Historias

Un cordobés creó un auto que funciona con basura, planea viajar a Brasil y busca copiloto: los requisitos

Edmundo Ramos, un ingeniero de casi 70 años que creó un auto que funciona con residuos orgánicos, se prepara para cruzar la frontera y abre convocatoria para quienes quieran sumarse a la experiencia.

banner-noticia
banner-noticia

Edmundo Ramos ya tiene el motor listo, los residuos clasificados y el mapa marcado con paradas precisas. Lo único que le falta para salir es una persona más. O varias. A sus casi 70 años, este ingeniero electromecánico que vive en Anisacate, Córdoba, se prepara para volver a la ruta con una propuesta tan insólita como concreta: llegar a Brasil a bordo de su auto que funciona con basura orgánica y hacerlo acompañado, ya sea por un copiloto con licencia o por uno o más vehículos que se sumen en caravana.

El viaje está previsto para febrero. El auto está listo. Y él, más preparado que nunca. “Mi esposa siempre me acompaña, pero esta vez va a ser solo hasta la frontera. Después sigo solo… salvo que alguien se sume”, dice en una charla.

De hecho, lo que busca no es un acto heroico, sino compañía y respaldo: alguien que se anime a compartir kilómetros, charlas y ruta. Alguien que entienda que no se trata de velocidad ni comodidad, sino de demostrar que otra forma de viajar —y de consumir energía— es posible.

El vehículo tiene una autonomía aproximada de 500 kilómetros por carga, aunque los tramos previstos son más cortos. Funciona con residuos orgánicos secos y carbonizados: cáscaras, carozos, restos de poda, desechos vegetales con buen poder calorífico. No toda basura rinde igual, y Edmundo lo sabe por experiencia. Prefiere aquella que le da mayor potencia y estabilidad al sistema, porque cada detalle cuenta cuando se está lejos de todo.

Por eso, la idea de viajar en caravana no es solo romántica: también es práctica. Un segundo vehículo aporta seguridad, logística y respaldo. Si alguien se suma con su propio auto y es el único acompañante, Ramos se hace cargo del combustible. Si se trata de un copiloto, el requisito es simple: licencia de conducir y dinero para cubrir gastos de comida y hospedaje —o carpa, para quienes prefieran el camino más austero—. No hay sueldos ni promesas, solo una experiencia que difícilmente se repita.

Edmundo trabaja en este proyecto desde hace más de 15 años. No nació como una cruzada ambiental ni como un producto comercial. Empezó como una obsesión técnica: demostrar que un motor convencional podía funcionar con un gas generado a partir de residuos. Durante años, el auto arrancaba y se apagaba, avanzaba unos metros y quedaba muerto al costado del camino. Hubo frustración, cansancio y muchas noches sin resultados. Pero también hubo insistencia.

Cuando finalmente el sistema respondió como esperaba, no se guardó nada. Publicó planos, explicó procesos, mostró errores y aciertos. Rechazó propuestas para patentar o vender el invento. Su lógica fue otra: si el conocimiento sirve para limpiar el planeta o para dar energía donde no la hay, tiene que circular libremente.

Esa filosofía lo llevó a recorrer miles de kilómetros dentro de la Argentina. En cada ciudad, la reacción fue parecida: sorpresa, curiosidad y colaboración. Gente que se acercaba con bolsas de residuos, galpones prestados, preguntas técnicas o simplemente mate y charla. El viaje a Brasil sigue esa misma lógica, pero con un desafío mayor: cruzar fronteras, llevar el mensaje más lejos y volver a poner el cuerpo.

“No viajo a ciegas. Ya hice este recorrido antes. Sé cuánto consume, sé cómo responde el motor, sé qué necesito”, explica. La diferencia ahora es la edad y el contexto. A los 70, la ruta se vive distinto. No peor, pero sí con más conciencia de los límites. De ahí la convocatoria abierta.

Ramos insiste: busca personas comunes, con curiosidad, paciencia y ganas de ser parte de algo distinto. Gente que entienda que este viaje no es turismo tradicional ni una carrera contrarreloj. Es una demostración en movimiento. Un auto que se detiene para cargar basura, que explica su funcionamiento en cada parada, que invita a pensar qué hacemos con lo que desechamos.

El sistema, técnicamente, es sencillo en concepto, pero complejo en ejecución. Un gasificador transforma los residuos en un gas combustible que alimenta el motor. El proceso requiere control de temperatura, filtrado y una mezcla precisa de aire y gas. No hay magia: hay ingeniería, prueba, error y ajuste fino. Lo notable es que, una vez estabilizado, el vehículo responde con una autonomía impensada en los comienzos del proyecto.

Hoy, Edmundo puede elegir qué residuos usar y planificar cada tramo con precisión. Sabe que algunos materiales rinden más que otros y que la basura carbonizada ensucia menos el sistema. La carga no se consume por completo, lo que permite recargar sin desmontar todo el equipo. Son detalles que solo da el camino.

El viaje a Brasil no tiene una fecha cerrada de regreso. Como siempre, el tiempo lo marcarán la ruta, la gente y el auto. Lo que sí tiene es un objetivo claro: seguir demostrando que la transición energética no es solo un discurso de grandes cumbres internacionales, sino algo que puede empezar en un taller, en un pueblo chico, con restos que otros descartan.

Desde Anisacate, su lugar en el mundo, Edmundo apela ahora a sus contactos, a los medios y al boca a boca para difundir esta nueva meta. No pide sponsors ni inversiones. Pide compañía. Alguien que se suba, que maneje cuando haga falta, que banque el calor, los imprevistos y las historias repetidas. O alguien que vaya atrás, siguiendo el ritmo lento de un auto que no huele a nafta.

El motor ya está probado. La basura también. Falta la otra mitad del viaje: la humana.

Fuente: Con informacion de TN

banner-noticia

Artículos Relacionados

Volver al botón superior
×