
Jonathan Correa sonríe después de sancionar un penal inexistente contra Defensores de Villa Ramallo el último domingo en Escobar, cuando el Granate se llevaba un punto valioso. La infracción fue un metro afuera del área, pero al árbitro cordobés no le tiembla el pulso: cobra y marca el punto de los doce pasos a cinco minutos del final. No hay dudas ni pudor. Su tarea está cumplida y, probablemente, será premiado por quienes sostienen este sistema arbitral que sigue dañando al fútbol argentino.
En la previa, en Defensores ya sabían que su designación traería problemas. Correa acumula antecedentes polémicos y responde, según muchos, a los intereses del poder de turno.
Lo suyo no empezó con el penal. En el segundo tiempo sancionó 21 tiros libres en contra del equipo de Villa Ramallo, todos en su propio campo. Un dato llamativo para un conjunto que no se caracteriza precisamente por un juego brusco.
Defensores había comenzado mejor: abrió el marcador con un tiro libre y luego amplió la ventaja tras un córner ejecutado al ras del suelo. Ni el árbitro ni sus asistentes pudieron evitarlo.
Escobar FC, el equipo vinculado al intendente Ariel Sujarchuk y de escasa convocatoria, aparece una y otra vez como beneficiado. La semana anterior ya había sido favorecido en Concepción del Uruguay frente a Gimnasia. Y en el torneo pasado, su ascenso al Federal A estuvo rodeado de decisiones arbitrales más que cuestionables.
Sumisos ante quienes manejan los hilos, hay árbitros dispuestos a todo con tal de avanzar en sus carreras. Así, el fútbol argentino sigue contaminado, con una dirigencia que no da respuestas y con clubes que, muchas veces, prefieren callar y esperar favores que rara vez llegan.



