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Así vivió la final del Mundial un argentino de raíces nicoleñas en Madrid

Juan Martín Arámburu siguió la definición junto a otros residentes del Colegio Mayor Argentino y relató la experiencia de perder lejos de casa

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La distancia no siempre alcanza para apagar la pasión. A más de 10.000 kilómetros de Argentina, Juan Martín Arámburu, un joven de 26 años con raíces familiares en San Nicolás ya que es hijo de Héctor Eduardo (Crispincito), vivió la final del Mundial desde Madrid con la misma intensidad que millones de argentinos.

Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata, actualmente acaba de concluir un Máster en Estrategias de Comunicación Digital en la Universidad Complutense de Madrid. Desde octubre de 2025 reside en el Colegio Mayor Argentino “Nuestra Señora de Luján”, una histórica residencia universitaria dependiente del Estado argentino que alberga estudiantes, investigadores, artistas y deportistas que desarrollan experiencias académicas en España.

Y fue justamente allí donde se transformó en uno de los tantos argentinos que siguieron cada paso de la Selección durante la Copa del Mundo.

“Nos juntamos a ver casi todos los partidos en el colegio. Habíamos armado un grupo muy lindo de argentinos de distintas provincias, que justo seguimos todos acá. En este último tiempo me crucé con chicos de Corrientes, Bahía Blanca, Comodoro Rivadavia, Gualeguaychú y muchos de Capital Federal, sumado a los españoles que cursan carreras de grado. Se fue generando una comunidad muy especial alrededor del Mundial”, contó.

Aunque algunos encuentros tuvieron horarios incómodos por la diferencia horaria, el ritual nunca se rompió. Cada partido era una excusa para compartir la nostalgia, la ansiedad y el orgullo de representar a un país desde el exterior: ‘’Salvo uno –ante Cabo Verde- que lo vi en un bar argentino en Malasaña con una amiga Platense, el resto lo vimos en la residencia’’, contextualizó, Juan Martín.

La semifinal ante Inglaterra dejó una de las postales más impactantes: “Fue una locura. Muchísima gente se reunió en la Plaza Mayor de Madrid. Había festejos, banderas y cantos. Se vivió una verdadera fiesta, salvo por un mal momento que pasamos cuando desde un balcón comenzaron a tirarnos latas de birra por ser argentinos, pero no pasó a mayores por suerte”, recordó.

Pero la final era distinta. Del otro lado estaba España. Y en Madrid se respiraba una confianza absoluta. “Los españoles se sintieron campeones desde el primer día del Mundial. Hasta las publicidades de cerveza hablaban de la nueva estrella. Había una seguridad total de que iban a ganar”, explicó.

Paradójicamente, Arámburu notó que la fiebre española explotó recién en la previa de la definición: “Durante el torneo no veías tantas camisetas en la calle. En la final sí. Ahí aparecieron las banderas, las casacas y toda la expectativa”.

Mientras Madrid se preparaba para una noche histórica, en el Colegio Mayor Argentino también se organizaba una final especial. Hubo picada, gaseosas, vino, cervezas y, sobre todo, muchas cábalas: “Nos sentamos exactamente igual que contra Egipto e Inglaterra. Nadie quería romper la fórmula”, recordó entre risas.

La transmisión tuvo un condimento inesperado. Como los derechos televisivos pertenecían a otra plataforma, el grupo siguió el partido a través de una señal –pirata- argentina que llegaba con retraso (un minuto y medio): “Antes del suplementario escuchamos un grito de gol impresionante que venía desde afuera. Nunca habíamos escuchado algo así. Nos miramos y dijimos: ‘Bueno, gol de España’. Y efectivamente fue gol”, lamentó.

La final la vieron con argentinos, uruguayos, una estudiante estadounidense y también con Luis, el sereno español del colegio: “Se comportó de diez puntos. Vio todo el partido con nosotros, con muchísimo respeto. Cuando terminó lo felicitamos porque se lo merecía”.

Consumada la derrota argentina, algunos residentes salieron hacia la tradicional Plaza de Cibeles, epicentro de los festejos españoles. Allí encontraron una imagen que los sorprendió: “Muchos españoles se quedaban recalculando cuando veían argentinos felicitándolos. Parecía que esperaban una reacción distinta. Incluso algunos insultaron a compañeros que los saludaban, pero igual los felicitaron”.

Lejos de los excesos y la rivalidad, la noche terminó con tristeza deportiva, pero también con una sensación compartida: “Obviamente hubo desilusión, porque queríamos ganar. Pero lo vivimos tranquilos, en comunidad y acompañándonos entre todos. Eso fue lo más lindo”, cerró Juanma.

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