Vecinos de distintos barrios denuncian un esquema de pavimentación que prioriza el impacto visual rápido sobre la durabilidad. Entre el regado asfáltico que se desgrana y el hormigón “VIP” para unos pocos, la planificación urbana queda bajo la lupa por sobrecostos y falta de transparencia.
No es el clima, no es el suelo, ni es la mala suerte. En San Nicolás, el estado de las calles se ha convertido en un debate circular donde la respuesta siempre conduce al mismo lugar: la calidad de lo que se construye. Un relevamiento realizado por este medio, basado en el testimonio y la indignación de vecinos de diversos sectores, pone al descubierto una realidad que el oficialismo intenta tapar con una nueva capa de brea: la política del “pan para hoy y hambre para mañana”.
El mito del ahorro y la realidad del parche
La diferencia técnica es básica, pero la económica es sospechosa. Mientras el hormigón con malla de hierro es una solución definitiva que soporta décadas, el municipio insiste en aplicar el regado asfáltico en barrios con tránsito intenso. El resultado es previsible: a los pocos meses aparecen las grietas, al año los baches, y a los dos años, la cuadrilla vuelve a empezar.
“Viven rompiendo, poniendo y sacando. No duran nada las obras, ni el asfalto ni las baldosas”, se queja un vecino del centro, quien además suma el abandono del arbolado urbano como parte del paisaje de desidia. Este “círculo del parche permanente” genera una pregunta inevitable: ¿A quién beneficia que una calle deba repararse tres veces en cuatro años?

Pavimento “VIP” y mallas de hierro: ¿Para quién se construye bien?
La bronca vecinal escala cuando se comparan las obras de la periferia con las zonas de influencia del poder local. La sospecha de un “feudo” donde las reglas de calidad cambian según quién viva en la cuadra es un secreto a voces en las esquinas nicoleñas.
“El hormigón de verdad lleva malla y concreto, no brea para abaratar costos”, explica un vecino que conoce de construcción, y lanza un dardo venenoso: “Solo hacen bien la obra en la cuadra del ‘patrón’; ahí sí ves malla de hierro del 10 y concreto, porque es para la familia. Al resto, en barrios como California, nos tiran un regado asfáltico y chau”.
La responsabilidad detrás del escritorio
El asfalto que se desgrana bajo la lluvia no es un accidente; es el resultado de una cadena de decisiones: ¿Quién elige un material de baja resistencia para calles con tránsito de colectivos?, ¿Quién certifica y paga obras que se sabe que no van a durar?, ¿Dónde están los controles de calidad independientes?
En San Nicolás, la planificación parece ser de corto plazo, diseñada para la foto de inauguración más que para la vida del contribuyente. Mientras el centro se maquilla constantemente y se cambian veredas como bolsas de basura, los barrios periféricos sufren el asfalto “descartable” que obliga a gastar dos veces lo que se podría haber hecho bien desde el principio.



