
En la habitación de Víctor Días Monteiro no hay cuadros, fotografías familiares ni recuerdos de la isla donde nació. Tampoco camisetas de la selección de Cabo Verde, que esta semana se convirtió en la revelación del Mundial y puso a millones de personas a buscar en un mapa dónde queda ese pequeño archipiélago africano. En una de las paredes cuelga una sola camiseta. Roja y blanca. De Estudiantes de La Plata.
“La tengo hasta el cajón”, dice entre risas, como si estuviera hablando de un viejo amigo. Lo más sorprendente no es que sea fanático del Pincha. Lo extraordinario es que empezó a serlo cuando todavía vivía en África, mucho antes de pisar la Argentina.
“Tenía seis años y mi papá hablaba de Estudiantes todo el tiempo. Todos mis amigos eran del Benfica o del Sporting de Lisboa. Yo era de Estudiantes de La Plata”, evoca con emoción.
Su padre había llegado a la Argentina en 1924, con apenas 18 años. Vivió durante más de tres décadas en Ensenada, donde echó raíces y encontró una pasión que lo acompañó cuando decidió regresar definitivamente a Cabo Verde, en 1959. Nunca le explicó a su hijo cómo se había hecho hincha del club albirrojo. Simplemente hablaba de Estudiantes como quien habla de un integrante más de la familia. Víctor creció escuchando esas historias sin imaginar que, años después, el destino lo llevaría exactamente al mismo lugar donde su padre había vivido.
Nació el 12 de abril de 1962 en Porto Novo, sobre la isla de Santo Antão. Su infancia transcurrió entre el mar, la tranquilidad de un país diminuto y una vida sencilla. Todo cambió en noviembre de 1979. Tenía apenas 17 años cuando abordó un vuelo de Lufthansa rumbo a la Argentina.
Llegó como turista. Su padre también viajó, pero poco tiempo después decidió regresar a Cabo Verde. A él, en cambio, lo dejó en Ensenada. “Era de esa generación que decía que un hombre podía sobrevivir en cualquier parte”, dice Víctor. La decisión de un padre, agrega, había que acatarla sin opción.
Por eso no hubo demasiado margen para discutir aquella decisión. El adolescente que quería seguir viviendo en su isla quedó solo en un país desconocido. Durante mucho tiempo pensó en volver. “Siempre quise regresar. Siempre”, repite. Pero la vida empezó a escribir otra historia.
Consiguió trabajo, aprendió los oficios de la construcción, se convirtió en maestro mayor de obras, formó una familia, tuvo tres hijos, después llegaron cuatro nietos y los años fueron pasando mientras ese deseo de regresar quedaba cada vez más lejos. No porque desapareciera, sino porque la realidad imponía otras prioridades.
“No había recursos. Me dediqué a criar a mis hijos, trabajé toda la vida y después vinieron las crisis que la Argentina tiene cada tanto. Cuando uno se quiere dar cuenta, ya pasaron décadas”, grafica.
Recién pudo volver a Cabo Verde en 1996. Después regresó en 2013 y nuevamente en 2017. Cada viaje fue una mezcla de alegría y descubrimiento. “El país crece muchísimo. Es muy chiquito, pero cada vez que vuelvo encuentro construcciones nuevas. Se administra con mucha responsabilidad y el turismo ayudó mucho”, cuenta.
Mientras el mundo recién ahora descubre a Cabo Verde gracias al fútbol, él sonríe al escuchar las preguntas que durante estos días le hacen amigos y vecinos.
Hasta hace apenas unas semanas, pocos argentinos podían ubicar ese archipiélago de diez islas, ocho habitadas, frente a la costa occidental de África. Hoy, la histórica clasificación de su selección al Mundial y el cruce de este viernes frente a la Argentina despertaron una curiosidad inédita. Como dijo días atrás el cónsul honorario de Cabo Verde en el país, Adalberto Vicente Días, “el mundo ahora sabe que Cabo Verde existe”.
Víctor siente exactamente lo mismo. Le gusta que finalmente se hable de su tierra. Que se conozca mucho más que un resultado deportivo. Habla de las playas, del crecimiento económico y de una palabra que, asegura, explica mejor que ninguna otra el alma de los caboverdianos: Morabeza. No existe una traducción exacta. Es hospitalidad, calidez, solidaridad.
“Si preguntás por una dirección, no te dicen para dónde tenés que ir. Dejan lo que están haciendo y te acompañan hasta el lugar. Si tomás un taxi de noche, el chofer no se va hasta comprobar que entraste a tu casa. La gente hace todo para que te sientas bien”, asegura.
Durante años evitó hablar demasiado de eso por miedo a que sonara exagerado. Pensaba que quizás idealizaba el país por la distancia. Pero cuando volvió acompañado por hijos, nietos y otros integrantes de la colectividad caboverdiana descubrió que todos vivían la misma experiencia. “Ellos lo comprobaron. La morabeza sigue existiendo”, dice.
Sin embargo, hay algo que ni siquiera ese cariño pudo modificar. La Argentina también se convirtió en su casa. No fue algo inmediato. Costó y muchísimo pero ocurrió. Y tal vez por eso el partido del viernes tenga un significado que va mucho más allá del fútbol.
Mientras millones de argentinos buscarán una victoria de la Scaloneta y los caboverdianos soñarán con la hazaña más grande de su historia, él intentará acomodar dos sentimientos que conviven desde hace casi medio siglo.
“Cuando empiece el partido el corazón va a latir muy fuerte. Por mí, por mis hijos y por mis nietos”, reflexiona. Víctor no se engaña: sabe perfectamente que enfrente estará el último campeón del mundo.
“Conozco la diferencia que hay entre una selección y la otra. Cualquier jugador de los más económicos de la Argentina vale más que todo el plantel de Cabo Verde. Lo único que espero es que nuestro equipo haga un buen partido, que termine con una diferencia pequeña y que podamos salir con la frente en alto”, advierte.
Víctor habla desde el mismo orgullo que sintió cuando vio cómo un país de poco más de medio millón de habitantes lograba plantarse frente a potencias históricas del fútbol y conseguía una clasificación que parecía imposible.
Después de tantos años, Víctor entendió que algunas preguntas nunca encuentran una respuesta definitiva. ¿Dónde está su hogar? ¿En la isla donde nació? ¿En la ciudad donde crecieron sus hijos?
Él mismo cree haber encontrado la explicación. “Ya me di cuenta de que es como la canción de Serrat: ni soy de aquí ni soy de allá. Cuando estoy en la Argentina muchas veces tengo ganas de estar en Cabo Verde. Pero cuando estuve dos meses y medio allá, en 2017, extrañaba Ensenada, La Plata, Berisso… Extrañaba la vida que construí acá”, señala.
Quizás por eso la camiseta de Estudiantes sigue colgada en la pared de su habitación. No reemplaza a Cabo Verde. Tampoco compite con su bandera.
Simplemente cuenta la historia de un hombre al que el destino obligó a cruzar el océano cuando apenas era un adolescente y que, sin proponérselo, terminó aprendiendo que el corazón puede tener espacio para dos patrias. Un hombre que se convirtió en el presidente de la Asociación Caboverdiana de Ensenada, la más antigua del mundo.
El viernes, cuando el árbitro marque el inicio del partido, Víctor alentará a Cabo Verde. No lo esconde. Es la tierra donde nació, donde todavía descansan los recuerdos de su infancia y donde siempre creyó que iba a volver para quedarse.
Pero cuando el encuentro termine, gane quien gane, volverá a su casa de Berisso, entrará en esa habitación donde no hay cuadros ni fotografías y volverá a encontrarse con la única camiseta que eligió colgar en una pared.
La misma que heredó de su padre cuando era apenas un chico en una isla africana perdida en el Atlántico. La misma que, según promete, lo acompañará “hasta el cajón”. Porque hay pasiones que no entienden de fronteras y porque hay hombres que descubren demasiado tarde que se puede amar profundamente dos lugares sin dejar de pertenecer a ninguno.
Fuente: Con informacion de TN


