Hay que decirlo con todas las letras: lo peor está pasando.
La violencia ya no viene solamente desde las tribunas. La están ejerciendo los propios protagonistas del juego. Jugadores, integrantes de cuerpos técnicos, aquellos que deberían entender mejor que nadie que el fútbol es un deporte y que las reglas están para cumplirse.
Lo sucedido en Argentino-Conesa es inadmisible. Y todavía resulta más preocupante cuando aparecen en las redes sociales comentarios que, en lugar de repudiar la agresión, buscan justificarla. “Se le salió la cadena”, “estaba caliente”, “el árbitro lo provocó”. No. La violencia no se justifica. Nunca.
El árbitro es la autoridad dentro de la cancha, junto con sus asistentes. Sus decisiones deben ser respetadas. Punto. Si alguien no está dispuesto a aceptar esa autoridad, quizás deba elegir otro deporte.
¿Los árbitros se equivocan? Por supuesto. Son humanos. Tienen apenas segundos para tomar decisiones que muchas veces definen una jugada, un partido o un campeonato. Pero también se equivocan los futbolistas, los entrenadores cuando arman un equipo o hacen un cambio, los dirigentes cuando toman decisiones y los hinchas en su comportamiento diario.
Nadie tiene derecho a responder a un error con violencia.
Es muy triste que se haya instalado como explicación el “se le salió la cadena”, como si perder el control fuera una excusa. Detrás de una trompada, una patada o cualquier agresión puede haber consecuencias gravísimas para quien la recibe.
El Tribunal de Disciplina de la Liga Nicoleña puso una vara muy alta con los fuertes castigos aplicados por los incidentes protagonizados por jugadores y miembros de cuerpos técnicos en la final Regatas-La Emilia.
Ahora deberá mantener esa misma firmeza ante lo ocurrido en Argentino-Conesa.
Porque sancionar con severidad no es ir contra el fútbol. Es defenderlo.
Y porque si queremos un fútbol sin violencia, el primer paso es que quienes entran a una cancha a jugar sean los primeros en entenderlo.
Al árbitro se lo puede discutir. Se puede estar en desacuerdo. Se puede reclamar. Lo que nunca se puede hacer es agredirlo.
Si no entendemos eso, estamos perdiendo el rumbo.



