se necesita una planificación seria, federal, con metas claras y consensos básicos que trasciendan gobiernos. La educación no admite más parches ni diagnósticos eternos.
Las oportunidades, como los trenes, pasan una vez. Y en este caso, si no se sube a tiempo, el riesgo no es solo perderlo, sino quedar atrapados en las vías de un sistema que hace décadas no logra ponerse en marcha.



