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El sueño ya es considerado un pilar de la salud al mismo nivel que la alimentación y el ejercicio

Diversas investigaciones científicas advierten que descansar menos de 7 horas por noche aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes, deterioro cognitivo y muerte prematura

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Durante años, la alimentación saludable y la actividad física ocuparon el centro de las recomendaciones para prevenir enfermedades y alcanzar una vida más larga.

Sin embargo, la evidencia científica de los últimos años incorporó un tercer pilar que hoy resulta igual de importante: el sueño.

Dormir bien ya no es considerado simplemente un hábito reparador. Cada vez más investigaciones demuestran que la cantidad y la calidad del descanso nocturno influyen directamente sobre el funcionamiento del cerebro, el sistema inmunológico, el metabolismo y la velocidad con la que envejece el organismo.

A pesar de ello, el descanso continúa siendo una de las conductas más descuidadas. Un estudio publicado en la revista Sleep Health, realizado sobre más de 67 mil personas, reveló que el 31 por ciento de los adultos duerme menos de las siete a nueve horas diarias recomendadas por los especialistas en medicina del sueño.

Las consecuencias aparecen rápidamente. La falta de descanso provoca fatiga, irritabilidad, problemas de memoria, dificultades para concentrarse y menor rendimiento intelectual. Pero los efectos más preocupantes se observan a largo plazo.

Según la Clinic Barcelona, dormir poco aumenta el riesgo de obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares, ansiedad, depresión y un debilitamiento del sistema inmunológico, dejando al organismo más expuesto a infecciones y enfermedades crónicas.

El cerebro también sufre las consecuencias. Una investigación publicada en la revista PNAS encontró que el déficit de sueño afecta funciones cognitivas esenciales y puede producir daños sobre la mielina, la capa que protege las conexiones nerviosas y permite una adecuada transmisión de los impulsos cerebrales.

Los especialistas advierten que este deterioro no sólo repercute sobre la memoria y el aprendizaje, sino también sobre la capacidad para tomar decisiones, controlar las emociones y mantener una buena salud mental.

Incluso, diversos trabajos científicos vinculan la falta de sueño con un mayor riesgo de mortalidad.

El médico psiquiatra Enrique De Rosa Alabaster sostuvo recientemente que dormir menos de lo necesario constituye un predictor de muerte más importante que la mala alimentación o el sedentarismo, ubicándose únicamente por detrás del tabaquismo entre los principales factores de riesgo.

Envejecer mejor

Una investigación reciente desarrollada por la Universidad de Oviedo volvió a poner el foco sobre la importancia del descanso en las personas mayores.

El estudio, difundido por The Conversation, analizó a 151 adultos de entre 62 y 92 años que participaban de un programa universitario destinado a promover el envejecimiento activo. Todos realizaban ejercicio físico regularmente, mantenían actividad intelectual y presentaban buenos indicadores de salud.

Sin embargo, el sueño apareció como el aspecto más vulnerable.

La investigación concluyó que quienes descansaban mejor conservaban mayor movilidad, mejor equilibrio y una agilidad mental superior, factores fundamentales para mantener la independencia durante la vejez y reducir el riesgo de caídas.

El trabajo también analizó el llamado cronotipo, es decir, la predisposición biológica que lleva a algunas personas a rendir mejor durante la mañana y a otras durante la noche.

Según explicó la investigadora Paula Núñez, las personas con preferencias matutinas mostraron mejores niveles de estabilidad y coordinación motora que quienes desarrollan mayor actividad durante la noche, posiblemente debido a una mayor sincronización con la luz natural y los ritmos biológicos del organismo.

 

La luz artificial, un enemigo silencioso

Los investigadores identificaron además dos factores que deterioran significativamente la calidad del sueño: la exposición a la luz artificial durante la noche y el uso frecuente de medicamentos para dormir.

El empleo de teléfonos celulares, computadoras, televisores o luces intensas antes de acostarse interfiere con la producción de melatonina, la hormona que regula el ciclo del sueño, provocando un descanso más superficial y fragmentado.

A ello se suma el impacto de la contaminación lumínica. Según explicó el neurocientífico Randy Nelson, director del Departamento de Neurociencia de la Universidad de Virginia Occidental, la exposición nocturna a la luz artificial no sólo altera el descanso, sino que también modifica el metabolismo, afecta el sistema inmunológico, favorece procesos inflamatorios y altera la regulación emocional.

Los expertos coinciden en que la mejor estrategia continúa siendo la denominada “higiene del sueño”: mantener horarios regulares para acostarse y levantarse, evitar el uso de pantallas antes de dormir, reducir la cafeína y el alcohol durante la noche, cenar varias horas antes de acostarse y crear un ambiente oscuro, silencioso y relajado.

La ciencia es cada vez más contundente: dormir bien ya no es un lujo ni un tiempo perdido. Es una necesidad biológica indispensable para cuidar el cerebro, proteger el corazón, fortalecer el sistema inmunológico y llegar a la vejez con mayor autonomía y mejor calidad de vida.

 

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