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Un Pirata suelto y feliz en San Nicolás

COSA CIERTA acompañó la histórica consagración de Belgrano de Córdoba junto a Juan Pablo Perona, un hincha que lloró, sufrió y celebró desde San Nicolás el primer título de campeón de su amado Pirata

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Hay emociones que el fútbol no explica, solamente provoca. Lágrimas que brotan sin permiso, abrazos que duran más de la cuenta y recuerdos que vuelven de golpe cuando una pasión, después de tanto sufrir, finalmente encuentra recompensa. Eso vivió Juan Pablo Perona el domingo. Y COSA CIERTA tuvo la suerte de acompañarlo.

Juan Pablo es kinesiólogo, nació en Justiniano Posse y hoy vive en Santa Rosa de Calamuchita junto a su esposa nicoleña, Laureana Mutti, y sus hijas mellizas, Valentina y Agustina. El último fin de semana había viajado a San Nicolás para visitar a la familia de su compañera. Pero el destino quiso que justo aquí, lejos de Córdoba, terminara viviendo una de las tardes más felices de su vida.

Porque Juan Pablo ama a Belgrano. Lo ama de verdad. Desde chico. Desde aquellas épocas de tribunas sufridas, campañas en la B y sueños que parecían imposibles. Es socio, hincha, enfermo del Pirata. Uno de esos que sienten que el club forma parte de su historia personal.

El sábado ya no podía pensar en otra cosa. Había llegado cansado del viaje, pero cada vez que hablaba de la final recuperaba energía. “Les vamos a ganar con el corazón”, repetía convencido, como si necesitara escucharse para creerlo todavía más.

El domingo la ansiedad lo consumió desde temprano. En la casa de su suegro estaba rodeado de hinchas de River, aunque antes del partido todos se fueron. Quedó solo. Solo con la camiseta puesta, las estampitas arriba de la mesa, el mate, los nervios y la ilusión.

Conectó el celular al televisor y empezó el sufrimiento.

El primer gol de River lo llenó de bronca. El empate lo devolvió a la vida. Entre una jugada y otra miraba de reojo la clasificación de Franco Colapinto en Canadá, buscando distraerse un poco de tanta tensión. Pero no podía. Volvía enseguida al partido. Caminaba por el living, se agarraba la cabeza, rezaba en silencio.

El segundo gol millonario volvió a golpearlo fuerte. Ya casi no podía quedarse quieto. Recibía mensajes y no respondía ninguno. Solamente miraba la pantalla esperando un milagro.

Y el milagro llegó.

Cuando Falcón Pérez revisó el VAR por aquel penal, explotó de furia y esperanza al mismo tiempo. “Fue un penal más grande que el Kempes”, gritó. Después miró fijo la tele y lanzó una frase que salió del alma: “Uvita lo empata y lo gana”.

Nicolás Fernández convirtió el empate. Y unos minutos más tarde, el Mudo Vázquez -con 37 años y corazón de pibe- metió ese centro eterno que terminó otra vez en los pies de Uvita.

Gol.

Silencio primero. Explosión después.

“Te dije, Nacho, te dije”, alcanzó a decir mientras se quebraba por completo. Lloró como un chico. Sin vergüenza. Sin poder controlar nada. Me abrazó fuerte. Y en ese abrazo estaban todos los años de espera, las frustraciones, las noches en la B, las cargadas soportadas y el amor intacto por esos colores.

Llamó a su esposa, que había decidido irse a la casa de una amiga para no atravesar semejante locura. Seguía llorando. Apenas podía hablar.

“Pensar que fui tantas veces al Gigante de Alberdi cuando peleábamos lejos de todo esto… mirá lo que logramos”, repetía emocionado mientras observaba las imágenes de Córdoba teñida completamente de celeste.

Le dolía no estar allá. En Patio Olmos. En Alberdi. En medio de esa multitud interminable. Pero, al mismo tiempo, entendía que jamás iba a olvidar cómo y dónde vivió este momento.

Belgrano de Córdoba salió campeón por primera vez en el fútbol argentino. Y Juan Pablo Perona, un Pirata de alma, lo celebró desde San Nicolás con el corazón desbordado de felicidad.

Porque hay títulos que se festejan. Y otros que simplemente se lloran.

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