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San Nicolás: una ciudad de cara al Río pero de espalda a su gente

En San Nicolás, la realidad parece trazada por dos pinceles distintos.

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Por un lado, el discurso oficial nos sumerge en una ciudad de catálogo: una “Avenida del Río” que proyecta unir de punta a punta la costanera, paseos ribereños con miradores tops y una conectividad que busca posicionar a la ciudad como un faro turístico en la región. Es la cara de la moneda que brilla, la que se exhibe en las licitaciones millonarias y que vende un progreso estético frente al agua. Sin embargo, basta con alejarse unos metros del corredor costanero para que ese espejo se trice y aparezca la otra cara; la de los ciudadanos que sostienen con sus impuestos —de los más altos de la provincia— una gestión que parece haber olvidado las prioridades de los barrios. “De afuera florido, de adentro podrido”, sentencia una vecina, sintetizando un sentimiento que crece en las barriadas donde el maquillaje no llega.

Este contraste no es una percepción aislada, sino el testimonio constante de quienes sienten que su calidad de vida quedó fuera del presupuesto de “embellecimiento”. Mientras el centro se llena de arbustos pintorescos y baldosas que muchas veces no resisten el primer invierno sin despegarse, en las periferias el abandono se vuelve crónico. “¿Por qué no integran a los barrios a la red de cloacas, gas y agua potable? Hay gente que hoy ni siquiera puede vivir en las condiciones en las que está”, reclama otro ciudadano que ve cómo los recursos se concentran frente a la barranca mientras el interior de la ciudad espera obras básicas que nunca llegan.

Calidad vencida: Las famosas baldosas flojas, un clásico de las obras que nacen con fecha de vencimiento pero se pagan a precios colosales
Calidad vencida: Las famosas baldosas flojas, un clásico de las obras que nacen con fecha de vencimiento pero se pagan a precios colosales

Esa desconexión entre la planificación municipal y la calle se palpa en arterias clave como el camino a La Emilia. A pesar de las recurrentes excusas sobre la jurisdicción provincial, el nicoleño sabe que cuando hubo voluntad política de gestionar -como ocurrió con la salud para administrar recursos propios-, las potestades no fueron un obstáculo infranqueable. El pedido de la gente es concreto: “Sería más interesante que amplíen el camino a La Emilia, que iluminen bien y retiren los árboles que son un riesgo. Es un trayecto muy transitado y hoy representa un peligro por lo angosto y la oscuridad”. Es, para muchos, una cuestión de voluntad antes que de burocracia.

La inquietud vecinal también apunta a lo que se percibe como un debilitamiento de los servicios públicos. El cierre del dispensario del Barrio Santa Rosa despertó malestar inmediato: “Parece que cierran la atención en el barrio para que vayamos a donde a ellos le conviene. Es algo difícil de creer, pero la salud no debería ser un progreso si nos queda más lejos”, expresan quienes ven cómo la atención primaria se aleja de su zona. Al mismo tiempo, el contribuyente que cumple con sus tasas exige reciprocidad: “¿Y calle Álvarez, señor Intendente? Nos cobran impuesto de asfalto y seguimos tapados de tierra. ¿Hasta cuándo hay que esperar que las promesas se traduzcan en mejoras reales?”.

Finalmente, el rediseño del tránsito céntrico completa este cuadro de realidades opuestas. La decisión de eliminar el estacionamiento en calles como Aguiar y Colón es vista como una medida que prioriza la estética sobre la dinámica diaria del que trabaja o vive en la zona: “Ya es una odisea conseguir un lugar para estacionar, no quiero imaginar lo que será ahora”, afirma otro nicoleño de a pie.  El reclamo de control también se hace oír ante la falta de presencia en los nuevos espacios: “Deberían poner seguridad; las motos circulan por dentro de los parques y las plazas de la costanera con total impunidad”, advierten otros vecinos.

Al final del día, en la ciudad de María se debate en una contradicción difícil de ocultar. Mientras la gestión se esmera en proyectar una ciudad moderna y en constante crecimiento de cara al río, miles de nicoleños sienten que ese mismo progreso se construye, paradójicamente, de espaldas a la gente. De poco sirve el brillo de la costanera si para llegar a ella hay que sortear las carencias de los barrios que el asfalto olvidó. La verdadera transformación de una ciudad no se mide por la extensión de su fachada costera, sino por la capacidad de sus gobernantes de no olvidar a quienes, con su esfuerzo diario, sostienen el crecimiento de la comunidad desde el corazón de cada barrio.

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