
José Hugo Vera: su vida es su carta de presentación. En su adolescencia trabajó en diario EL NORTE, abocado al área de impresión y haciendo equipo con el histórico Abraham Mancino. Renunció a ese empleo debido al horario nocturno. Tras observar durante largo tiempo el accionar de profesionales como Luis Dabove, tuvo intenciones de ser periodista. También ejerció el oficio de cadete antes de ingresar al área de impresión.
Fue operario del Automóvil Club Argentino y, a su vez, delegado de la cooperativa de esa institución. Una vez despedido, su compañera de vida fue su brújula: le enseñó el oficio de manicero, trabajo que antes realizaron sus suegros. Lleva décadas desempeñándolo en el centro de San Nicolás. Una vida mirando pasar gente o, quizás, muchas vidas buscándolo a él.
El inicio como manicero: “Mi señora, María Luisa, me enseñó este trabajo, que anteriormente realizaron mis suegros: Ramón Heleno Aguirre y Fidela Latof. Hace más de 40 años que estamos juntos. Cuando me quedé sin trabajo, ella me preguntó si me animaba a este oficio. Al principio yo estaba de mañana y ella de tarde. En ese momento también empecé por mi cuenta a vender bloques para la construcción; lo importante era hacer el mango y, en mi caso, siempre fue todo a pulmón”.
La visión sobre su oficio: “Al principio lo tomé como un hobby, incluso cuando ya no tenía trabajo. A medida que pasaron los años, algunos muy buenos, me di cuenta de que podía ser una fuente de trabajo sólida y, por suerte, así lo fue. Hoy tengo 69 años, con varios años buenos y varias crisis económicas encima, y sigo estando acá, en mi lugar. Hay gente que me saluda sin conocerme y otra, de hace años, que se queda a charlar un rato para pasar un día más agradable. La situación está difícil en la calle, pero sigo creyendo que las cosas pueden cambiar. En mi caso, si la salud y la vida lo permiten, voy a seguir estando acá”.
Lo innegociable del oficio: “Sinceramente, si no vengo al puesto siento que me muero. Pasé muchos años en este lugar, conozco a mucha gente y mucha gente me conoce. La oportunidad de conversar con alguien por un rato y olvidarte de lo que estás viviendo, si es un momento complicado, es mágica. Conozco varias generaciones de una misma familia y todos, cada tanto, vienen a comprarme o a saludarme. Es lindo estar de esa manera en la comunidad, sentir que formás parte de su rutina o de un ratito del día; es lo que me llevo para siempre conmigo”.
El furor del oficio: “La década de los 90 me favoreció notablemente, a pesar de que en sus inicios me quedé sin trabajo. Durante esa época, el oficio de manicero me permitió hacer mi casa y vivir dignamente. En aquella época se trabajaba y podías crearte oportunidades para progresar, una experiencia que con los años se fue terminando. Las privatizaciones, los despidos, las indemnizaciones y los retiros voluntarios hicieron que la ciudad fuese un hormiguero, y ahí mi oficio tuvo su momento de furor. Desde ya que las circunstancias no eran las mejores, pero durante esos años el crecimiento del negocio fue notable”.
El detrás de escena de la producción de garrapiñada: “No existe un secreto específico, pero es fundamental usar una olla de cobre, porque así se acelera la producción. Una vez caliente, todo se hace más rápido. Luego se pone el maní, el azúcar y la esencia de vainilla, que es lo que hace que se perfume el ambiente y te llame la atención. Tenés que estar atento a que no se te queme el azúcar; apenas larga humo, retirás del fuego y empezás a remover hasta que esté a temperatura ambiente. Y listo”.
La situación actual: “Yo ya estoy hecho, no puedo pedir nada más para mí. Hubo gobiernos que me permitieron crecer y otros en los que la tuve que pelear. Hoy veo a la juventud muy desorientada, sin un rumbo claro hacia dónde apuntar. Quienes tienen capacidades para el trabajo no encuentran oportunidades, y quienes no las tienen deben pelearla aún más. Es complicado el panorama”.
La historia de Pepe no solo presenta la clásica historia de crisis y oportunidad, sino que también es un claro ejemplo del poder de un oficio dentro de una comunidad; de cómo un trabajo simple, con destellos de austeridad, logra impregnarse en el inconsciente colectivo de una ciudad.
Varias generaciones saben de la existencia de José, aunque él no recuerde a todos. Siempre existieron esos cinco minutos para pedir y llevarse una garrapiñada para el camino, mientras se hablaba con él sobre el clima o el partido del club de fútbol.
Existen próceres, monumentos, batallas y homenajes. Pero también existen personas que, de manera casual, logran reunir los condimentos de un ser inolvidable para una sociedad. La cita obligada está en Bartolomé Mitre, entre Urquiza y Francia, y ojalá siga siendo por mucho tiempo más.



