
El afán por el impacto efectista y la pirotecnia de gestión suele tener un costo diferido que, tarde o temprano, termina pagando la comunidad.
El reciente conflicto desatado por la tasa al tránsito pesado en el Acceso Sánchez expone, con una nitidez abrumadora, las consecuencias de la tradicional forma de ejercer el poder en San Nicolás: la del passaglismo, una marca política que durante años prioriza el marketing del orden urbano superficial por encima de la planificación estratégica y el desarrollo productivo integral.
Cuando en 2021 la gestión de Manuel Passaglia decidió barrer el tránsito pesado de la Ruta Nacional N° 188 y expulsarlo hacia jurisdicción de Ramallo, se presentó la medida como un triunfo absoluto de la gestión. Pero, gobernar una ciudad industrial y portuaria exige mucho más que trazar líneas prohibitivas en un mapa o firmar decretos de restricción para evitar el desgaste del asfalto propio a costa del vecino. Exige visión de conjunto, articulación metropolitana y, fundamentalmente, una comprensión cabal de cómo funciona la matriz económica que sostiene los puestos de trabajo de miles de nicoleños.
La expulsión del transporte de cargas hacia el Acceso Sánchez no fue una solución sino una transferencia de responsabilidades. Para no asumir el desafío de construir infraestructura adaptada, mejorar la seguridad vial con obras de fondo o gestionar alternativas serias junto a los actores productivos, el passaglismo eligió el camino más corto: derivar el “problema” cruzando el arroyo. Una maniobra típicamente cortoplacista que hoy revela su verdadera naturaleza.
Al encajonar a los camiones con destino al Puerto y al Parque Industrial Comirsa en un trayecto forzado que suma decenas de kilómetros adicionales, la gestión municipal comenzó a facturarle a las empresas locales una cuenta abultada en combustible, neumáticos y horas de flete.
Lo que hoy ocurre en Ramallo con la aplicación de un nuevo tributo sobre ese corredor es la consecuencia directa de aquella soberbia de gestión. Al desentenderse del trayecto y regalar la servidumbre de paso a otro municipio, el passaglismo dejó la competitividad del entramado industrial nicoleño a merced de las decisiones fiscales de una administración ajena.
Los reclamos que hoy emite el sector empresarial pecan de un diagnóstico incompleto si no señalan el origen de la llaga: el desprecio por la logística que caracterizó a una política municipal centrada en la cosmética antes que en la estructura.
No se puede proclamar la defensa de las empresas y el empleo mientras se sostienen esquemas viales que estrangulan la operatividad diaria de quienes producen. Cinco años pasaron desde que se prometió una reorganización mientras se avanzara en soluciones de fondo. Esas soluciones jamás llegaron, pero los costos acumulados sí.
San Nicolás no puede seguir gobernándose con la lógica del parche y la derivación de culpas. Es indipensable revisar a fondo la herencia de un modelo que, en su afán por mostrar una ciudad de maqueta, terminó perjudicando el motor productivo que le da sustento.



