
Era un tipo raro. Siempre lo fue, desde sus años de estudiante. Sentía una extraña inclinación, casi afectiva, hacia la muerte. Hacia la muerte ajena. Fue médico, pintor, músico, o al menos lo intentó, quiso ser político y se consagró como un activista del derecho de los pacientes a morir sin sufrir. Fue un defensor de la eutanasia y de lo que él mismo llamó, tal vez con instintiva ironía, “suicidio asistido”. Se ganó en buena ley un apodo levemente siniestro, un oxímoron, que lució con cierto orgullo, “Doctor Muerte”, y que reemplazó a menudo a su nombre y apellido: Jack Kevorkian.
Empezó su campaña en favor de la eutanasia en los años 80, con una serie de artículos que fueron publicados en los diarios de Detroit, Estados Unidos. En 1987 se ofreció como médico especializado en “orientación de la muerte”, una especialidad, si lo era, desconocida que Hipócrates jamás imaginó enfrascado como estaba en el cuidado de sus pacientes y en el pronóstico de sus males, hace ya más de tres mil años.
Entre 1990 y 1998, Kevorkian “ayudó” a morir a más de 130 pacientes. Había inventado dos máquinas que permitían a los moribundos, o a los enfermos terminales que ya no querían padecer, o a quienes sin sufrir tenían la certeza de un final inminente, a administrarse químicos letales para poner fin a sus vidas.
Fue juzgado y condenado a entre 10 y 25 años de prisión, de los que cumplió apenas ocho: fue liberado por razones de salud y por su buena conducta, previo compromiso de no volver jamás a asesorar a nadie sobre cómo morir. Murió el 3 de junio de 2011, hace 15 años, a sus 83. Su paso por la ciencia médica puede verse de dos formas: como la de un adelantado que impulsaba lo que hoy se llama muerte digna, o por la de un tipo extravagante que, escudado en el ideal de evitar el sufrimiento, cultivó su perversa inclinación hacia la muerte de los otros de la que hizo escuela y negocio.
Kevorkian tenía un lema que, en apariencia, rigió esos años de suicidios asistidos, batallas legales y cárcel. Decía: “Morir no es un crimen”. Dicho así, es una tontería grande como un pino que intenta profundidad y suena absurda. Si se quiere, Jorge Luis Borges lo dijo más claro y sencillo: “Morir es una costumbre que suele tener la gente”. Ayudar a otro a morir es muy diferente.
Sin embargo, el debate no estaba centrado en la eutanasia. En las más de tres décadas desde el inicio de sus andanzas, la ciencia médica terminó por tratar primero y aceptar a pequeños pasos luego la idea de evitar el sufrimiento previo a la muerte. En eso, Kevorkian no era siquiera original. Fueron sus métodos con los que intentó imponer su particular concepción del sufrimiento humano y de la muerte los que enlodaron en parte, y retrasaron también, los avances científicos, morales y hasta filosóficos que aceptarían, o que aún debaten, la eutanasia.
Kevorkian ganó su fama, la buscaba, por la exhibición un tanto descarada que hizo de sus técnicas, de sus inventivas y de su metodología; por la exposición sin pudores, sin decoro de los casos en los que intervino y hasta de la privacidad de sus pacientes. Su supuesto ideal de morir sin sufrir no era del todo auténtico. Siempre, y desde muy joven, sintió una extraña fascinación por la agonía, los estertores y por el dolor, fascinación que lo llevó al disparate mucho antes de que decidiera revestirla de una pátina de piedad y de misericordia. Su historia, poco conocida, lo desnuda.
Cómo nació el apodo de Dr. Muerte
Jacobo “Jack” Kevorkian nació el 26 de mayo de 1928 en Pontiac, Michigan. Se graduó con honores a los diecisiete años en la Pontiac Central High School cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin. En 1952, a sus veinticuatro años, egresó de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan en Ann Arbor.
Es de esos años jóvenes que le viene el apodo de Doctor Muerte, según revelaron sus viejos amigos de entonces, en especial los que hicieron junto a él la residencia médica en 1954: lo definieron como “un tipo inquietante” y hasta dudaron un poco de su salud mental. Le complacía relatar las masacres que los turcos habían desatado sobre sus antepasados armenios y llegó incluso a defender al nazismo derrotado sin pudores y sin cargo de conciencia: “Jamás podrán volver a hacerse los experimentos humanos hechos en los campos de concentración”.
Sus colegas residentes de Patología revelaron años después que Kevorkian llevaba adelante ciertas prácticas más turbadoras que sus opiniones sobre logros médicos con deportados y prisioneros de guerra: buscaba pacientes moribundos a quienes levantaba los párpados y los fijaba con tela adhesiva porque quería fotografiar las córneas y comprobar si los vasos sanguíneos cambiaban en el momento de la muerte. No parecía entonces muy preocupado por la dignidad de sus enfermos, como proclamaría en los años 90. Nadie lo vio venir.
Sus observaciones clínicas lo llevaron a escribir, en 1956, el artículo “The Fundus Oculi and the Determination of Death” (“El fondo de ojo y la determinación de la muerte”), publicado en el American Journal of Pathology. Más adelante elaboró algunas teorías que cuestionaban la práctica médica tradicional e impulsaban el suicidio asistido como una forma de atravesar el final de la vida.
A principios de los años 60, ensayó transfusiones de sangre de cadáveres a personas vivas y buscó, sin éxito, autorización para experimentar con condenados a muerte porque, según afirmó, “es un privilegio único experimentar con un ser humano que va a morir, como con cualquier otra persona frente a una muerte inminente e inevitable”.
Su extraña atracción por la muerte también se reflejó en otra de sus pasiones: las artes plásticas. Sus obras incluían imágenes de asesinatos, personas decapitadas y otras escenas siniestras. Una de ellas, “Genocidio”, tenía incluso una mancha de sangre del propio Kevorkian incorporada al cuadro.
Para entonces, hacia fines de los años 70 y comienzos de los 80, en Estados Unidos ya existían serias dudas sobre los trastornos de personalidad de Kevorkian. Comenzaron a despedirlo de hospitales e institutos hasta que abrió una clínica de diagnósticos que debió cerrar poco después: ningún profesional quería derivarle pacientes. Se jubiló en 1982, con cincuenta y cuatro años, e inventó su propia especialidad: la “obiatría”, la manipulación de la muerte.
Fue entonces cuando inventó una máquina a la que llamó “Thanatron”, en referencia a Tanatos, la deidad griega que personificaba a la muerte pacífica y no violenta. El artefacto permitía que los enfermos se administraran, por propia mano y voluntad, unos químicos letales que apuraban su muerte al parecer indolora y sin sufrimiento. Con ella, Kevorkian “ayudó” a morir a ciento treinta pacientes hasta que las autoridades le suspendieron primero y le quitaron después su licencia médica: quedó inhabilitado para ejercer la medicina, atender pacientes y acceder a químicos y a drogas especiales.
Su siguiente paso fue inventar, en la cocina de su casa, otra máquina a la que llamó “Mercitron”, que podría interpretarse como “Máquina misericorde”, que permitía a los enfermos suicidarse por inhalación de monóxido de carbono a través de una máscara.
El peso de la ley
Llegaron entonces las detenciones y los juicios. El primero de los casos, en 1990, fue el de una maestra de cincuenta y cuatro años, Janet Adkins, que padecía Alzheimer. Kevorkian avisó a la policía sobre el uso que iba a darle a su nueva máquina y cuando Adkins murió por aspirar monóxido de carbono, la policía detuvo a Kevorkian. La familia de la mujer —su esposo y sus hijos— difundió entonces una carta en la que ella explicaba su decisión.
El escándalo fue tremendo y Kevorkian se alzó sobre la cresta de la ola: “Trato de llamar la atención de la profesión médica para que acepte sus responsabilidades, que incluyen asistir a sus pacientes en la muerte. Con su cuerpo –el de Adkins– podríamos haber dividido el hígado en dos y haber salvado a dos niños; podría haberse aprovechado su médula ósea, su corazón, dos riñones, dos pulmones y un páncreas”.
Su descaro, su despiadada visión sobre cómo deben morir los seres humanos, que no podía ser otra cosa que un reflejo de su propia visión de la vida, desataron en Estados Unidos un furioso debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido, todo envuelto en una especie de histeria colectiva sobre lo sagrado y lo temido mientras, para completar la escena, Kevorkian recorría Michigan en una furgoneta Volkswagen un poco destartalada, con su máquina de morir a bordo: un delivery del más allá.
Enfrentó entre 1994 y 1997 cuatro juicios por asistir la muerte de seis pacientes. Fue absuelto en tres y el cuarto juicio fue declarado nulo. La Asociación Médica de Estados Unidos lo calificó como un “instrumento de la muerte” y “una gran amenaza para el público”. Kevorkian parecía nadar a gusto entre los dos oleajes, el de quienes lo veían como a un héroe que permitía morir con dignidad y sin mayores sufrimientos y el de quienes lo veían como a un asesino serial, de sangre helada, que se adueñaba de la personalidad de los enfermos crónicos o próximos a morir.
Esas eran las principales acusaciones en su contra. Las denuncias sobre las primeras ciento treinta muertes asistidas, dijeron que el setenta por ciento de esos pacientes de Kevorkian no eran terminales, ni enfrentaban una grave enfermedad; que el médico no había tenido entre manos un estudio exhaustivo de ninguno de esos casos; que había carecido de un estudio psiquiátrico de los enfermos, muchos de ellos afectados por la depresión; tampoco había intentado derivarlos a un especialista, incluso a los expertos en el tratamiento del dolor y que ni siquiera había tenido en cuenta sus historias clínicas.
El 17 de septiembre de 1998, Kevorkian cruzó una nueva barrera: le aplicó una inyección letal de cloruro de potasio a Thomas Youk, un hombre de 52 años con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que ya no podía moverse, y filmó todo el procedimiento. Dos meses después, el 23 de noviembre, las imágenes de la muerte de Youk fueron emitidas en el programa periodístico estadounidense “60 Minutes”. Kevorkian fue detenido y acusado de homicidio.
El entonces forense de Oakland, California, L. J. Dragovic, especialista en patología forense que investigaba los “suicidios asistidos” a los que nunca consideró como tales y menos cuando eran facilitados por un médico, dijo entonces que Kevorkian “no es más que un verdugo múltiple” que había facilitado cerca de cuatrocientas muertes con sus métodos de eutanasia directa, una práctica ilegal. La idea del verdugo serial, nueva entonces para encuadrar a Kevorkian, fue apoyada por el director del Centro de Investigaciones sobre el Suicidio de Chicago, Kalman Kaplan: “Hay muy pocas pruebas de que Kevorkian haya consultado con el médico o el psiquiatra de las víctimas”, lo que dejaba al desnudo por qué el “Doctor Muerte” impulsaba el suicidio asistido en las primeras visitas a sus pacientes.
El documento presentado por “60 Minutes” llevó a Kevorkian primero a la cárcel y después a juicio. Un jurado lo declaró culpable de homicidio en segundo grado, que define al asesinato intencional no planificado, ni premeditado, ni cometido por un “arrebato pasional” razonable y, también define al asesinato provocado por un comportamiento peligroso, o por la evidente falta de interés por la vida humana por parte del delincuente.
Fue condenado en 1999 a una pena que oscilaba entre los 10 y los 25 años de prisión. Salió de la cárcel el 1 de junio de 2007, tenía setenta y nueve años, dada su salud un tanto precaria y su buena conducta, con el compromiso de no volver a asesorar a nadie sobre métodos, modos e ideas sobre cómo morir. Las rejas no le habían limado la ironía. Cuando le preguntaron qué había sido lo peor de sus ocho años en prisión, dijo: “los ronquidos”.
Ya libre, siguió su campaña de activista por el derecho a la eutanasia. En los primeros años del siglo XXI, el mundo científico y la moral social se amoldaban, no sin recelo, a nuevas maneras que los humanos elegían para relacionarse, a nuevas concepciones familiares, a que se sancionaran nuevos derechos, o se ejercieran los postergados, como aspiración a una mejor condición de vida y de progreso; también a la idea de una muerte digna. Estados Unidos llegaría a tener tres Estados con eutanasia legal (Oregon, Montana y Washington), como es legal hoy en: Países Bajos, la pionera, Bélgica, Luxemburgo, Canadá, Colombia, Nueva Zelanda y España, Ecuador y Australia.
El 15 de enero de 2008, apenas siete meses después de dejar la prisión, Kevorkian volvió a defender su tesis tan discutida frente a casi cinco mil personas en la Universidad de Florida; allí volvió a expresar su antigua y particular idea sobre la vida y la muerte: dijo que su intención no había sido la de matar a sus pacientes, sino la de evitarles el sufrimiento.
Dos meses después anunció su intención de entrar en el mundo de la política y se postuló como candidato independiente al Congreso de Estados Unidos como diputado por Michigan: alcanzó 8.897 votos. El fiasco político fue recompensado por el cine que puso su vida discutida y tumultuosa en una película para televisión que protagonizó Al Pacino, dirigido por Barry Levinson.
En 2011, afectado por una insuficiencia renal crónica, Kevorkian fue internado en el William Beaumont Hospital de Michigan por una neumonía. También padecía cáncer de hígado provocado por hepatitis C, según informó su médico personal, Neal Nicol.
Murió por una trombosis el 3 de junio de 2011, pocos días después de cumplir 83 años. No existen registros de que haya pedido para sí el alivio, o el supuesto alivio, que pregonaba para los demás. No solo no pidió ir al encuentro de la muerte, sino que quiso esperarla paciente, templado y sereno. Fue complacido. En sus últimas horas, escuchó música de Johann Sebastian Bach, que cantaba a la vida y a la gloria de Dios.
Fue sepultado en el White Chapel Memorial Park Cemetery, en Troy, Michigan. En su lápida se lee: “Se sacrificó por el derecho de todos”.
Fuente: Con informacion de TN

