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Voces de una ciudad partida: El reclamo de los vecinos ante el avance de la indigencia

La San Nicolás de las luces LED y los festivales constantes tiene una contracara que el discurso oficial ya no puede tapar con puestas en escena. En las veredas del centro, en las cercanías de los supermercados y frente a las fachadas de instituciones públicas, el paisaje se ha vuelto desolador.

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Familias enteras revolviendo basura y niños pidiendo un paquete de fideos para pasar el día. Sin embargo, lo que más irrita a un sector de los nicoleños no es solo la crisis, sino la jerarquía de prioridades de una gestión que parece vivir en una burbuja de eventos y celebraciones.

“Es lamentable lo que pasa en la ciudad, hay un desprecio por la vida que asusta”, afirma un vecino que recuerda con precisión quirúrgica el tinte ideológico de la familia gobernante. “Me acuerdo cuando cerraron la terminal. Había gente que se refugiaba ahí en invierno y el Intendente la mandó a cerrar con llave para que no entraran. Después vino el otro renacuajo y la tiró abajo. Son gente sin corazón”. Este testimonio refleja una herida abierta: la sensación de que para el Ejecutivo, la pobreza es algo que debe ocultarse o expulsarse, pero nunca atenderse con políticas de fondo más allá de la responsabilidad de Provincia.

Es cierto que la problemática de la calle tiene aristas sumamente complejas que exceden lo estrictamente habitacional. Existe un entramado invisible donde el flagelo de las drogas y el consumo problemático de sustancias levantan muros difíciles de franquear, provocando que muchas personas se resistan a recibir ayuda o a integrarse a los paradores convencionales.

Sin embargo, es precisamente allí donde la gestión municipal queda en deuda. No basta con señalar la voluntad del individuo cuando el Estado local carece de herramientas de salud mental y redes de rehabilitación con presencia territorial. Mientras el presupuesto se escurre en la logística de festivales y el mantenimiento de una estética superficial, la ausencia de equipos interdisciplinarios que aborden la marginalidad desde la raíz deja a estos nicoleños en un limbo de abandono. Superar este escenario requiere menos “placitas” y más inversión en programas de recuperación que entiendan que detrás de una negativa a ser ayudado, suele haber una patología que el oficialismo, por desinterés o falta de pericia, prefiere no mirar.

El contraste entre la austeridad que se pregona a nivel nacional y el despliegue local es el eje del descontento. Mientras el país intenta sanear sus cuentas, en el palacio municipal la orden parece ser “gastar en el show”. Otra vecina interpelada por la situación, no oculta su indignación: “Hacen fastuosas fiestas, mientras a la gilada se le da pan y circo. Es vergonzoso ver cómo se organizan jodas permanentes con la plata de nuestros impuestos, mientras aumenta la inseguridad y el abandono en los barrios”.

Para muchos, el modelo de gestión local ha quedado reducido a una cáscara estética. “Los Passaglia son todo placitas y joda. No se ocupan de la seguridad, ni de la salud, ni de generar trabajo genuino”, sostiene otro de los testimonios recogidos. Esta crítica golpea el núcleo del oficialismo nicoleño: la falta de una estructura de contención real en un contexto donde, según relatan los comerciantes, cada vez son más los niños que piden comida en las puertas de los locales. “Atrás quedaron las promesas de campaña; la falta de empatía es total”, concluyen.

La realidad es obstinada. Por más que se intente saturar la agenda con festivales, el vecino que camina la ciudad ve el deterioro del tejido social. San Nicolás hoy se debate entre ser la “joya” que venden sus funcionarios o la ciudad que duele en cada esquina, donde el brillo de las plazas no alcanza para dar calor a quienes duermen sobre el granito frío, víctimas de una administración que parece haber olvidado que gobernar es, ante todo, establecer prioridades humanas.

 

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