Sociedad

Oscar González: “El bar es mi lugar en el mundo, necesito de sus ruidos para concentrarme”

Desde hace más de cinco décadas habita el bar con su oficio, ese espacio donde se cruzan charlas, encuentros y anécdotas entre clientes de toda la vida y quienes llegan por primera vez

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Oscar González nació en Santa Teresa (Santa Fe), un pueblo cercano a San Nicolás. Allí cursó la primaria y la secundaria y se recibió de perito mercantil. A los 18 años migró a Villa Constitución en búsqueda de trabajo y encontró un espacio que terminaría marcando su vida: el bar.
Hoy sigue atendiendo a clientes de toda la vida, viendo pasar historias, personajes y cambios en la forma en que este lugar funciona como centro social y cultural de la ciudad.

El inicio. “Tengo 75 años, empecé a los 18 en un bar en Villa Constitución lavando copas, pelando papas, así era como todos comenzábamos en esa época. Estuve trabajando ahí hasta que hice el servicio militar, terminé de hacer el servicio y volví a trabajar de nuevo en Villa pero en otro lugar. Trabajaba en un club por la mañana y en las confiterías de ese momento por la noche. Pelé papas, trabajé en la cocina, estuve en la barra hasta que llegué al puesto de mozo, hice todos los trabajos que en ese momento se podía hacer, aprendí de cada uno de ellos pero el ser mozo es el lugar final”.

El cambio generacional. “Hoy en día cualquiera arranca de mozo, antes era todo muy distinto, no existía una obligación, pero vos te preocupabas de aprender de cada lugar de trabajo para hacer una mejor función. Hoy ya no es así”.

La llegada a San Nicolás. “Una familia me trajo a trabajar a un lugar que se llamaba ‘El Quijote’ en el año 1977, estaba ubicado por calle Mitre frente a la Plaza, la calle estaba incluso más ancha de como está ahora, con mesas afuera. Esa zona siempre fue de bares y un clásico espacio gastronómico. Luego de trabajar en ‘El Quijote’, me fui a trabajar al Parador, en ese momento era una locura de trabajo, recién comenzaba a funcionar, allí trabajé entre 10 y 12 años más o menos”.

El cambio de aire. “Luego del Parador, estuve trabajando un tiempo en Neuquén, más precisamente en El Bolsón. Posteriormente en una isla en el Tigre en Buenos Aires donde todo funcionaba allí, recibía los pedidos a través de pequeños barcos y lanchas que llegaban al lugar, hasta que en el 2000 con ‘El Corralito’ todo se detuvo y volví nuevamente a San Nicolás gracias a unos amigos que estaban en ese momento en el bar llamado ‘La Mira’, y hace 25 años que sigo firme ahí”.

Lo especial de ser mozo. “Lo especial es que escuchamos todas las conversaciones habidas y por haber, pero no sabemos nada. Además, todo el mundo te cuenta algo. Si tiene un problema te lo cuenta, si tiene una alegría te la cuenta, si tiene alguna tristeza, el nacimiento o fallecimiento de un ser querido, absolutamente todo. Yo ya por experiencia no pregunto nada y dejo que el cliente si quiere contarme algo lo haga (…) trato de evitar dramas y malos momentos”.

El deseo prematuro que no fue. “Vengo de un lugar destinado al campo, quería ser ingeniero agrónomo. El cambio a una ciudad me deslumbró: tener un trabajo, ganar mi propia plata, comprar mis cosas, tener metas a corto plazo y lograrlas hicieron que mi camino vaya para otro lado. De todas formas no me arrepiento de nada y estoy muy contento con mi historia de vida”.

Música para pastillas. “Del arte consumo a Los Redondos y al Indio Solari, con mi familia y amigos ya llevamos varios conciertos. Es un mundo aparte, un mar de gente (…) Además de Los Redondos, suelo leer mucho en los bares, siempre tengo mi libro seleccionado para las mañanas que no trabajo para ir a leer. Necesito del ruido del bar para poder concentrarme (…) En el silencio no logro nada productivo”.

La importancia del bar en la cultura. “Tiene una trascendencia total, son de suma importancia. Muchas personas se entristecen cuando alguno cierra y se alegran en una reapertura o nuevo comienzo. Y lo mejor es saber que cada persona elige su mesa de forma particular y con el paso del tiempo generás un vínculo en el cual ya sabés lo que quiere sin que te lo pida, esa complicidad es fantástica”.

Navegar en el universo de las anécdotas en el lugar preciso donde se originan no es más que una sumatoria de experiencias que te hacen ver la vida de forma distinta: una opinión certera sobre un tema determinado, la alegría de un nacimiento, la tristeza de una partida, el encuentro o reencuentro con el amor, el pacto de un objetivo en conjunto.
Ese espacio repleto de mesas, tazas y sillas se convierte en un portal hacia momentos que exceden la existencia. A Oscar lo vas a encontrar ahí, como hace más de 50 años, ocupándose de que tengas un buen momento y te sientas acompañado.

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