Sociedad

Mateo Ramos: de la isla al fútbol grande

Mateo Ramos nació futbolísticamente en la isla del Club Regatas, creció en Newell’s y hoy se gana su lugar en la Primera de Defensores de Villa Ramallo. Con humildad y trabajo, sigue peleando por un sueño que no negocia: llegar al fútbol profesional y vivir de lo que ama

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Se crió viajando en el vaporeto del Club Regatas, rumbo a la isla náutica donde empezó todo. Allí dio sus primeros pases “al pie” que luego lo llevaron al colosal Newell’s Old Boys, donde creció como futbolista y, sobre todo, como ser humano. Hoy la rompe en la Primera de Defensores de Villa Ramallo, pero hay algo que no cambia en la vida de Mateo Ramos: la humildad, ese inconmensurable valor que no abunda en los tiempos actuales. El “Bocha” contestó de cara interna cada pregunta que le realizó GOLAZO.

Hay caminos en la vida que empiezan sin querer. Y el de Mateo Ramos, tal vez, fue uno de esos. Sus viejos todavía se acuerdan: lo dejaban en las prácticas de fútbol y él se les plantaba. “No quería entrar, no quería saber nada con la pelota”, exclama Mate. Pero el tiempo y los sueños son porfiados, y tarde o temprano terminan gestándose.

Hoy, con apenas 20 años, el pibe que esbozó sus primeras gambetas en la isla del Club Regatas está peleando por su lugar en el fútbol profesional. Un volante central con criterio, orden y mucho sacrificio, que debutó recientemente en la Liga Nicoleña con la camiseta de Defensores de Villa Ramallo y sueña con ganarse la titularidad en el Federal A.

“La isla significa mucho para mí, fue el lugar donde todo arrancó”, afirma, con una mezcla de nostalgia y emoción. Ahí fue donde se hizo amigo de los suyos y donde recibió los primeros conceptos futbolísticos. “Aprendí muchísimo, no solo en lo futbolístico, sino también como persona”, agrega.

Su primer gran salto llegó de casualidad. En una práctica con la 2003, en Regatas, estaba presente el Topo Viglione, por entonces captador de talentos de Newell’s. Le gustó lo que vio en Ramos y lo llamó. El problema fue que su papá no lo tenía agendado. “No le atendía el teléfono, nos reímos siempre de eso”, cuenta. Jonatan Del Fedele fue clave para que finalmente ese mensaje llegara. Y así, de a poco, el pequeño “Bochita” se metió en una de las instituciones más formadoras del país.

Estuvo ocho años en Newell’s (de los 12 a los 20), donde lo formaron como jugador y como tipo. Le tocó entrenar con la Primera, recorrer el país con las juveniles, conocer ídolos como Griffa, el Tata Martino, Maxi Rodríguez, Scocco, Heinze, Banega y Pablo Pérez. Jugó dos veces en el predio de la Selección, una por torneo AFA y otra en un amistoso ante la Sub 15. En 2024, incluso fue capitán en una gira internacional por Italia y Suiza.

“Tuve que dejar muchas cosas por este sueño: cumpleaños, juntadas, el cole con mis amigos”, recuerda Mate. El camino no fue fácil. Pero todo valió la pena porque vivió momentos únicos, como el día que saludó al Diego. “No sé cómo explicarlo. Nosotros hicimos un pasillo y él vino saludando justo del lado donde estaba yo. Fue un momento único. Ver lo que genera ese tipo en la gente no tiene precio”.

Futbolísticamente, se define como un cinco clásico, pero versátil. Puede jugar también de 4, de 8 o incluso de 2. “Soy un jugador disciplinado, simple. Me gusta recuperar, distribuir, tener la pelota”, asegura. Pero la carrera también tiene tropezones. Cuando quedó libre en Newell’s, el golpe fue duro. “Me habían dicho que se podía dar un contrato y me ilusioné. Pero estas cosas pasan y no queda otra que seguir”, dice con madurez.

A comienzos de este año, Mateo tuvo una chance en Agropecuario, club de la Primera Nacional. Venía de quedar libre en Newell’s, tras una decisión generada por ese cuello de botella que suele formarse cuando los pibes de inferiores intentan dar el salto al profesionalismo. Cuestiones contractuales, decisiones dirigenciales, esa parte cruel del fútbol que no siempre se cuenta.

En Carlos Casares fueron dos semanas intensas, con ritmo y mucho laburo. Pero no alcanzó. No quedó. Y entonces, de vuelta en San Nicolás, con el almanaque clavado en el 25 de enero y la incertidumbre respirándole en la nuca, apareció el llamado de Defensores de Villa Ramallo. Otra vez, el fútbol le guiñaba el ojo. “Me abrieron las puertas para entrenar en el Federal A y por suerte me pude quedar”, cuenta Mateo, con ese tono agradecido que lo acompaña desde el primer minuto.

En el Granate se siente cómodo. Lo seduce el grupo, la calidad humana y el nivel futbolístico. Su objetivo está clarísimo: “Ganar la titularidad y pegar el salto”. Mientras tanto, ya sumó minutos en la Liga Nicoleña, torneo que conoce bien y al que respeta. “Es muy competitivo, se define por detalles. El 8 le puede ganar al 1 y salir campeón, eso lo hace muy parejo y lindo”, explica.

Para acompañar el proceso, también se metió en algo nuevo: el coaching deportivo. Lo hace con Jorge Martínez. “Estoy muy contento, es un gran tipo y excelente profesional. Me ayuda mucho en lo mental, que hoy en día es clave en esta profesión”, asegura.

El fútbol tiene matices. Para Mateo, lo mejor de esta disciplina es simple: “Se puede vivir de lo que uno ama”. Lo peor: “Lo que hay que dejar en el camino”. Por eso agradece a los que siempre están: su familia, sus amigos, su novia, la gente de Regatas, los años en Newell’s. “Cada charla, cada mensaje, cada palmada en la espalda suma. Me doy cuenta de que mucha gente me quiere ver feliz y triunfar”, dice. Y es imposible no creerle.

Detrás del cinco que corta y juega, hay un pibe que nunca dejó de ser humilde y de apostar por lo que ama. Y que tiene claro que los sueños nunca se negocian. Se pelean, se sufren, se viven. Tarde o temprano, si uno no afloja, se cumplen.


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