Sociedad

Leila Donzella: la mujer detrás de las ideas, los sabores y muchos colores

Entre viajes, enseñanza y creatividad, Leila Donzella consolidó en San Nicolás un proyecto propio donde la identidad personal atraviesa cada producto

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Leila Donzella, actualmente residente de la ciudad de San Nicolás, durante mucho tiempo se consideraba nómade debido a que iba de un lado a otro dando clases de pastelería. En la actualidad tiene su propio local de pastelería, “Pinkyland”, es su propia clienta y destina parte de su tiempo a las redes sociales comunicando sus gustos y productos. Realizó varios cursos en diferentes partes del mundo, como Australia y varios países de Europa. Casada con Roberto, quien no solo es su compañero de vida sino también un complemento que acompaña su proceso profesional. Además, en la temporada baja del comercio (diciembre y enero), brindará clases individuales sobre pastelería como otra entrada laboral, así como volver a uno de sus amores en la pastelería: enseñar.

El desembarco seguro en San Nicolás: “Viajar está buenísimo, pero no es para toda la vida. Si bien San Nicolás siempre fue una base para los proyectos, hubo dos cosas que me hicieron la decisión de arrancar con algo propio: una es la familia y la otra la estabilidad, estar con mi familia y empezar a formar la propia. Con el crecer de los años me empezó a picar el bichito de tener una vida clásica. Además, mi pareja complementa mi proyecto de enseñanza y capacitación a través del desarrollo de insumos que no se consiguen acá. Yo daba la clase y, una vez finalizada, él abría la tienda para vender los insumos. Eso también nos abrió la puerta para seguir viajando, pero no tan seguido, dado a que me gusta tener la mirada puesta en el negocio, porque más que tenga un equipo capacitado para seguir adelante en mi ausencia”.

Cocinar y enseñar, el camino complementario de satisfacción: “La creatividad y la soledad de mis tiempos al momento de cocinar me llevan a un estado de meditación silenciosa, en donde el trabajo físico y mecánico me aleja del mundo externo, sobre todo de las redes, brindándome mucha paz. Y, por otro lado, con la pandemia pude darme cuenta de la rentabilidad que otorga el dar clases. Durante un tiempo lo hice online, no lleva mucho gasto dado a que grabás la clase y luego la vendés o podés tener 100 personas viéndote en clase en vivo desde cualquier parte del mundo. De todas formas, el poder enseñar cara a cara es único. El año que viene ya cerré varias clases con personas de distintos lugares de Argentina y vienen para acá. Escuchar las historias de vida, el saber por qué de su elección para conmigo también es algo muy lindo y desde ya motivador. Por nada del mundo dejo el dar clases cara a cara”.

El desarrollo de la creatividad: “La gastronomía está muy ligada al viaje y la cultura, por ende hay que probar todo: sabores, texturas y procedimientos. Viajar, mirar, probar y repetir ese proceso hasta llegar a la inspiración. Tengo la posibilidad de hacer viajes exclusivamente para eso y ver qué productos están en alza y marcan tendencia. Desde ya que los costos son distintos y en muchas ocasiones hay que buscar reemplazos; sin embargo, en cada viaje trato de traer materias primas para hacer productos nuevos. De todas maneras, la acción de sobresalir claramente es la forma en la cual te relacionás con el producto y cómo lo vendés. No todo lo que hacés le va a gustar a la gente, pero siempre hay que ofrecer cosas nuevas e intentar recomendar alternativas que vayan con su gusto. En lo personal, siento orgullo por el consumo de la “Torta Amanda”, que es un homenaje a mi abuela”.

Nuevos desafíos: “Por el momento, volver a las clases y llevarlas al nivel grupal. Por otro lado, espero en 2026 poder hacer algún viaje. Neuquén, Córdoba y Mendoza son provincias donde tuvimos gran aceptación, así que quizás ande por esos lados para seguir aprendiendo de esa cultura gastronómica. A nivel comercial, seguiremos atentos en la búsqueda de productos que gusten y que perduren”.

El lado B: “El lado B, en este caso, es la contracara del lado A y es exclusivamente el manejo de las redes. A veces siento mucho cansancio de estar constantemente en ese mundo. Por suerte encontré personas que lo hacen mejor que yo y me ayudan un montón, es realmente cansador. Si bien no existe hate, a veces me pasa de pensar: ‘¿Qué se te ocurrió para decirme esto?’. Trato de equilibrar ese espacio y entiendo que es fundamental para el crecimiento y el desarrollo de la marca”.

El desarrollo de una marca no dicta estar lejos del crecimiento de la identidad; en ese plano, Leila, por momentos en un estado de trabajo similar a un laboratorio, por otros al de una universidad y siempre brindando su toque humano, busca encontrar la elaboración del producto preciso para la satisfacción de los clientes. Tal desafío por momentos se vuelve cuesta arriba, pero posee el conocimiento necesario y cuenta con personas a su lado aptas para lograr el objetivo. Si no hay colores, no la invites. O mejor sí, porque ella de alguna manera lleva todos los colores consigo y, junto a su creatividad, crea productos deliciosos. Bon appetit.

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