Opinión

Messi merecía otra despedida

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Por Ignacio Arámburu
Director de GOLAZO

Hay algo que quedó clarísimo anoche: Messi estuvo a la altura. La gente estuvo a la altura. La organización, no.

Porque despedir a Lionel Messi no era organizar un partido más. Era producir uno de los acontecimientos deportivos más importantes de nuestra historia. Y eso exigía planificación, sensibilidad y, sobre todo, entender qué se estaba despidiendo.

La emoción la puso Messi. La puso su familia. La puso la gente.

La Sole, con “Brindis”, regaló uno de los momentos más conmovedores. Pero faltó una puesta artística verdaderamente memorable. No se trataba de sumar nombres, sino de construir un homenaje pensado de principio a fin para una leyenda.

Y entonces llegaron los drones.

La primera imagen que apareció en el cielo fue un sponsor.

En una noche dedicada a Messi, la publicidad apareció antes que el homenaje. El público respondió con silbidos. Después llegaron el 10, la Copa, sus imágenes. Hermoso, sí. Pero el comienzo dejó expuesto un problema de criterio: ¿era tan difícil entender que esa noche el protagonista debía ser Messi y nada más que Messi?

La desorganización también estuvo antes de entrar al estadio.

Venta de entradas, reventa, denuncias por tickets falsos, precios disparados, gente que pagó fortunas y personas que viajaron desde otras ciudades sin saber siquiera si podrían ingresar.

Para un evento de esta magnitud, no alcanza con llenar un estadio. Hay que cuidar al público, garantizar transparencia y hacer que una persona que paga una entrada pueda vivir la experiencia sin atravesar un caos.

Y mientras todo eso ocurría, apareció otro síntoma del malestar: los insultos fueron para Claudio Tapia, presidente de la AFA. Messi, en cambio, recibió lo que merecía: amor, reconocimiento y una ovación interminable.

Ahí está quizás la paradoja de la noche.

La gente entendió perfectamente lo que estaba viviendo. La organización pareció no entenderlo del todo.

Porque Messi no necesitaba una despedida grandilocuente.

Necesitaba una despedida a la altura de su historia.

Una ceremonia donde cada detalle estuviera pensado para él. Donde la emoción no tuviera que competir con sponsors. Donde la venta de entradas no se convirtiera en un problema. Donde el espectáculo acompañara el significado histórico del momento.

Messi hizo su parte.

La gente también.

La organización tenía una sola misión: estar a la altura de ambos.

Y no lo consiguió.

Después de más de veinte años de emociones, títulos, frustraciones, lágrimas y gloria, la despedida del 10 merecía algo más que un buen espectáculo.

Merecía excelencia.

Porque si alguna vez hubo una noche en la que no se podía improvisar, especular, desorganizar ni mezclar prioridades, era esta.

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