
El Instituto Deportivo Carlos Naranjo nació en 1996 con la intención de que niños y niñas encontraran en el deporte un lugar de encuentro y acompañamiento. Hoy está integrado por 150 personas y sostiene, además de la formación futbolística, un proyecto basado en los vínculos, el respeto y el aprendizaje colectivo.
En una cancha de fútbol no todo se define por el resultado. Hay quienes llegan por primera vez sin saber patear una pelota, quienes encuentran allí a sus primeros amigos y quienes, con el paso del tiempo, aprenden a desenvolverse frente a otros, a compartir, a perder y también a ganar. En la ciudad el Instituto Deportivo Carlos Naranjo sostiene desde hace casi tres décadas un proyecto que tiene al fútbol como herramienta, pero que busca ir más allá de lo estrictamente deportivo.
El instituto nació por iniciativa del pastor Carlos Naranjo, junto con Ramón Lacuadra, Miguel Delgaudio y otros colaboradores. El objetivo inicial era que los chicos no estuvieran en la calle y pudieran disfrutar de un espacio donde jugar al fútbol. Los comienzos, sin embargo, estuvieron marcados por las dificultades y la escasez de materiales necesarios para llevar adelante los entrenamientos.
Por entonces, el trabajo estaba destinado exclusivamente al fútbol masculino. El desarrollo de la disciplina femenina llegaría muchos años después. Entre 2022 y 2023, el club decidió incorporar las categorías para que las niñas también pudieran entrenar y participar de la liga junto a otros equipos de la ciudad.
El cambio significó ampliar la propuesta. Hoy está conformado por niñas de entre 6 y 13 años y 90 niños de entre 4 y 12 años, distribuidos en 14 categorías. Pero detrás de esos números hay historias diferentes. Para quienes coordinan el espacio, eso no representa una dificultad sino parte del desafío de enseñar para que nadie quede afuera y que cada chico pueda aprender de acuerdo con su propio proceso.
La intención es que el aprendizaje no esté condicionado por las capacidades con las que cada uno llega. Aprender a jugar, soltarse, animarse y hacerlo sin presión son algunos de los cambios que observan quienes acompañan cotidianamente a los chicos.
En ese sentido, el fútbol aparece como una herramienta para trabajar aspectos que exceden la cancha. La institución busca que los niños aprendan a competir sanamente y comprendan que existen tres resultados posibles y que ninguno debería ser motivo para alterar su estado de ánimo.
La enseñanza también alcanza a los adultos. El club reconoce que muchas veces las presiones vinculadas con la competencia pueden llegar desde afuera, particularmente desde las familias. Por eso, el espacio intenta funcionar como un lugar de contención donde los chicos puedan disfrutar de la actividad sin cargar con expectativas que no les corresponden. Compartir entrenamientos, aprender reglas, acompañar a un compañero y entender que el resultado depende del trabajo colectivo son experiencias que pueden trasladarse a otros ámbitos de la vida.
“Es muy alta la importancia que tenemos sobre que se sientan parte de un grupo” señala Rubén Ledesma, vicepresidente de la Institución.
La propuesta apunta así a construir vínculos a través del deporte. Amistad, compañerismo, trabajo en equipo y crecimiento personal son algunos de los aprendizajes que la institución identifica como parte de su tarea cotidiana. El fútbol, en ese marco, deja de ser solamente una actividad física para convertirse en una forma de encuentro.Sostener ese proyecto tampoco resulta sencillo. La institución se mantiene en buena medida gracias al esfuerzo de las familias, colaboradores y personas que realizan donaciones. También se organizan ventas de empanadas y pizzas para recaudar fondos y es habitual que padres acerquen botines que sus hijos ya no utilizan para que puedan ser aprovechados por otros chicos.
El acompañamiento de empresas, en cambio, es poco frecuente. Desde el instituto reconocen que los tiempos económicos son complejos y que tampoco han realizado una búsqueda sistemática de sponsors.
La principal necesidad actualmente es otra: espacio.Con 14 categorías y una sola cancha para desarrollar los entrenamientos, la infraestructura se convirtió en una de las principales limitaciones para el crecimiento del proyecto.
“Lo que más necesitamos es un espacio para poder entrenar, algún predio con un par de canchitas”, plantea el vicepresidente.
La falta de lugar no solo dificulta la organización de los entrenamientos, sino que también limita la posibilidad de incorporar a más niños y niñas.
A casi 30 años de aquel primer objetivo de acompañar a los chicos a través del fútbol, Naranjo amplió su propuesta y sumó a cientos de historias a lo largo de su recorrido. Hoy, el desafío continúa siendo que cada chico encuentre en la cancha algo más que una pelota, un grupo al que pertenecer, personas con quienes compartir y un lugar donde aprender.



