Historias

La misión espacial que batió todos los récords y escondía una tragedia que nadie advirtió a tiempo

Hace 55 años, Soyuz 11 hizo historia al completar una estadía histórica en una estación espacial. Sin embargo, una falla fatal durante el regreso convirtió la hazaña en una de las tragedias más impactantes de la carrera espacial.

banner-noticia
banner-noticia

La carrera espacial es sólo para la gloria. La gran hazaña humana del siglo XX, conquistar el espacio, poner un hombre en la Luna y traerlo de regreso a la Tierra, que era lo más difícil, sólo tiene grandes héroes, sobrevivientes, condecorados, honrados de por vida, recordados en la posteridad.

Los desastres no tienen cabida en esa historia. Quienes murieron en las grandes tragedias de la era espacial, también son héroes, pero recónditos, velados, casi furtivos, con sus medallas y sus honores, pero de eso no se habla: la gloria tiene el precio de la discreción y en cierto modo del olvido. Como afirma el escritor español Eduardo Mendoza, lo último que se pierde en la vida no es la esperanza, es la vanidad.

El 29 de junio de 1971, hace ya cincuenta y cinco años, una misión espacial soviética, su nave principal, la Soyuz 11, y sus astronautas, regresaron a Tierra después de batir varios récords. La misión, difícil y riesgosa, estaba cumplida aunque había sido una calamidad desde principio hasta el final: todo lo que podía haber salido mal, había salido mal. La hazaña, la épica, el heroísmo iban a tapar yerros, riesgos, desatinos, fatalidades, desplantes y arrogancias.

Pero no. Cuando Soyuz 11 aterrizó gracias a un extraordinario alarde técnico, cohetes retropropulsores que la hicieron posarse como un pájaro en un territorio que es hoy Kazajistán; cuando aquel viaje malhadado llegó a su fin y el personal soviético de tierra abrió la escotilla de la nave para rescatar a los astronautas, los tres, su capitán, Gueorgui Dobrovolski, su segundo Vladislav Vólkov y el tripulante Viktor Patsáyev estaban muertos.

En medio de la estepa se dio entonces una frenética carrera: reanimación cardíaca, respiración boca a boca, inyecciones directas al corazón para que reaccionaran: un imposible, los tres llevaban muertos demasiado tiempo, casi desde que habían iniciado su fatal viaje de regreso a la Tierra.

En realidad, Soyuz 11 y su tripulación estaban todos condenados al desastre y no a la epopeya que la URSS quiso darle a aquella misión planeada como una hazaña. Dos años antes, Estados Unidos, el gran y único rival de los soviéticos en la carrera espacial, había puesto a dos hombres en la Luna. La URSS, que había sido pionera en esa carrera que nació del espionaje y no del deseo de conquistar las estrellas, corría ahora lejos del puntero; necesitaba un gran éxito, costara lo que costase. Y costó mucho.

Soyuz 11 nació cercada por los problemas mecánicos, por los caprichos de los ingenieros en jefe de la misión, por graves celos internos entre sus tripulantes y por un yerro monumental, mezcla de arrogancia y tontería: los tres astronautas viajarían al espacio sin el voluminoso traje habitual. ¿Por qué? Porque era más importante que por primera vez viajaran al espacio tres astronautas y no dos, como era costumbre. Y tres cosmonautas, enfundados en ese enorme uniforme inflado, cableado, coronado por una gigantesca escafandra, no cabían en Soyuz 11. Los trajes espaciales presurizan el aire, salvaguardan la vida de quien los viste. Pero, ¿qué podía salir mal?

La Soyuz 11 tenía como misión abordar la estación espacial soviética Salyut 1, habitarla, reparar algún instrumental dañado, reorientar algún giróscopo díscolo, pasar allí la más prolongada experiencia de vida humana en el espacio y volver para contarlo. A tropezones, todo salió más o menos bien, excepto que sus protagonistas no pudieron contar nada.

Antes de la partida, cuando arreciaron las dificultades técnicas en la Soyuz y los dramas humanos entre sus tripulantes, cuando la lógica aconsejaba acortar la misión o postergarla, el jefe del programa espacial soviético, Vasili Mishin gritó en el centro de control: “¡No quiero cobardes en mis naves!” Esa arenga, que pone el coraje por encima de la razón siempre y cuando el coraje sea siempre de otros, es válida para una trinchera; pero en el espacio, donde un tornillo flojo te convierte en mártir, suena a estupidez.

Soyuz venía mal de antes. Soyuz 10 había fracasado ya en abril de ese fatídico 1971 al intentar acoplarse a Salyut 1: la tripulación no pudo entrar a la estación espacial porque una pieza del sistema de acoplamiento se deformaba con una presión superior a ciento treinta kilos, mientras que la maniobra de unión desplazaba una fuerza de entre ciento sesenta y doscientos kilos. La pieza rebelde se modificó para Soyuz 11.

Otro pájaro de mal augurio sobrevoló la misión cuando la tripulación original tuvo que ser cambiada: un examen médico de rutina reveló una mancha en el pulmón de uno de sus astronautas. Los médicos le prohibieron volar y, según las reglas, quedaba descartada toda la tripulación y viajaba una nueva. Así fue como llegaron a su último viaje Dobrovolski, Vólkov y Patsáyev.

Las relaciones entre dos de los tres astronautas no eran buenas, para ser piadosos. El comandante, Dobrovolski, de cuarenta y tres años, tenía una enorme responsabilidad a cargo: era un jefe de misión espacial novato, era su primera vez en el espacio. En cambio, Vólkov, de treinta y cinco años, era un ingeniero de vuelo que ya había participado de una misión espacial; sentía que era el hombre indicado para comandar la Soyuz 11 y no pudo evitar sentirse desplazado por un jefe mayor, pero inexperto. Los dos discutieron mucho en los días previos a la partida y lo hicieron durante todo el viaje hacia el espacio.

Soyuz 11 despegó el 6 de junio y el 7 ya estaba acoplada a Salyut 1: cuando los tres astronautas entraron en la estación espacial, notaron de inmediato, que algo andaba mal. Sintieron un penetrante olor, un humo pesado y algo ácido ni bien encendieron el sistema de regeneración de aire. Desde el control terrestre les aconsejaron pasar aquella primera noche en el espacio en Soyuz y no en Salyut. Al día siguiente, ya con el aire normal en la estación, los astronautas se dedicaron a lo suyo: corrigieron la órbita de Salyut, orientaron sus paneles hacia el sol, repararon un telescopio rebelde, rutina pura. En la Tierra, la prensa del mundo destacaba ya la hazaña soviética: por primera vez, circulaba en el espacio una estación espacial tripulada.

El 9 de junio, otra pequeña hazaña: los tripulantes de Salyut hicieron contacto televisivo con el centro de control de la misión. Se mostraron fatigados, así que los técnicos les recomendaron los ejercicios diseñados para atemperar en el cuerpo los efectos de la ingravidez. Los astronautas dijeron entonces que no se trataba de eso, sino de los trajes que calzaban, que eran de entrenamiento y no los habituales trajes presurizados que habían sido dejados de lado por una simple cuestión de espacio en el interior de la nave, para que cupiera en ella un tercer astronauta y batir así otro récord. ¿Era riesgoso? Sí, lo era. ¿Era una locura? También lo era.

Contra ese disparate protestaron tres altos mandos soviéticos. Leonid Smirnov, jefe de la Comisión Industrial Militar fue el primero; le siguió Illiá Lavrov, diseñador del sistema de control ambiental, que exigió que los tripulantes de Soyuz 11 llevaran al menos máscaras de oxígeno como las usadas por los pilotos de los jets de combate que, ante una emergencia, una pérdida de presión, por ejemplo, les daría un margen de maniobra de dos o tres minutos. El tercero en protestar fue Nikolai Kamanin, jefe del Cuerpo de Cosmonautas de la URSS. Todo fue en vano. Triunfaron la arenga de Mishin sobre los cobardes y la lógica de alcantarilla de Serguei Koroliov, otro de los jefes del programa, que afirmó que ningún vuelo de misiones anteriores como la Vostok, había sufrido alguna vez una pérdida de presión en vuelo. ¿Por qué iba a ocurrir esta vez con Soyuz 11?

En el espacio, en medio de las discusiones constantes entre Dobrovolski y Vólkov y el resignado silencio de Patsáyev, la Salyut 1 no daba paz. El 16 de junio volvió a llenarse de humo y todo tornó tan peligroso, que los astronautas pensaron en evacuarla y regresar a Soyuz 11. Antes, intentaron solucionar la crisis en aquella caja de sorpresas: apagaron el generador principal, conectaron el sistema secundario y cambiaron los filtros de oxígeno: después de seis horas de trabajo, la normalidad, o lo que fuese, retornó a la estación espacial.

Al día siguiente, sin ignorar la tensión entre los tripulantes de Soyuz, el control terrestre de la misión elaboró un informe sobre la relación profesional y humana de los tres astronautas. Dejaron por escrito que era Dobrovolski, el comandante, quien se hacía cargo de las decisiones, “si bien es la tripulación entera quien decide, juntos, las cosas”. Mishin, el que no quería cobardes en sus naves, justificó a Dobrovolski: “Finalmente, es el comandante el que tomas las decisiones”. Kamanin, el jefe de todos los cosmonautas de la URSS, que conocía muy bien a sus chicos, dejó asentado que Vólkov actuaba “de manera muy independiente y que no reconoce sus errores”. Aquello era toda una gran ironía: Soyuz significa unión, y si algo le faltaba a aquella misión era algo de unión.

El 20 de junio, el control de la misión evaluó la condición física de los tres astronautas que ya llevaban catorce días en el espacio. Saltaron las alarmas: la capacidad pulmonar de los viajeros había descendido un treinta y tres por ciento; los trajes de entrenamiento tampoco funcionaban bien, tal como alguien había vaticinado. Por fin, se impuso Kamanin, el jefe de los cosmonautas. Pensó, y lo dijo, que los tripulantes de Soyuz 11 no podían seguir más días en el espacio y en estado de ingravidez y exigió que todos regresaran a la Tierra antes del 30 de junio, si eso era posible.

Posible era, pero había un récord, otro más, a batir: el de permanencia en el espacio que Dobrovolski, Vólkov y Patsáyev cumplirían el 25. Los jefes de la misión dispusieron entonces que regresaran a Tierra entre el 27 y el 30. Los astronautas gastaron sus últimas horas en Salyut 1 mientras la acondicionaban para que subsistiera en el espacio y en soledad hasta la llegada de nuevos tripulantes, y preparaban su propio regreso a casa.

Por fin, los cosmonautas volvieron a Soyuz 11 para toparse con otra sorpresa: la luz de un sensor indicaba que la escotilla de la nave no cerraba bien. Desde tierra, aconsejaron la tontería más obvia: que repitieran la operación. ¿Qué otra cosa podían hacer? Vólkov lo hizo una, dos, diez veces hasta que por fin cerró la compuerta con todas sus fuerzas y el sensor apagó su luz de alerta.

A las 21.15 del martes 29 de junio. Soyuz 11 se separó de Salyut 1 y su comandante lanzo un augurio por radio: “Mañana nos reuniremos. Preparen el coñac”. Y entonces todo se derrumbó. ¿Qué sucedió después? Las primeras teorías dijeron que la escotilla no había cerrado bien. Pero en 1997, veintiséis años después de la tragedia, el accidente se atribuyó a un sistema de equilibrio de presión con el exterior, dos válvulas que se accionaban gracias a un leve artilugio pirotécnico y que debían abrirse cuando Soyuz estuviese a cuatro kilómetros de la Tierra. Pero las válvulas se abrieron antes, con sólo seis centésimas de segundo de diferencia entre una y otra. Por qué, es un misterio.

Sucedió cuando el módulo de descenso de Soyuz se separó de su módulo orbital. En ese momento, la presión en el interior de la cápsula era normal. Y la de los astronautas también: Dobrovolski rondaba 80 pulsaciones por minuto, Vólkov 120 y Patsáyev 100. Hasta hubo espacio, breve, para una broma: desde tierra les dijeron que, por los días de ingravidez que habían pasado, iban a tener que sacarlos poco menos que en brazos de la nave: “Muchachos, van a tener que hacer todo el trabajo ustedes”, dijo Dobrovolski.

En el momento del desacople, un sonido agudo invadió la nave y los tres notaron de inmediato que había una fuga de aire. Tal vez se supieron condenados: las pulsaciones de Dobrovolski treparon a 140 y las de Vólkov a 180. Los cosmonautas apagaron el sistema de radio para localizar la fuente del agudo sonido; es probable que la hayan localizado y que hayan intentado cerrar la válvula fallada, ubicada sobre el asiento de Patsáyev en aquella cabina estrecha en la que no cabían siquiera los trajes espaciales. Los manuales decían que una fuga de aire debía ser cortada en veinte segundos, aunque en los entrenamientos, los astronautas demoraban entre treinta y cuarenta segundos. Las máscaras de oxígeno que el diseñador Lavrov había recomendado y que los tripulantes de Soyuz 11 no llevaban, les hubiesen dado una posibilidad de maniobra de entre dos y tres minutos. Tal vez hubieran salvado sus vidas. Pero esta vez la muerte fue más veloz.

Los cálculos posteriores a la tragedia dijeron que a veinte segundos de iniciada la fuga, la presión en el interior de la Soyuz había descendido tanto que los tripulantes debían estar ya inconscientes. Cincuenta segundos después de iniciado el desastre, el pulso de Patsáyev había caído a 42. A los ciento diez segundos de iniciada la fuga de aire, los corazones de los tres astronautas se habían detenido.

Soyuz 11, como un animal amaestrado, siguió su regreso a tierra como si nada hubiese pasado. La fuga de aire que mató a su tripulación provocó apenas un lento movimiento de rotación en la cápsula. En el control de la misión no se enteraron de nada porque no tenían comunicación con la nave, que se reanudó cuando Soyuz entró en el radio de acción de las estaciones soviéticas de seguimiento: en la cápsula reinaba un completo silencio; las comunicaciones se cortaron en el momento del reingreso a la atmósfera y, cuando se reanudó el contacto, el control de la misión intentó comunicarse con los astronautas. No hubo respuesta. Entonces pensaron que el sistema de comunicación se había averiado, un nuevo percance en aquella misión mal destinada. En tierra, nunca imaginaron la tragedia.

Soyuz aterrizó como estaba previsto, eso sí salió bien, a las seis y dieciséis minutos de la mañana del 30 de junio. En la URSS recién empezaba el verano, había amanecido una hora antes y reinaba buena luz para el trabajo de los equipos de rescate. Cuando hallaron a los tripulantes muertos, se sucedieron algunas escenas de hondo patetismo que reflejaron los fotógrafos encargados de eternizar una hazaña y no un desastre. Los médicos del centro de control intentaron reanimarlos de cualquier modo, pero los tres cosmonautas llevaban muertos ya más de media hora. Las autopsias revelaron que habían muerto por la súbita despresurización de la cápsula: los cuerpos albergaban un altísimo contenido de nitrógeno en sangre, presentaban hemorragias cerebrales y sangre en los pulmones.

El escenario del drama también reveló otros dramáticos datos. Los tres supieron que iban a morir en cuanto notaron la fuga de aire y el descenso de la presión en la cabina. El cuerpo de Dobrovolski, que se había desprendido de su cinturón de seguridad, fue hallado cerca de la escotilla que no había cerrado bien en el momento de iniciar el regreso a casa: intuyó que la fuga provenía de allí. Se equivocó y perdió un tiempo vital, aunque los investigadores arriesgaron que, aún con haber dado con la válvula defectuosa, los tres astronautas habrían muerto igual. No los mató la fuga de aire, ni la repentina falta de presión en Soyuz: los mató el no haber vestido los trajes espaciales presurizados.

El programa Soyuz se canceló. La estación espacial Salyut 1, en la que Patsáyev había plantado algunas semillas para dar origen al primer jardín espacial de la humanidad, fue devuelta a la atmósfera y se hundió en el Pacífico. La aventura espacial soviética se retrasó dos años. Las reglas se modificaron para obligar a todos los astronautas del futuro a vestir trajes espaciales. Se modificaron las cabinas de las futuras naves para que mantuvieran la presión del interior en el caso de pequeñas fugas. Se redujeron las tripulaciones de los futuros viajes espaciales a dos personas.

En un giro fiel al estalinismo más recalcitrante, Kamanin, aquel que se había opuesto a que sus muchachos viajaran tan desprotegidos, fue destituido como jefe del Cuerpo de Astronautas por no haber adiestrado a sus discípulos para hacer frente a una emergencia como la de Soyuz 11.

Vólkov, Dobrovolski y Patsáyev fueron enterrados en los muros del Kremlin. Por cierto, como héroes.

Fuente: Con informacion de TN

banner-noticia

Artículos Relacionados

Volver al botón superior
×