Opinión

El arte de no rendirse

Messi no sólo enseñó a ganar sino a conducir. Su historia demuestra que la grandeza nace de la perseverancia, la humildad y la capacidad de poner al equipo por encima del ego. Una lección que la dirigencia política debería dejar de ignorar

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Hay despedidas que terminan cuando se apaga una luz. Y hay otras que comienzan cuando el protagonista deja de estar en el centro de la escena. La de Lionel Messi de la Selección Argentina pertenece a esta última categoría. No es solamente el adiós a un futbolista extraordinario, sino el cierre de una historia que convirtió el talento, la perseverancia y la humildad en una forma de liderazgo.

A los 13 años dejó Rosario, su familia y todo lo conocido para perseguir una posibilidad en España. Había talento, pero también una dificultad física, un tratamiento y una enorme incertidumbre. Nada estaba garantizado. Sólo existía la decisión de intentarlo. Después llegaron los años de aprendizaje, las exigencias y las derrotas. Perdió finales, recibió críticas duras y durante mucho tiempo cargó con la responsabilidad de conseguir con la Selección aquello que ya había alcanzado en su carrera de club. Hasta llegó a pensar que el camino con la camiseta argentina había terminado.

Pero volvió, aunque nunca se fue. Y esa decisión explica buena parte de lo que representa hoy. Messi entendió que una derrota no invalida un proyecto y que un fracaso no convierte automáticamente en equivocado el camino recorrido. Lo definitivo es dejar de intentarlo. No ganó porque nunca hubiera perdido. Ganó porque después de perder eligió continuar. La Copa América, la Finalissima y la Copa del Mundo de Qatar fueron la consecuencia de esa perseverancia, no una revancha personal.

Con el tiempo también cambió su manera de conducir. Dejó de ser solamente el jugador al que se le pedía resolverlo todo para convertirse en el capitán de un equipo. No necesitó desplazar a sus compañeros para ocupar el centro ni construir autoridad debilitando a otros. Aprendió que conducir no significa hacer todo, sino conseguir que cada integrante pueda aportar lo mejor de sí. También implica reconocer errores, sostener un rumbo y asumir los momentos difíciles sin buscar culpables.

Esa enseñanza debería interpelar especialmente a la dirigencia política. En una Argentina atravesada por liderazgos personalistas, enfrentamientos permanentes y dirigentes que muchas veces confunden autoridad con obediencia, Messi representa una lógica diferente. El verdadero conductor no necesita demostrar todos los días que conduce. Su autoridad nace de la confianza que genera, de la capacidad de reunir voluntades y de poner el objetivo colectivo por encima del protagonismo individual.

La política debería comprender que un país no se gobierna como una cuenta personal de resultados. No se construye desde el ego ni puede depender indefinidamente de una sola persona. Gobernar también significa formar equipos, aceptar críticas, corregir errores y dejar una estructura capaz de continuar cuando quien conduce ya no esté. Los grandes líderes no construyen dependencia: construyen capacidad.

Messi necesitó de sus compañeros para alcanzar la gloria, y sus compañeros necesitaron de él. Esa reciprocidad parece sencilla, pero constituye una de las mayores dificultades de la política. Durante años, la Selección fue cuestionada por sus individualidades hasta encontrar una identidad colectiva. Cuando eso ocurrió, el éxito dejó de depender exclusivamente de un jugador y comenzó a pertenecer a todos.

Allí esté la dimensión más profunda de su legado. Messi consiguió unir a millones de argentinos que no piensan igual porque nunca les pidió que dejaran de ser diferentes. Les ofreció algo que estaba por encima de esas diferencias: una causa común. En un país acostumbrado a dividirse, no es un mérito menor.

Por eso su despedida de la Selección debería ser también una oportunidad para revisar qué significa conducir. El poder puede conseguir obediencia. El talento puede despertar admiración. La autoridad puede imponer respeto. Pero sólo el ejemplo consigue construir pertenencia.

Messi se va dejando copas, récords y una carrera irrepetible. Pero deja algo más valioso: la demostración de que caer no obliga a quedarse en el suelo, que la grandeza no necesita soberbia y que un talento individual alcanza su verdadera dimensión cuando se pone al servicio de algo que lo trasciende.

Ese es el arte de no rendirse. Y quizás también la lección que la política argentina más necesita: entender que un conductor no es quien concentra todo el poder, sino quien logra que muchos puedan caminar en la misma dirección.

Fuente: Guillermo Memo García (de la Redacción de COSA CIERTA)

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