
Hay camisetas que se vuelven parte de la historia personal. Hay clubes que se llevan para siempre. Y hay regresos que tienen mucho más que ver con el corazón que con cualquier resultado.
A los 41 años, Diego De Felipe decidió volver a Jockey Club de Venado Tuerto. El medioscrum, que juega al rugby desde los 15 años —con una interrupción durante sus estudios universitarios y un regreso en 2010 que ya no tuvo pausas—, entendió que había llegado el momento de volver al lugar donde fue feliz.
Pero no volvió solo. Varios compañeros de su camada también regresaron al club y ese reencuentro terminó de empujar una decisión que ya estaba dando vueltas en su cabeza.
“Volví a Jockey por dos motivos muy importantes. Por un lado, varios compañeros de mi camada también regresaron al club, y eso volvió a generar un vínculo muy especial. Por otro, sentía el deseo de cerrar mi etapa como jugador en el lugar donde fui profundamente feliz y donde viví momentos muy significativos”, cuenta Diego en diálogo con GOLAZO.
La particularidad es que ahora vive en San Nicolás. Y para jugar en Venado Tuerto hay que sumar kilómetros, organización y compromiso.
“En San Nicolás entreno de manera individual y, cuando la agenda lo permite, me sumo a algún entrenamiento semanal en Rosario. Además, los fines de semana que tengo disponibilidad viajo a Venado Tuerto para entrenar con el equipo los sábados”, explica.
No es sencillo. Pero tampoco parece ser un sacrificio.
“Es un esfuerzo que hago con gusto, porque valoro mucho poder seguir siendo parte del club”.
En ese camino también está San Nicolás Rugby. Allí De Felipe tuvo la posibilidad de asumir una responsabilidad especial: ser capitán de la Reserva. Un capítulo que guarda con orgullo y que le permitió devolver algo de todo lo que el rugby le había dado.
“Fue una experiencia muy positiva y enriquecedora. Asumí esa responsabilidad con mucho orgullo y con la intención de aportar desde mi lugar”.
Para Diego, ser capitán no pasaba solamente por conducir dentro de la cancha. Había otra responsabilidad, quizás todavía más importante: dejar una huella en quienes compartían el equipo con él.
“Mi mayor deseo fue dejar algo en cada una de las personas con las que compartí la cancha: una enseñanza, un ejemplo o, simplemente, una experiencia que les resultara valiosa”.
También mira con atención el crecimiento que ha tenido Jockey en los últimos años. Y encuentra una explicación que excede lo estrictamente deportivo: pertenencia.
“Se ha consolidado un sentido de pertenencia muy fuerte, y eso permitió ampliar la base de jugadores y fortalecer la vida del club. Detrás de ese crecimiento hay muchas personas que colaboran y trabajan para que Jockey siga desarrollándose, tanto en lo deportivo como en lo social”.
No busca fórmulas mágicas.
“No creo que haya secretos: el crecimiento es consecuencia de la dedicación, la constancia y el compromiso colectivo”.
A los 41 años, el rugby ya no se mide solamente en partidos, tackles, tries o resultados. Hay otra vara. La de los vínculos, los amigos, los lugares recorridos y las historias compartidas.
Diego lo tiene claro.
“El rugby ocupa un lugar muy importante en mi vida. Me dio la posibilidad de conocer a muchas personas y de construir amistades que mantengo hasta hoy. Ese es, para mí, el mayor logro que el deporte puede darte”.
Después de 26 años desde que empezó a jugar, con una pausa en el medio y un regreso en 2010 que se transformó en continuidad, De Felipe todavía encuentra motivos para ponerse los botines.
Quizás porque algunas historias no necesitan un punto final.
Quizás porque todavía queda una última vuelta por dar.
Y porque, a los 41, todavía tiene ganas de jugar.



